Ignacio Camacho-ABC

  • El discurso de Sánchez fue un ejercicio de autosatisfacción retroactiva. De nostalgia por la experiencia no vivida

En 2003, cuando comenzó la guerra de Irak, Pedro Sánchez no era siquiera concejal de Madrid, su primer cargo público, aunque ya vivaqueaba entre los cuadros socialistas y había logrado algunos puestos de asesoría. Quizá por eso se echa en falta a sí mismo como protagonista de aquella movilización de la izquierda que acabó –atentado de Atocha mediante– con Zapatero en el poder y cambió de raíz nuestra historia política. Los psicólogos llaman a ese proceso nostalgia de la experiencia no vivida, un sentimiento que la acidez lírica de Gil Biedma supo transformar en amarga ironía. En ese sentido el discurso de ayer en el Congreso, donde se convirtió en el jefe de la oposición a Aznar, fue un ilustrador ejercicio de autosatisfacción retroactiva.

Sólo que estaba allí como presidente de un Gobierno encargado de aliviar a los españoles de las consecuencias de un conflicto –ilegal, sí, lo de injusto habría que discutirlo– cuyo negativo impacto en el sector energético ha provocado una peligrosa escalada de precios. Sin embargo dedicó mucho más esfuerzo a criticar a Trump y a asociar a la derecha con los bombardeos que a defender el decreto de medidas antiinflacionarias que sometía a la votación del Parlamento. Aznar, retirado hace veintitrés años, fue el nombre más citado –más veces que Feijóo y que el presidente americano– en ese viaje hacia un pretérito imperfecto que pilló a Pedro demasiado joven para intervenir en algo más que en el revuelo callejero. Vudú retrospectivo, lanzadas a moro muerto.

En realidad todo el mandato sanchista es un desempeño de oposición a la oposición, es decir, de obstrucción de la alternancia. Es el único elemento de cohesión que le permite sostener mal que bien su heterogénea alianza con formaciones minoritarias, y también el único ‘leit motiv’ narrativo de una acción política obsesivamente centrada en la propaganda. Este Ejecutivo no tiene desde el principio otra razón de ser que la de impedir el paso a un adversario invocado como una amenaza; sin mayoría para hacer leyes o gestionar los asuntos de la gobernanza cotidiana no puede hacer otra cosa que enfrentarse a un fantasma. Eso sí, a un fantasma que salvo en Cataluña le ha ganado todas y cada una de las elecciones parciales hasta ahora celebradas.

El problema es que ese relato se le está desgastando de tanto usarlo, que diría Rocío Jurado, aunque al equipo de guionistas de la Moncloa hay que reconocerle el entusiasmo y la imaginación que despliega para readaptar el argumentario a unas circunstancias en continuo cambio. En una sociedad acostumbrada a los debates volátiles del universo digital, la repetición de las mismas premisas acaba por provocar cansancio y cada vez surte menos efecto en el estado de ánimo y de opinión del electorado. El recurso a las patas por alto de Aznar en el rancho de Bush suena ya muy lejano; las nuevas generaciones no sienten la misma melancolía por el pasado. A los ojos de la gente joven quizá sea el propio Sánchez el que se haya empezado a volver rancio.