Manuel Marín-Vozpópuli
- Ábalos ha cometido el error de su vida guardando silencio sobre la realidad oculta de Sánchez. Ahora es tarde. Aunque ‘cantase’ no serviría de nada
José Luis Ábalos diseñó el sanchismo, fue su autor intelectual, y ha podido dinamitarlo con lo que sabe y guarda. Pero no ha querido ni sabido negociar consigo mismo. Es probable que cualquiera en su situación pueda perder una noción estable de la realidad porque cuando un fiscal te solicita 24 años de cárcel por conductas que en tu dimensión moral y ética son sólo chucherías, llegas a creerte que no has delinquido y que se te persigue injustamente. Alguien sin escrúpulos no podrá pensar nunca que el resto sí los tiene. Nunca asumirá con remordimientos que carecer de principios para manejarse en la vida es inusual y siempre querrá amoldar el ecosistema que le rodea a esa dimensión amoral en la que vive. Por eso es muy posible que en realidad Ábalos siga creyendo que nunca hizo nada malo. A lo sumo, reprobable, pero nada que merezca una petición tan drástica de cárcel.
Víctor de Aldama sí tomó conciencia enseguida. Sabía bien de lo cometido. Se supo acorralado de inmediato y optó por la única vía posible: arrepentirse, o al menos aparentarlo, desembuchar, pactar su libertad y tratar de continuar su vida aleccionándose poco a poco de que pasará dos o tres años entre barrotes. Asumes y punto. Ábalos, no. Parece vivir confiando aún en no se sabe qué, como si no fuese realmente consciente de que tendrá por delante seis o siete años, no sé, consecutivos de trena efectiva. O si es consciente de ello, no lo parece.
Moncloa ha tendido bien la trampa: mientras no haya quien aporte una sola prueba jurídica, un solo indicio penal, Pedro Sánchez está a salvo de todo y legitimado para todo. Probablemente, porque está predeterminado por ADN a incurrir en la misma amoralidad de quien lo acompañó tanto tiempo. Ese “sabes que te quiero” de Sánchez a Ábalos en enero de 2024, cuando ambos ya habían roto, y que ha desvelado Vozpópuli, es equiparable a aquel “Luis sé fuerte” que le dedicó Mariano Rajoy a Luis Bárcenas. Pero mientras nadie pueda aportar una sola prueba real de corrupción contra Sánchez, será inmune e impune. Nos han hecho creer que la mentira, la contradicción, la falta de ética en el poder, la manipulación o el descrédito personal no cotizan en nuestra democracia a los efectos de una dimisión. De igual modo que Ábalos no parece ser del todo consciente de lo que le ocurre, Sánchez tampoco lo es. El primero, en lo penal. El segundo, en el delirio político y sin escapatoria en el que está. Es falso. No es preciso delinquir para verse forzado a dejar el poder, y más aún quien lo alcanzó invocando la regeneración contra la corrupción. Bastaría con exponer públicamente a Sánchez como lo que es, una impostura con piernas capaz de cualquier cosa, cualquiera, por sobrevivir. Ábalos lo sabe y calla.
Ábalos ha cometido el error de su vida guardando tanto silencio. Pero ya es tarde y el banquillo le espera con pocos visos de misericordia. ‘Dura lex sed lex’. Habrá pensado mil veces, antes y durante esas noches de barrotes, en el rencor, en la venganza, en por qué Sánchez se pasea por el mundo como el fingido azote de Donald Trump mientras él purga su pena preventiva por cuatro chistorras, unas prostitutas y la soberbia de creer que sucumbir a la vida padre y al dinero fácil siempre sería gratis porque en su mentalidad no hizo nada que no harían otros en su posición. Ahora ya le servirá de poco. Insisto, llegaría tarde. Sánchez le ha ganado por la mano. Aunque revelase ahora cada una de sus intimidades, conversaciones y secretos con Sánchez, no serviría de nada. De hecho, es Ábalos quien ha blindado a su jefe y nada de lo que pueda levantar bajo la manta le sería demasiado útil. Por lo que sea que aún no conocemos, Ábalos sigue inmerso en un confuso e inexplicable concepto de la lealtad… o perdido en su autodestrucción vital. Pudo hacerlo. Pudo salvarse a medias. Pudo redimirse, ser sincero por una vez, aportar lo que bien conoce sobre la putrefacción del poder que él contribuyó a generar, y no lo hizo.
Ahí están los ansiosos, los que continúan creyendo que una sola palabra suya bastaría para hundir a Sánchez. Ábalos tiene motivos. El PSOE lo trató como a un marginado, lo apaleó en público, recaló en la leprosería del Grupo Mixto… y aún hay quien alberga la esperanza de una suerte de venganza definitiva, un golpe final aunque sea solo por puro desahogo y despecho. Y enfrente quedan los escépticos, los que saben que cada palabra de Ábalos, sea cierta o no, ya no importa porque está viciada de torrentismo y mentira. A todos los efectos, Ábalos ha quedado desahuciado por lo civil y por lo criminal. Ahora llegaría con demasiado retraso a su propio rescate si decidiese cantar porque la legislatura está amortizada y porque Sánchez está acumulando méritos propios para el repudio progresivo de su propio partido sin necesidad de que Ábalos lo retrate con sus misterios de alcoba. El andamiaje del sanchismo ha consumado su propia farsa con el feminismo, la igualdad, el escudo social o la vivienda sin necesidad de que Ábalos sea un delator.
Sánchez no debe andarse muy inquieto con Ábalos. A lo sumo, si escribiese un libro de memorias en prisión desvelando detalles de la complicidad real de Sánchez en cada error cometido, en cada corruptela aceptada o en cada miseria consentida, lograría tres días de ira, tertulias encendidas y titulares efímeros. Ya hay acusaciones y grabaciones de que manipularon las primarias de 2017. ¿Y ha ocurrido algo? Ya no ocurriría tampoco si Ábalos se revolviese. Quienes crean que puede provocar la implosión del sanchismo en tres minutos, yerran. Sánchez ha aprendido a aceptar cualquier escándalo con un rostro de cemento armado y una firmeza tan marmólea como cínica. Sánchez ya no está en la farsa de salvar su legislatura, sino en fabricarse un futuro. Y no hay nada de lo que pueda revelar Ábalos que le condicione. Cuando Sánchez salga, lo hará porque el PSOE lo haya despreciado, haya renegado definitivamente de él y lo aparte… como ya hizo con Ábalos. Porque en el fondo sus destinos siguen unidos. Algo enigmático, indescifrable y oculto, algo inconfesable, mantiene fuerte ese vínculo entre ambos. Por más odio que se tengan. Ábalos está dejando de ser un peligro para ese Sánchez que le decía “sabes que te quiero” mientras al mismo tiempo le enterraba.