Editorial-El Español

La historia de Estados Unidos parece condenada a repetirse. Solo que, siguiendo la célebre tesis de Marx, lo que en el siglo XIX se dio como tragedia, en este siglo XXI está derivando irremediablemente hacia la farsa.

El atentado sufrido por Donald Trump en la madrugada de este domingo, en la cena de corresponsales del Hotel Washington Hilton, guarda, sin ir más lejos, notables paralelismos con el asesinato de Abraham Lincoln en 1865.

Al igual que John Wilkes Booth, el atacante de Trump, el profesor Cole Tomas Allenpretendía «descabezar» no sólo al presidente, sino al Gobierno en su conjunto, incluyendo entre sus objetivos una lista jerárquica de todo su gabinete.

Ambos terroristas eligieron un escenario de ocio social —el teatro frente a una cena de gala—, y ambos aprovecharon un acceso legítimo al recinto: Booth como actor reconocido, y Allen como huésped registrado en el hotel.

Pero, a diferencia de esa y otras tramas de los siglos XIX y XX, este último intento no tuvo ni una remota oportunidad de éxito. Allen no logró superar siquiera el primer anillo de seguridad antes de ser detectado.

El manifiesto enviado por Allen a sus familiares minutos antes del ataque permite rastrear una inspiración política clásica: la «propaganda por el hecho». Una táctica, empleada por el anarquismo insurreccional de finales del XIX, que sostenía que un acto violento contra un símbolo del poder era la mejor forma de despertar a las masas.

Allen, autodefinido como un «anarquista cristiano», justifica en el manifiesto su acción como un «deber ciudadano» ante lo que considera una opresión sistémica, estimando que la violencia es el último recurso cuando la palabra ha fallado.

Pero el texto de Allen no es una proclama revolucionaria al uso, sino más bien una parodia de magnicidio adaptada a la era digital.

El perfil del atacante, un desarrollador de videojuegos, impregna el documento de un tono «friki» y disparatado.

Allen se presenta bajo el alias «coldForce» y firma como el «Asesino Federal Amistoso». Dedica párrafos enteros a quejarse de la seguridad del Washington Hilton con un tono que recuerda a una reseña hotelera. Y su aparentemente meticulosa planificación del «combate» sólo puede resultar risible a la luz de su tono pueril, y de su materialización en la práctica: pretendía atentar en un salón con 2.600 personas usando perdigones para «minimizar daños».

Por descontado, el carácter ridículo de este episodio no le resta ni un ápice de gravedad.

La violencia política en EEUU es una realidad sangrienta que ya le ha costado la vida a cuatro presidentes, y Donald Trump ha sobrevivido ya a casi media docena de incidentes más o menos críticos, incluyendo uno que estuvo a punto de matarlo. El riesgo para la estabilidad democrática es real, y la posibilidad de un magnicidio exitoso sigue siendo la mayor pesadilla de las agencias de inteligencia.

Además, no es descartable que el mensaje de Allen pueda encontrar eco en una sociedad tan fracturada como la estadounidense.

Exceptuando la injustificable legitimación de la violencia, muchas de las críticas que Allen vierte en su manifiesto sobre el carácter y la gestión de Trump son compartidas por millones de ciudadanos. El peligro es que el disparate de Allen acabe por humanizar o validar el recurso a la fuerza entre quienes ven en el presidente una amenaza existencial.

Este atentado es, en última instancia, un producto más de una sociedad enferma de violencia y del problema sistémico de las armas en el país. Que un individuo con un perfil psicológico tan inestable pueda cruzar Estados Unidos con un arsenal y registrarse en el mismo hotel que el presidente es un síntoma de fracaso nacional.

El patetismo del «asesino federal amistoso», en tanto que degeneración absurda del ciclo de crispación que atraviesa EEUU, testimonia una doble crisis.

Por un lado, la psicosis por la seguridad en un país que se siente permanentemente bajo ataque.

Por otro, la incompetencia de unos servicios de seguridad que, pese a la prolijidad de medios tecnológicos a su disposición, volvieron a permitir que un lobo solitario burlara los controles básicos de un recinto blindado.

En este contexto desquiciado, hasta los magnicidios cobran los contornos del esperpento.