Tonia Etxarri-El Correo
Radical en sus metas, exquisito en el trato. Carlos Garaikoetxea, que fue el primer lehendakari de la democracia, buscó siempre liberarse de los corsés de la política pragmática para ubicar Euskadi en el mapa europeo como un Estado independiente. Fue su meta. Un sueño que le indujo a cometer algunos errores tras una brillante trayectoria como líder indiscutible del nacionalismo que sentó las bases de los primeros cimientos de la autonomía vasca.
Ejerció su liderazgo en el PNV impulsando la puesta en marcha de las instituciones después de la Transición. Cuando pocos confiaban en el éxito del paso del franquismo a las autonomías sin un proceso de ruptura, Garaikoetxea dobló la apuesta y convenció a Adolfo Suárez de que el reto era posible. Fue el gran impulsor del Estatuto de Gernika en tiempos muy convulsos en los que, a pesar del terror de ETA, se practicaba el diálogo entre demócratas. Tiempos de Iñaki Anasagasti, Txiki Benegas, Juan Mari Bandrés y Mario Onaindia. Y, sobre todo, un pulso sostenido con el Gobierno central que, gracias al buen entendimiento con Suárez y Chus Viana, facilitó los primeros grandes acuerdos de la autonomía vasca.
La Ertzaintza, el Concierto, ETB, la Sanidad… No fueron comienzos fáciles pero, como buen navarro, hizo ostentación de su empecinamiento para que Euskadi empezara a funcionar con resortes propios. Tuvo la habilidad de rodearse de los mejores para gobernar con un equipo de consejeros sobradamente preparados que imprimieron a los primeros ejecutivos de Ajuria Enea un nivel de rango superior. Con Pedro Luis Uriarte, Mario Fernández, Javier García Egocheaga y Pedro Miguel Etxenike, entre otros.
Se empeñó en concentrar todo el poder de Bizkaia, Álava y Gipuzkoa en un Gobierno moderno y centralizador, pero no pudo ganar –en el tenso debate sobre la Ley de Territorios Históricos– la rivalidad al viejo poder foral. Sus discusiones con el diputado general alavés Emilio Guevara han quedado impresos en los anales de la historia sobre la distribución del poder en los inicios de la autonomía vasca. Tampoco le fue bien su desafío a Xabier Arzalluz. Dimitió como lehendakari en 1984, tras perder la confianza del partido, y dos años después fundó EA, provocando una escisión histórica en el nacionalismo vasco.
A pesar de todas las dificultades, con los años más duros de ETA, con la amenaza de la involución golpista y la crisis de la reconversión industrial, Garaikoetxea consiguió ser el catalizador del Estatuto gracias a la complicidad que encontró en Suárez. Tuvo especial sensibilidad con las víctimas del terrorismo. Cuando en octubre de 1983 ETA pm asesinó al capitán de farmacia Alberto Martín Barrios al sexto día de haber sido secuestrado, el lehendakari encabezó una masiva manifestación silenciosa contra el terrorismo en Bilbao. Abrazado a la madre del capitán, pidió a ETA que abandonara la violencia.
Seguramente si se hubiera quedado en el PNV, su influencia no se habría visto reducida como le ocurrió con EA en los últimos años de su vida. Pero decidió irse porque, según reconocería él mismo, «vivía en un campo de minas». Fue en el fondo víctima del cainismo de aquel PNV que le debe mucho más de lo que siempre ha estado dispuesto a reconocer.