Juan Carlos Viloria-El Correo

  • «Creo que mi tiempo se ha acabado» dijo el actor francés en su juicio por agresiones sexuales

Durante el reciente juicio al actor francés, Gérard Depardieu, acusado de agresiones sexuales a dos trabajadoras durante el rodaje de «Les Volets verts» otra actriz, Fanny Ardant, testificó a su favor. En un emotivo alegato reconoció que «la sociedad ha cambiado y hay cosas que se han tolerado en el pasado y que hoy ya no se toleran». Ardant admitió que su amigo y legendario icono del cine francés ha sido un grosero y un macarra con las mujeres, «pero no un agresor». El juicio, que durante cuatro días ha atraído los focos mediáticos de Francia, adquirió una superior trascendencia sociológica contraponiendo, más allá de las responsabilidades penales, dos mundos virtuales pero reales. El del ‘MeToo’ francés que exige castigo, responsabilidad y cancelación de los hombres denunciados por hechos presuntamente criminales, acosos y abusos sexuales del pasado, con el mundo de la generación de Depardieu y Fanny Ardant, que apela al contexto social de un pasado más permisivo, condescendiente y tolerante en la relación entre hombres y mujeres.

«Los puntos de referencia ya no son los mismos» decía Ardant, reconociendo que el juicio a su amigo y actor es un punto de inflexión entre el antiguo y el nuevo mundo. El antiguo (a la espera de otros juicios pendientes contra el actor por violación) lo definía el protagonista de Cirano de Bergérac como un ambiente tolerante para bromas de mal gusto y, confesaba, después de negar agresión o intenciones sexuales en sus relaciones con las empleadas de la cinta que ya no se siente cómodo en la nueva sociedad. «Creo que mi tiempo se ha acabado».

Pero como representante del mundo nuevo, otra actriz más joven, Vahina Giocante, escribió una carta esos días en las que relataba, con crudeza, la otra cara del actor: : «Lo vi con mis propios ojos metiendo sus manos grasientas bajo las faldas de las extras amordazadas por el miedo y el asombro. Lo vi hacer llorar a los técnicos más vulnerables y a las jóvenes actrices, lo oí gritar, gruñir, susurrar en mis pobres oídos todas las cosas asquerosas posibles e imaginables. Vi a un hombre disfrutando de la vergüenza y el miedo de los más débiles y bebiendo insaciablemente de todas las formas de dominación. Vi equipos enteros tomados como rehenes por lo insoportable. vergüenza que estas palabras y gestos causaron».

El «Gigante del cine francés», al que hace tres años nadie llama para trabajar, fue acusado por los abogados de las denunciantes de misógino, sexista, despreciativo con los inferiores y las mujeres. Su defensa les reprochaba una actitud de militantes más que abogados. Un choque de trenes entre dos sociedades que conviven pero se aborrecen. El 13 de mayo habrá un fallo judicial pero, sea cual sea, el monstruo sagrado del cine francés caerá con su antiguo mundo.