Daniel Lacalle-El Español

“Don’t go away mad, just go away” – Nikki Sixx

Pedro Sánchez ha condensado en una frase la esencia de su proyecto político: “La pregunta no es si debemos continuar. La pregunta es cómo no vamos a hacerlo”.

Como todo autócrata, Sánchez nos dice que le debemos todo, que el Estado es él, que gracias a él –no a las empresas y trabajadores– crece la economía y que, por lo tanto, debes olvidar la ristra de corrupción y despilfarro porque es él quien te paga… tirando de deuda. La frase, aparentemente épica, es en realidad el resumen perfecto de un chantaje obsceno: debes aceptar o ignorar la corrupción, los escándalos y la degradación institucional a cambio de más gasto, que en realidad es más deuda, más impuestos y más ruina.

El mecanismo es sencillo. Ante cada caso de corrupción, ante cada nueva revelación sobre el entorno personal, político o empresarial del presidente, la respuesta nunca es asumir responsabilidad, limpiar instituciones o limitar el poder. La respuesta es siempre la misma: “he subido las pensiones”, “he aumentado las ayudas”, “he protegido a los vulnerables”. Todo falso, pero encima paternalista y condescendiente.

Sánchez te dice que debes tragar con la corrupción y la degradación institucional porque él es muy generoso con el dinero de los demás y, además, te endeuda mucho más. Fascinante.

Sánchez no te ha subido la pensión. La ha hecho más insostenible. Con él, la deuda de la Seguridad Social se ha multiplicado por cuatro hasta 136.000 millones.

Sánchez no te ha subido la pensión. La ha hecho más insostenible

Sánchez no sube el salario mínimo. Te ha disparado las bases mínimas de cotización, convirtiendo una medida populista en un atraco impositivo a la mayoría de trabajadores.

Sánchez no mejora la vida de la gente. El español medio se ha empobrecido, los salarios reales netos caen y la factura fiscal se dispara mientras los servicios son cada vez peores.

Sánchez no gestiona el crecimiento, lo parasita. Ha disparado la deuda emitida a más de 2,2 billones de euros, un aumento de más de medio billón en su mandato, despilfarrando el mayor estímulo monetario y fiscal de la historia, además de los fondos Next Generation.

Sánchez ha multiplicado la recaudación fiscal y los servicios son peores mientras las cuentas públicas son insostenibles en cualquier análisis serio.

Ver a Carlos Cuerpo asentir ante la infamia del mensaje chantajista y condescendiente de Sánchez nos recuerda que los ministros se han convertido en palmeros de un presidente acorralado.

Sánchez no mejora la vida de la gente. El español medio se ha empobrecido, los salarios reales netos caen y la factura fiscal se dispara mientras los servicios son cada vez peores

El mensaje implícito al ciudadano es brutal. Sí, puede haber corrupción, pero gracias a él cobras más pensión. Sí, puede haber desfalco, tráfico de influencias o uso partidista del Estado, pero gracias a él tienes un cheque, una subvención, un ingreso mínimo. Sí, puede haber mentira y manipulación, pero sin su gasto tú sufrirías más. Sánchez te salva con tu propio dinero a cambio de un módico peaje en corrupción generalizada.

Sánchez ya no se molesta en defender la honestidad del Gobierno porque ya no cuela. Sánchez ya no se molesta en decir que el parlamento le apoya porque la mayoría le ha dado la espalda. Su única y obscena excusa es defender su utilidad como máquina de reparto de la corrupción. Con esa frase, Sánchez intenta hacerte cómplice y te dice que te calles: que Cerdán, Ábalos, Koldo, el expresidente, la esposa y el hermano son pequeñas anécdotas comparadas con lo que te paga él con tu propia cartera.

El sanchismo no dice “somos decentes”, dice “somos indispensables”. Es profundamente obsceno y aterrador, además de ser mentira.

Sánchez no es el garante del estado de bienestar y la democracia, es el impulsor de su destrucción. Disparar la deuda y el despilfarro no es defender lo público, es hacerlo insostenible. Sugerir que la corrupción es irrelevante comparado con su generoso despilfarro del dinero público, un insulto a los ciudadanos.

En una democracia sana, el contrato social descansa sobre tres pilares: legalidad, responsabilidad y representación. Sánchez ha incumplido los tres. Señor Sánchez, las reglas se cumplen, quien abusa del poder responde y el gobernante sirve al ciudadano, no se sirve del Estado.

En una democracia sana, el contrato social descansa sobre tres pilares: legalidad, responsabilidad y representación

El discurso es siempre el mismo: “hemos revalorizado las pensiones”, “hemos subido el salario mínimo”, “hemos ampliado el escudo social”. Todo esto se presenta como prueba de virtud, como carta blanca ética. Como si el hecho de tener capacidad para gastar y endeudarse justificara cualquier comportamiento del entorno político. Pero detrás de esa narrativa hay tres elementos que nunca se mencionan:

El chantaje del sanchismo sustituye esos tres pilares por otros tres muy distintos:

– Cheque: Mientras haya dinero público, no preguntes demasiado.

– Miedo: Si no está él, vendrán “los malos” y te quitarán tus ayudas.

