Mariona Gumpert-El Debate
  • El siglo XX dejó claro que olvidar no es un acto neutral

Un crimen sin explicación es una fisura en la realidad. Algo que no encaja en la lógica con la que ordenamos el mundo. Enfrentados a esa grieta, la reacción más humana es querer cerrarla cuanto antes. El silencio se convierte en una forma de control. Pero ¿qué pasa cuando, en lugar de protegernos, ese silencio nos torna más vulnerables?

Estos días la editorial que publicaba el libro de Luisgé Martín sobre José Bretón decidió retirarlo tras la protesta de la madre de las víctimas. No porque fuera un panegírico del asesino ni un ejercicio de morbo innecesario. Su error es otro: tratar de comprender.

Y comprender incomoda. Se confunde con justificar, con blanquear, con concederle al monstruo un espacio que no merece. Es más fácil borrar el mal que mirarlo de frente. Como si el silencio lo anulara, como si ignorarlo lo hiciera menos real.

El precedente no es nuevo. En 1963, cuando Hannah Arendt cubrió el juicio de Adolf Eichmann, la conmoción no fue por los crímenes nazis –ya conocidos–, sino por la ausencia de maldad caricaturesca en el retrato que la filósofa hizo del acusado. Se esperaba encontrar a un demonio, pero lo que apareció fue un funcionario eficiente, un hombre común que ejecutaba órdenes sin demasiadas preguntas. Su rostro era más inquietante que el de cualquier villano de ficción: anodino, trivial, mediocre.

La reacción fue inmediata. Se la acusó de trivializar el Holocausto, de traicionar a su propio pueblo. El problema no era su análisis, sino lo que obligaba a aceptar: que el mal, muchas veces, no es un ser excepcional, sino alguien que hace lo que cree que debe hacer.

Bretón no es Eichmann. No sabemos qué mecanismos internos lo llevaron a cometer lo que cometió. Si fue un cálculo frío o un estallido irracional. Hay, quizá, algo más aterrador que el mal estructurado, y es el mal sin explicación. El que no responde a una lógica. El que desafía nuestra necesidad de sentido.

La literatura y el pensamiento han demostrado lo peligroso de enterrar ciertas preguntas. Ni Capote en A sangre fría ni Carrère en El adversario justificaron a sus protagonistas. Tampoco los demonizaron. Se limitaron a observarlos en su totalidad, a hacer un descenso sin sucumbir al abismo. En la era de la hipersensibilidad la observación ya es sospechosa. El veto se impone como mecanismo de defensa.

No es solo el derecho al duelo lo que se juega en esta batalla. Es nuestra relación con la memoria y con la verdad. Paul Ricoeur advertía que la memoria colectiva no es un simple reflejo del pasado, sino un relato maleable, condicionado por las exigencias del presente. Dicha construcción es hoy un campo de batalla donde se decide qué crímenes se recuerdan y cuáles se olvidan. Qué víctimas merecen ser evocadas y cuáles no conviene mencionar. Las leyes de memoria histórica hablan por sí mismas.

El siglo XX dejó claro que olvidar no es un acto neutral. Que lo borrado no desaparece, solo se hace más difícil de reconocer cuando regresa. Pero seguimos cayendo en la misma trampa. Prohibimos lo que nos incomoda, silenciamos lo que nos duele, eliminamos lo que nos perturba. Como si la censura emocional nos vacunara contra la repetición de la historia.

El problema es que el mal no desaparece cuando lo borramos. Solo se vuelve más difícil de ver.