CARMEN MARTÍNEZ CASTRO-EL DEBATE
  • El periodismo corporativo actúa como los sindicatos: sólo se activa contra la derecha
The Economist ha publicado esta semana un especial que debiera ser de obligada lectura para periodistas en ejercicio y para quienes aspiran a serlo. Cuando apenas falta un año para las nuevas elecciones de Estados Unidos y el posible regreso de Donald Trump a la presidencia del país, los responsables de la revista han hecho el admirable ejercicio de preguntarse por el papel de los medios de comunicación en el evidente deterioro de la democracia en EE.UU. Incluso se han tomado el trabajo de probar estadísticamente el sesgo izquierdista mayoritario entre los principales medios. Si la Fox es la única televisión alineada claramente con posiciones conservadoras, el resto de cadenas presentan una indudable afinidad con la izquierda. Y esta tendencia no solo se pone de manifiesto en opiniones editoriales sobre cuestiones políticas, sino en toda una ideología progresista que impregna, tanto la selección de asuntos sobre los que se informa, como el lenguaje que se utiliza para ello. El especial cuenta además con un pequeño ensayo de James Bennet, antiguo responsable editorial del The New York Times, que disecciona la progresiva decadencia del periódico hasta convertirse en el panfleto woke que es hoy.
En España esta semana la portavoz del golpismo en el Congreso, Miriam Nogueras, señaló desde la tribuna a jueces y a periodistas. Los jueces se han defendido con coraje; los periodistas, más allá de un tibio comunicado de la APM, no. El periodismo corporativo actúa como los sindicatos: sólo se activa contra la derecha. El plasma de Rajoy se convirtió en un tópico imprescindible en los medios, pero hoy ningún periodista denuncia la afición de Pedro Sánchez a echar discursos a los árboles de los jardines de la Moncloa o a los funcionarios del complejo, encargados de cubrir el hueco que deberían ocupar los periodistas. Hemos pasado de las declaraciones sin preguntas, que tanto indignaban, a los vídeos enlatados de propaganda política que las televisiones emiten sin advertir de su naturaleza. Esa misma doble vara de medir se aplica a la valoración de los escándalos de corrupción, a los abusos de poder o a las políticas sociales, entre tantos otros asuntos.
Los jueces españoles se han rebelado contra las acusaciones de lawfare y están defendiendo admirablemente su independencia. Los periodistas, sin embargo, permanecen callados porque su silencio se ha convertido en una rutina desde hace cinco años. Callaron cuando algunos portavoces dejaron de responder a medios porque eran de derechas; callaron frente ante las campañas organizadas contra grandísimos profesionales como Pablo Motos o Ana Rosa Quintana porque eran críticos con Sánchez y siguen callando ahora, cuando los golpistas han puesto a los medios de comunicación desafectos entre sus objetivos, porque los golpistas han resultado ser los socios imprescindibles de Sánchez para seguir en el poder.
Sánchez ha conseguido hacer de la mentira su principal mérito político porque hace tiempo que el periodismo en España también ha dejado de cumplir su función tradicional: se ha admitido que los hechos dejen de ser sagrados y se está tolerando que las opiniones dejen de ser libres. Todo porque el muro de Sánchez contra la derecha lleva levantado mucho tiempo en los medios de comunicación.