Ignacio Camacho-ABC

  • El favoritismo destruye el valor del esfuerzo y levanta sospechas de amaño que convierten la competición en un simulacro

Este Mundial se ha convertido en una competición por ver quién sufre el próximo expolio ante Argentina. Por diversas razones, entre ellas el tirón promocional de Messi en la audiencia estadounidense, la escuadra de Scaloni goza de una patente tutela de la FIFA, empeñada en llevarla en volandas hasta la final a base de volcar cuesta abajo partidos que los rivales le ponen cuesta arriba. Desde el sorteo mismo, donde el ¿azar? le colocó en un grupo de adversarios de escasa categoría, las sospechas de trato de favor –goles dudosos, expulsiones de adversarios y penaltis que allanaban situaciones comprometidas– han sobrevolado sus enfrentamientos con Cabo Verde, Egipto y Suiza, países que nadie consideraría exactamente potencias futbolísticas. Sólo la expropiación arqueológica exhibida en el Museo Británico podría compararse con la sufrida por la selección egipcia. Si Maradona hubiese gozado de la protección que disfruta Leo tal vez habría ganado tres Copas del Mundo consecutivas, pero Diego tenía ‘costumbres’ poco ejemplares y una perpetua actitud de rebeldía que desafiaba los discursos oficialistas. A él le ocurrió todo lo contrario: se convirtió en el antiparadigma al que había que someter a disciplina.

Al disparate de los 48 equipos, que tal vez haya universalizado el evento pero ha deparado numerosos encuentros del nivel de un Udinese-Sassuolo o un Osasuna-Levante, dicho sea con todos los respetos, Infantino ha sumado cacicadas como la de levantar la sanción a un jugador norteamericano después de que Trump, otro que tal, se lo pidiera por teléfono. El fútbol puede con todo pero el abuso de arbitrariedad pone en riesgo su principal atractivo como juego, que es la posibilidad real –rara en otros deportes populares como el tenis o el baloncesto– de que el grande sucumba ante el pequeño. Esa sana incertidumbre desaparece cuando elementos ajenos cercenan la cultura del esfuerzo y el resultado deja de ser incierto porque la igualdad de oportunidades cede a los intereses de la política y el dinero, únicos factores que los dirigentes consideran la medida del éxito. En este contexto los participantes de menor rango han ejercido de meras comparsas de relleno.

El manifiesto favoritismo argentino ha despertado recelos de un campeonato amañado, un simulacro de competencia a la medida del mercado. La extendida idea de que Infantino quiere a la albiceleste en el desenlace, a ser posible frente a Francia para repetir el emocionante duelo de Qatar hace cuatro años, es devastadora para el prestigio del torneo con mayor seguimiento planetario. Y el aludido no sólo no ha hecho nada por remediarlo sino que le ha dado pábulo con decisiones que en la práctica vienen a confirmar su valimiento sobre un Messi cuyo indiscutible talento no debería necesitar padrinazgo. Inglaterra es el último obstáculo del itinerario. España, si supera la semifinal contra los franceses, tendrá al menos la relativa suerte de que con medio mundo mirando será bastante difícil consumar impunemente el atraco.