PEDRO JOSÉ CHACÓN-EL MUNDO
 
El presidente invoca a la patria para pedir el apoyo de PP y Ciudadanos a los Presupuestos, pero quienes ahora le apoyan tienen conceptos radicalmente enfrentados al patriotismo

En un acto de presentación de las candidaturas electorales de Castilla y León en Burgos, el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, invocó al patriotismo para recabar la ayuda -mediante abstención o apoyo- de PP y Ciudadanos a sus Presupuestos Generales del Estado. Teniendo en cuenta que las Cuentas del Estado son el trámite parlamentario anual por excelencia dentro de cada legislatura, no debería sorprender una reclamación semejante; es más, debería ser lo normal en cualquier Parlamento. Pero lo más llamativo de esta petición es que se invoque desde la persona que dirige el Gobierno actual, cuando muchos de los pasos que le han llevado hasta ahí podrían cuestionarse precisamente en función de la ausencia de ese patriotismo que ahora reclama.

En el acto de Burgos el propio Sánchez ensalzó el patriotismo diferenciándolo del mero gritar «¡Viva España!», que se podría extender al enarbolar la bandera, que fue lo que él mismo hizo, si recuerdan, delante de una gigantesca bandera de España en el acto de presentación de su candidatura para las generales de 2015. Y es que la definición clásica de patriotismo tiene que ver, en efecto, con otra cosa muy distinta, con la implicación de los ciudadanos en el ámbito colectivo desde una ley común igual para todos, con el cultivo de la virtud cívica y la empatía integradora en nuestro ejercicio de vida cotidiana, a través del trabajo, de una actitud solidaria, de una preocupación por los problemas de los demás. El patriotismo se traduce así en una participación activa en la política, desde un ánimo transversal y no sectario que dirima las -por otra parte, necesarias- disputas ideológicas y partidistas. Y ese patriotismo, si se aquilata en el tiempo, es el mejor modo de reforzar la comunidad y solidificar sus instituciones: donde eso ocurre, el Estado es fuerte, mientras que donde no, se van abriendo sus costuras.

Es por eso que resultaría muy comprensible que Pedro Sánchez invocara el patriotismo del PP y Ciudadanos para aprobar sus presupuestos si lo hiciera desde la mejor tradición socialista en España, la socialdemócrata de Felipe González y Alfonso Guerra. Pero si lo hace como el Pedro Sánchez presidente de un Gobierno que surge de una moción de censura, en la que quienes le apoyan tienen unos planteamientos no ya completamente distintos a los del patriotismo antes definido, sino radicalmente enfrentados a él, entonces la cosa varía bastante.

No hay exageración posible en decir que España, desde la invasión de Napoleón hasta hoy, no ha visto mayor muestra de patriotismo que la de la generación que hizo la Constitución de 1978. Por su amplitud ideológica -abarcó al mayor número de partidos y de ideologías, de derecha a izquierda, como nunca se había hecho antes-, por su eficacia legisladora -se elaboraron una Constitución, diecisiete estatutos de autonomía, además de multitud de leyes orgánicas y de bases-. Sin olvidarnos del ingreso en la Unión Europea, por su solvencia intelectual -de los llamados padres de la Constitución y de tantos políticos de primer nivel que les rodearon-, por su generosidad -echando al olvido, pero no olvidando, las desgracias pasadas-, por el entusiasmo popular que rodeó todo el proceso y, en definitiva, por su espíritu de concordia y de progreso. Y resulta que todos los partidos que apoyan al actual Gobierno de Pedro Sánchez desde la moción de censura del pasado 1 de junio, todos, están en contra de lo que llaman, de modo despectivo, «el régimen del 78».

Si hablamos de los nacionalistas, tanto vascos como catalanes, porque están a otro concepto de patria y de patriotismo que cuestiona de raíz el patriotismo español, lo cual es compatible con controlar, como hacen, la administración de sus territorios respectivos desde 1978. Y conste que cuando no había nacionalismos en España, la idea de un doble patriotismo, el de la patria chica y la patria grande, de la que tantos testimonios tenemos en nuestro acervo cultural vasco, era algo sentido de manera natural y no excluyente.

Y si hablamos de Podemos y sus confluencias, nos tenemos que referir, sin remedio, a ese patriotismo que tanto invocan -profesores de Ciencias Políticas que son muchos de ellos-, conocedores de los conceptos de patria, virtud política y demás y que creen resultar compatible con referéndums de autodeterminación en los que la población diga libremente si quiere seguir unida o no, como si los Estados hubieran surgido alguna vez de pactos democráticos. Parece que se hubieran quedado en Maquiavelo sin llegar a Hobbes, ni mucho menos a Hume, con quienes el binomio Estado-seguridad toma carta de naturaleza para siempre en Occidente.

Si todos los que apoyan a Pedro Sánchez en su actual gobierno son renuentes o contrarios a la definición de patriotismo español que hemos dado aquí y desde esos fundamentos le están poniendo condiciones para aprobar los Presupuestos Generales del Estado; y teniendo en cuenta además que necesitaría el apoyo de esos partidos si quiere tener alguna opción de ser elegido presidente del Gobierno tras las próximas elecciones, ¿qué concepto de patriotismo es el que maneja Pedro Sánchez en su actual coyuntura política? A una buena parte de españoles nos inquieta mucho imaginarlo siquiera.