– Culpa: Si cuestionas el gasto, eres insensible y si cuestionas la corrupción, eres reaccionario.

Todo esto se presenta como prueba de virtud, como carta blanca ética

Con Sánchez, el Estado deja de ser garante neutral y se convierte en instrumento de protección del presidente y su entorno. El partido, el Estado y las instituciones están al servicio de Sánchez, no al revés. Se construye una clientela política en torno a pensiones, salarios públicos, subvenciones y ayudas condicionadas emocionalmente a no poner en riesgo lo que tienes.

Las supuestas mejoras de pensiones y ayudas se financian con un déficit estructural gigantesco y una deuda que ya se sitúa muy por encima del 100% del PIB. No se trata de reformas sostenibles y pactadas a largo plazo, sino de una obscena compra de apoyo presente a costa de empobrecer a futuro.

Sánchez presume de subidas nominales, pero calla ante la evidencia de los malos datos reales y netos. Sánchez tira de desequilibrios para pasarle factura al siguiente, ignorando la demografía, la productividad, el empleo real o la sostenibilidad.

Sánchez es maquillaje estadístico, chantaje emocional y secuestro institucional. Reparte lo que no tiene y despilfarra lo que recibe. Pan hoy, problemas mañana.

Para Sánchez, cada nueva ayuda, cada programa, cada transferencia financiada con más deuda se convierte en argumento de campaña. El objetivo no es proteger, sino extorsionar. El gasto público deja de ser política social y se convierte en marketing electoral. Para ello es esencial que los ciudadanos sean más pobres, y así les puede amenazar con estar peor si vienen los adversarios del sanchismo. La corrupción es mala, pero peor es que él salga de La Moncloa. Es tan abyecto que da ganas de vomitar.

Reparte lo que no tiene y despilfarra lo que recibe. Pan hoy, problemas mañana

Así, el mismo mecanismo que debería servir para fortalecer el contrato intergeneracional se usa para blindar al líder frente a la justicia. Con él eres pobre pero feliz; si le cuestionas, lo puedes perder. El empobrecimiento económico como herramienta de control, la podredumbre moral como arma de chantaje y la extorsión como escudo contra la responsabilidad.

“La pregunta no es cómo vamos a seguir, sino cómo no vamos a seguir” no es una reflexión sobre solvencia institucional. Es un aviso al votante: Va a seguir pase lo que pase, porque ha convertido el Estado en tu chulo. Te pega, pero te protege.

El subtexto es claro. No importa cuántos escándalos rodeen al Gobierno, mientras el flujo de dinero público continúe, se podrá presentar cualquier crítica como amenaza a tu bienestar. No importa cuántas dudas existan sobre contratos, intermediarios, familiares o socios, mientras haya un relato de protección social, se podrá desacreditar a quien pida explicaciones como enemigo.

El presidente no habla de confianza, habla de dependencia. No habla de mérito, habla de obediencia. No habla de responsabilidad, habla de continuidad a toda costa.

La perversión es doble. Sánchez ya no dice “y tú más”, sino “y tú también”, normaliza la idea de que todos son iguales en corrupción, para después añadir una capa adicional. Una especie de “sí, pero nosotros robamos mejor, porque al menos damos algo”. Es el habitual cinismo populista: el saqueo se tolera si la clientela recibe una parte.

La perversión es doble. Sánchez ya no dice “y tú más”, sino “y tú también”, normaliza la idea de que todos son iguales en corrupción

El resultado es devastador para la cultura política. Se rebaja el estándar moral: ya no se aspira a gobiernos limpios, solo a gobiernos que “compartan” algo del botín vía gasto. Se destruye la relación entre impuestos y servicios. El ciudadano deja de ver el Estado como el garante de un marco general y lo ve como una máquina arbitraria de favores. Se blinda la impunidad, y cualquier investigación se presenta como ataque al “modelo social” en lugar de como defensa de la legalidad.

El mensaje final al ciudadano es mafioso. Obedece o sufre las consecuencias. Da las gracias porque no estás peor. Y cállate.

Sánchez trata a los ciudadanos como un maltratador. Por un lado, nos dice “nadie te va a querer más”, y por otro “sin mí, no puedes”, mientras te cruje a impuestos y te empobrece. Sánchez es la evidencia del Estado depredador.

La pregunta no es cómo va a seguir el sanchismo. La pregunta es cuánto tiempo puede seguir una sociedad aceptando que se compre su silencio con su propio dinero, mientras se degradan las instituciones que deberían protegerla.

La respuesta, si no cambia la cultura política y económica del país, es triste. Sánchez ha amordazado a España, ha cancelado la sociedad civil y demolido el marco institucional que garantiza los contrapesos al poder, y seguirá hasta que en Europa se cansen de creer en este autócrata disfrazado de buenas intenciones y financiar la extorsión y el expolio socialista. Si todo lo que hace Sánchez lo hubiera hecho un gobierno de derechas, hace años que Europa habría cerrado la chequera. Así de miopes y peligrosos son los autodenominados moderados. Han permitido el asalto a la democracia y las instituciones en España y han financiado el sistema parasitario sanchista porque no es “de derechas”. Qué estulticia.