- Recuerdo bien los días de las puertas abiertas merkelianas, y cómo la prensa, con extraña unanimidad, silenció las numerosas violaciones cometidas por sirios recién llegados en agradecimiento a la hospitalidad germana
Un millón de sirios musulmanes metió Merkel en su país. Si se trataba de refugiados genuinos, ello significa —no siempre, pero sí en la mayoría de los casos— que su vida, su libertad, su integridad estaban amenazadas por el gobierno Al Assad. Gobierno que ya no amenaza a nadie porque no existe. A la infantilizada mente europea le cuesta entender que, en muchos conflictos, ambos mandos son malísimos. En este, malos hasta la repugnancia, malos hasta el genocidio. Una moral de cómic empuja a buscar bondades en una de las partes, cuando en el caso sirio solo pueden compararse atrocidades, ensañamientos, crímenes de lesa humanidad. ¿Tanto cuesta decir «ambos gobernantes, el depuesto y el actual, son asesinos en masa»? Es fácil averiguar la calaña de Al Assad y Al Julani, pero no viene claro en los titulares. Así, entre una opinión pública párvula y una Comisión Europea sin escrúpulos, parecería que algo quepa esperar del actual presidente, el julai Al Julani, que está perpetrando un genocidio de cristianos, drusos y alauitas mientras la diabólica Úrsula le entrega nuestros euros por millardos.
En teoría, la UE se diferenciaba del resto de la comunidad internacional porque su actuación en el mundo estaba basada en valores. No de los declarativos, que no son valores, y además los puede invocar cualquiera porque es gratis. La diferencia estaba en que los valores europeos constituían verdaderas guías de actuación, imperativos reales que pasaban por encima de las conveniencias, de los intereses parciales y de la Realpolitik. Los últimos tiempos, y más concretamente el mandato anterior de la satánica Úrsula, más lo que llevamos del actual, nos muestran con crudeza hasta qué punto aquellos principios eran falsos. Algunos argüirán que han desaparecido, pero que alguna vez existieron. Estoy dispuesto a admitirlo, aunque si para demostrarlo se invoca la entrada en Alemania de un millón de sirios, en principio refugiados, por un decisión ética de Merkel que además pretendía ser lección y ejemplo, debo manifestar el mayor escepticismo.
Recuerdo bien los días de las puertas abiertas merkelianas, y cómo la prensa, con extraña unanimidad, silenció las numerosas violaciones cometidas por sirios recién llegados en agradecimiento a la hospitalidad germana. Una aberración similar a la inglesa con la red paquistaní de violadores de menores. Cuando irrumpían en tropel, como si Merkel fuera la Colau, tuve ocasión de cenar en la Moncloa al lado de Rajoy. Mis desacuerdos con el personaje no me impiden reconocerle una amabilidad extrema. Sabiendo de mi escasa experiencia política, adoptó un divertido tono de instructor y me dijo: «La principal regla de la política es no tener ocurrencias». Reí y le pedí un ejemplo. Mientras se lo pensaba, recordé su excelente relación con la canciller y le lancé: «Lo de Merkel con los sirios me parece una ocurrencia, presidente». Para mi sorpresa, exclamó: «¡Y que lo digas! ¡No lo entiendo!». Yo sigo sin entenderlo. Tampoco me explico que los sirios de Merkel no estén regresando a su país.