Ignacio Camacho-ABC

  • Puente debe seguir. Es tarde para una reacción digna. Le toca apurar el oprobio y sentir la ira del país y el dolor de las víctimas

Pues un servidor prefiere que Óscar Puente siga. Su dimisión en la misma noche del accidente de Urda habría sido una decisión lógica en un marco normal de decencia política pero hace mucho tiempo que esa línea quedó rebasada en la España sanchista. Ha perdido la oportunidad de una reacción medio digna y ahora debe apechar con la situación sin recurrir a la huida. Le toca apurar el oprobio –el calvario, dijo este viernes con expresión contrita–, cargar con el lastre de la ignominia, aguantar la ira de una nación afligida y pasar el trago de mirar de frente a las víctimas. A ver si es capaz de decirles que él no estaba en la sala de (des)control ese maldito día, igual que les espetó a las de Adamuz que no había soldado personalmente los raíles de la vía maldita.

Es bastante probable que Sánchez suelte lastre en cualquier momento. Que lo deje abrasarse un poco más y le exija la renuncia después de comparecer en el Congreso. El presidente no puede reanudar la campaña sin un gesto; la tragedia lo ha dejado sin bailecitos ni besos y el lema del ‘partido del amor’ se ha vuelto tan obsoleto como los sistemas de seguridad cuyos fallos han provocado el siniestro. Aún tiene la esperanza de que las elecciones queden lo bastante lejos para que el ‘shock’ emocional del país no le alcance de lleno. Pero necesita algo más que filtrar los audios de unos subalternos para cargarles literalmente los muertos. Y el ministro más antipático del Gobierno es el fusible perfecto; quizá se trate sólo de elegir los tiempos.

El profesor Rodríguez Braun suele decir que el mejor amigo del hombre (político) no es el perro sino el chivo expiatorio. Puente lo buscó en los empleados de Adif y se le han revuelto los sindicatos, los socios de la extrema izquierda y buena parte de los ciudadanos, conscientes todos del intento burdo de sacarse de encima el embolado. De modo que se le está poniendo cara de chivo a él mismo, cuya presencia en el Ejecutivo se ha convertido en un chicharro que a Pedro empieza a quemarle las manos. Su continuidad depende de los reclamos que el equipo de guionistas de Moncloa escoja para recomponer el argumentario. Si las encuestas señalan la conveniencia de cesarlo el César no dudará en inclinar el pulgar hacia abajo.

En justicia, sin embargo, debería quedarse. Si no se fue ni lo echaron tras Adamuz ya es tarde para buscar rutas de escape. Como bromeaba un antiguo futbolista poco esforzado, correr es de cobardes. La verdadera expiación consiste en presentarse ante los votantes, aguantar su mirada y probar a explicarles lo «inexplicable» con esas cualidades tan empáticas de su carácter. Seguro que un hombre de su arrogancia no tiene miedo de salir a la calle; que lo haga cuanto antes. Que aguante los reproches de la opinión pública, que se enfrente de cara a los familiares de los fallecidos en la catástrofe. Que asuma su parte de la responsabilidad sintiendo el peso moral –y tal vez las consecuencias judiciales– de un centenar largo de cadáveres. Y que corra la misma suerte de Sánchez.