Iñaki Ezkerra-El Correo
Es un palabro que le debemos a la iniciativa empresarial de una conocida marca de ultramarinos: la de crear espacios en sus supermercados donde no solo se pueda comprar comida ya cocinada, sino sentarse a degustarla como lo hacemos en los restaurantes. Si obedeciera literalmente a la lógica acronímica que lo ha inspirado, el ‘mercaurante’ se debería llamar en realidad ‘supermercaurante’. Pero Mercadona, la empresa que lo ha acuñado, ha tenido la habilidad de imprimir en la morfología del neologismo su propio sello comercial. El primer antecedente que a uno le viene a la cabeza de esta suerte de acronimia alimenticia es el ‘Salchichauto’, una furgoneta fantasmagórica que estuvo permanentemente aparcada durante años en una céntrica calle de Bilbao, y que tenía unas cortinillas eternamente cerradas. Uno nunca vio a nadie vender bocadillos de salchichas a través de ellas ni a nadie comprarlas, pero ahí estaba el vehículo día y noche, inamovible como la Delegación del Gobierno o el Ayuntamiento. Era una institución oficial.
Otro ejemplo de palabro de laboratorio que me viene a la mente es ‘jeriñac’. Lo perpetró José María Pemán para denominar al brandy uniendo, en el quirófano patriótico, dos pedazos de los topónimos Jerez y Cognac. La iniciativa no tuvo un gran éxito que digamos. Siempre se dice que el triunfo o el fracaso de una acuñación léxica lo deciden los hablantes, y es así realmente, pero la prueba de fuego de ese fracaso o ese triunfo la aportan los novelistas. Una palabra solo se legitima de veras cuando aparece escrita en una novela con naturalidad.
Pienso en la ‘Rayuela’ de Julio Cortázar y en ese primer capítulo en que Horacio Oliveira evoca el estrafalario episodio de su búsqueda desesperada de un terrón de azúcar que se le había caído en las sucias alfombras de un restaurante de la rue Scribe. Hago un esfuerzo por imaginar a Oliveira describiendo con un realismo costumbrista ese local del París presesentayochista como «un mercaurante bacán con montones de gerentes, putas de zorros plateados y matrimonios bien organizados». A simple vista, uno diría que el mercaurante no funciona narrativamente. Pero no sé. Quizá haya que darle una segunda oportunidad.