- La mejor forma de estudiar el ‘sanchismo’ dentro de 10 o 20 años en las universidades –no ha sido tan importante como para entrar en los colegios– será acuñando la asignatura: ‘Diario de cesiones’.
Fingirán más o menos bien. Podremos vivir en la ficción durante un par de horas. Quizá tres, si se toman un carajillo al terminar.
La pena es que va a suceder justo después de Navidad. Si hubiera sido unos días antes, podríamos habernos exhibido «normales» ante esos familiares algo pretenciosos que vuelven a casa de su residencia habitual en las grandes democracias europeas.
«Nada, bien, todo razonablemente. El presidente se ha reunido con el jefe de la oposición».
Aquellas reuniones de apretón de manos en Moncloa que aparentemente no servían para nada nos revelan hoy, como un texto sagrado leído al trasluz del tiempo, que fueron días tan aburridos como felices.
Esas fotos en las escalinatas que tenían hasta el gorro a los periodistas que esperaban en la sala de prensa forjaban muy sigilosamente el hilo vital de la sociedad a salvo del Muro.
Resulta escalofriante leer hoy las memorias de algunos periodistas y políticos poderosos de entonces. De los ochenta, los noventa y los dos mil. ¡Cuánto pesaba en la cabeza de los líderes haber boicoteado en ocasiones la relación con el presidente o el jefe de la oposición!
Además, cuantas más reuniones presidente-oposición había en Moncloa, más reuniones clandestinas había de las que no nos enterábamos.
El otro día, me contó Julián García Vargas –uno de los ministros más frecuentes de Felipe– que él mismo se reunía con Aznar a escondidas y por orden del presidente para mantenerlo al tanto de los asuntos imprescindibles: Defensa y Geopolítica, fundamentalmente.
–Pero, Julián –le dije–, ¿también en los días de la corrupción y del ‘váyase, señor González’?
–Claro. ¡Era el jefe de la oposición!
Eran, sobre todo, otros tiempos.
Aunque esté escribiendo en plural, no conviene caer en la equidistancia. Estas reuniones han desaparecido porque Sánchez lo ha querido. Me consta a través de una conversación reciente con uno de los asesores de cabecera de Feijóo.
Le pregunté: «Olvídate del contexto. Si Sánchez llama a Feijóo para hablar de asuntos verdaderamente importantes, ¿qué hacéis?».
Respondió: «Pedir un Uber a Moncloa».
Debe de estar pasándolo mal Feijóo estos días. No tanto como Sánchez, pero sí mal. Basta conocerle para saber que decenas de gobiernos autonómicos pactados con Vox en efecto dominó le tienen asqueado. Y luego llegará, si se confirman las encuestas, el mal mayor: el gobierno de coalición.
Se le notó incluso físicamente el alivio cuando Vox decidió romper aquellos gobiernos. El destino le daba otra oportunidad: Sánchez seguía en caída libre y Abascal tenía problemas.
Pero Abascal hoy, sin aparecer, sin tomar decisiones, es un Ferrari en las encuestas. No importa su silencio cómplice sobre Groenlandia. La crisis de la inmigración y los desmanes de Sánchez lo llevan en volandas… y en bolandas.
¡Feijóo, que votaba a la socialdemocracia siendo un chaval, gobernando con la extrema derecha!
El padre Feijóo era el tipo perfecto para esas cumbres que no servían para nada pero servían para todo. Un pez feliz en el agua de la institucionalidad. Un hombre que, seguro, sueña con una dimisión de Sánchez al día siguiente de las elecciones que dé paso a un secretario general de verdad de izquierdas, presto a abstenerse con tal de evitar la influencia de Vox.
Pero no parece que vaya a ser así. Si Vox está fuerte, Sánchez se quedará en la oposición. Eso temen Felipe y Madina.
Entonces, se impone en el líder del PP una condición que es más fuerte que la de lo institucional: Feijóo es, por encima de todo, un político. Y los políticos son sujetos de poder. El poder acaba anulando en ellos todo lo demás.
