Arcadi Espada-El Mundo

 

Mi liberada:

«Poco después, en medio de la llanura, nos paramos al lado de un pueblo extrañísimo, como yo no había visto aún ninguno en toda Castilla de tan deteriorado y al mismo tiempo monumental. Es un pueblo de barro seco y negro, agrietado, que se extiende a un centenar de metros de la carretera. Nos separan unos charcos, donde los muros de la población se reflejan con un brillo mortecino y turbio. Está –o había estado– completamente ceñido por una muralla medieval de la cual solo quedan unos grandes lienzos que dan una perfecta idea de lo que fue el conjunto, salpicado por un número sorprendente de torres, unas más altas que otras y ninguna entera. (…) Pregunto qué es ese conjunto de castillos de barro que se agrietan. Y cuando oigo el nombre –Madrigal de las Altas Torres– aún me espanto más, porque recuerdo que es el lugar donde nació Isabel la Católica. ¿Cómo es posible que tengan tan abandonado este pueblecito que debería ser monumento nacional, tanto por su historia como por su arqueología?».

Tal vez recuerdes cuando leías –ahora ya solo sientes– este fragmento de Castella endins, el primer libro de la serie de crónicas viajeras de Gaziel, aquel que empieza, inolvidable: «Yo tengo a mi servicio, hace ya muchos años, una sirvienta castellana». A principios de los años cincuenta Gaziel hizo diversos viajes por España y Portugal. El de Castilla tenía como objetivo llegar hasta el pueblo de la criada, Cepeda la Mora, un remoto lugar incrustado en la sierra de Gredos. De camino, el autobús que lo llevaba paró en Madrigal.

Yo estuve hace unas semanas y encontré el mismo azul del cielo, los mismos charcos turbios y la misma ruina. Madrigal es de una fealdad combativa. Colabora el nombre. Cuando Gaziel llegó algo más allá, a Peñaranda de Bracamonte, estaba cierto de encontrar el lacónico encanto de la frase cervantina y solo halló lo que el castellano llama en su radicalismo un pueblo de mala muerte. A pocos pasos de Madrigal yo soñaba con San Gimignano y la pedrada fue de órdago. La imitación modernícola de las viejas casas de ladrillo ha dado unos resultados pavorosos, y décadas de miseria comunal han dejado cables y tuberías vistos, paredones sin fusilamientos. Al trazar la limpia recta de Castilla convirtieron los borrones en pueblos. Pero en Madrigal la ofensa crece. Al lado del palacio de Juan II, hoy convento, donde nació Isabel de Castilla, se levanta un caserón apuntalado. La ruina desplaza la desolación y la convierte en una inmensa explanada. Unos trozos desgajados de muralla acaban de darle al sitio una textura de anacoluto que solo podría redimir De Chirico. El viajero está en el lugar donde nació la reina del mundo. Millones de personas de todas las épocas se han frotado los ojos ante la evidencia de que en este humilde mar seco arrancó la mayor conquista de la humanidad. Es un lugar de memoria universal, pero el viajero no puede saber qué lugar es, tal es su descomposición y su indiferencia.

A la vuelta llamé a la alcaldía. Allí gobierna desde las últimas elecciones Ana Isabel Zurdo, del Psoe. Supuse que habría trámites, documentos, burocracia que explicase el impacto poético.

-Sí, hay uno. Y es la clave. El expediente de declaración de conjunto histórico de Madrigal es el más antiguo de España. Lleva medio siglo incoado.

Incoar es dar comienzo a algo. De modo que la declaración de conjunto histórico que permitiría organizar un plan global de regeneración lleva medio siglo dando comienzo. La alcaldesa no tiene una explicación clara del porqué. Ella nació aquí y con su marido, que murió, lucharon para que el abandono institucional tuviera menores consecuencias. Su mayor éxito civil fue la dignificación de las ruinas del convento Agustinos de Extramuros. Un tejado de uralita cubría la nave central de la Iglesia, que llevaba años sirviendo como granero. Recaudaron lo suficiente como para plantarse en el negociado correspondiente de la Junta de Castilla y León y dejarles encima de la mesa el dinero: «Tengan, arréglenlo». Hoy el convento, que se construyó entre los siglos XV y XVI, es una ruina limpia y con sentido. Tiene su importancia particular el sentido. En el convento pasó sus últimos nueve días Fray Luis de León, después de dejar escritas líneas precisas y humildes sobre el trabajo del escritor, «que de las palabras que todos hablan, elige las que convienen, y mira el sonido de ellas, y aun cuenta a veces las letras, y las pesa, y las mide, y las compone».

Cuando le pregunto a la alcaldesa por el caserón de la explanada y la razón de que permanezca su respuesta es sorprendente:

-Fue cuartel de la Guardia Civil. Y no nos dejan derribarlo, porque la fachada tiene no sé qué tipo de protección. Hace años en Arévalo echaron abajo un palacio donde la reina Isabel había vivido algunos años. Hombre, digo yo que ni una cosa ni otra, ¿no le parece?

Un pobre desgraciao aspira a ser nombrado mañana presidente de la Generalidad de Cataluña. Es el autor de estas frases: «Los españoles solo saben expoliar» «Vergüenza es una palabra que los españoles hace siglos que han eliminado de su diccionario». «El fascismo de los españoles que viven en Cataluña es infinitamente patético, repulsivo y burdo». La designación de este tipo, que tiene la virtud de aclarar el carácter profundo del Proceso separatista –quién podrá discutir ahora que la sonrisa xenófoba es su principal rasgo–, ha sido posible por la indecencia moral en que se han sumido centenares de miles de ciudadanos de Cataluña, a los que el nuevo presidente no puede avergonzar de ningún modo porque los representa con una exactitud estremecedora. Pero la explicación profunda está en Madrigal de las Altas Torres. Gaziel pasó por allí hace casi setenta años. Durante ese tiempo pasaron también la dictadura de Franco, la democracia, la autonomía de Castilla, y por esta última pasó incluso José María Aznar. Pasaron. La ruina de Madrigal no se inmutó. España es un expediente incoado hace cinco siglos.

Sigue ciega tu camino

A.