Feijóo dejó una vida plácida en Galicia, de virrey, para convertirse en un cargo que constitucionalmente ni siquiera existe: jefe de la oposición. Fracasó cuando nadie –ni él mismo– lo preveía.
Por eso se tragará, si no le queda otra, el sapo de Vox. Porque un tipo que fue ganador toda su carrera, desde que aprobó las oposiciones, no va a querer ir a la papelera de la Historia como un perdedor.
Tiene un consuelo que no es desdeñable: si Sánchez pactó con quienes dieron un golpe a la Constitución y con un tipo que secuestró a punta de pistola, pensará: «Lo mío no es para tanto».
Ese es el problema de Sánchez: ha destruido todos los límites para él mismo… y para los que vendrán.
La telaraña
Si Sánchez no estuviera preso de sí mismo, esta reunión, además de empezar a coser el hilo roto de la institucionalidad, podría servir para aprobar cuestiones prácticas importantes.
Posición de España en Ucrania.
Posición de España en Venezuela.
Financiación autonómica.
Reindustrialización.
Inmigración.
¡La crisis de la vivienda!
Todos esos asuntos en los que PSOE y PP tienen mucho más que ver entre ellos que con los independentistas y Vox, respectivamente.
Sánchez ha propuesto bonificar al 100% el IRPF de los propietarios que no suban el alquiler a sus inquilinos a la hora de renovar el contrato. ¿Qué es eso sino una política a medio camino entre la socialdemocracia y el liberalismo?
Si no fuera por la telaraña que él mismo se ha tejido con la ayuda de Puigdemont, Junqueras, Otegi y el PNV, Sánchez se podría aprovechar de la nostalgia bipartidista de Feijóo para arrancarle una decena de acuerdos de golpe. Pero eso es imposible. Eso sería proclamar al mundo la enmienda a la totalidad de su proyecto desde que llegó a la presidencia.
La España binaria es una maravilla. Quienes apuestan por Sánchez creen que, siendo malo, es mejor que un tsunami de la extrema derecha. Y quienes no queremos a Sánchez, lo vemos demasiado evidente: la naturaleza de sus pactos hace que sean incompatibles el bien político de Sánchez y el bien político del país.
¡Habría una manera tan sencilla! Podríamos empezar en Trujillo, donde nacieron los conquistadores. El PSOE se abstiene, el PP gobierna sin Vox; y la socialdemocracia, al mismo tiempo, recupera su influencia –obligando a negociar cada ley, cada presupuesto–. ¡Magia! Todos ganan, salvo los extremos.
El capítulo de la financiación autonómica es perfecto para ilustrar lo que ha dado de sí Pedro Sánchez. Veamos la secuencia.
El presidente recibe en Moncloa a un político inhabilitado por el Tribunal Supremo después de dar un golpe a la Constitución.
El presidente negocia con ese político un sistema de financiación autonómica para toda España sin importarle que éste quiera arrancarle a España una parte de su territorio.
Al presidente, le dicen las comunidades autónomas de su partido, las socialistas, que es una pésima idea sustituir la solidaridad por la «ordinalidad».
Le dicen, además, que este sistema va a provocar una caída estrepitosa del PSOE en todas las elecciones autonómicas que vienen.
Y, por último, llega Yolanda Díaz, su vicepresidenta, y también le dice que no lo ve.
El presidente, aun así, sigue adelante.
Es un pésimo camino, pero es el único camino. Sánchez es como el protagonista de Trainspotting. Está tumbado en la cama y lo único que puede salvarle, lo único que puede quitarle el mono, es lo que va a matarle.
Llevamos diciéndolo siete años. Va a superar, antes de caer, a Zapatero y Aznar. Pero España no da más de sí. No hay nada más que vender si no es con un cambio de orden constitucional. Y, si se atreve, las urnas –virgencita, virgencita– no le seguirán.
La mejor forma de estudiar el sanchismo dentro de diez o veinte años en las universidades –no ha sido tan importante como para que se estudie también en los colegios, salvo catástrofe mayor de última hora– será acuñando la asignatura: «Diario de cesiones».
–¡Artículo 23 del Diario de Cesiones!
–La amnistía.
–Correcto. ¡Artículo 48!
–Los indultos.
–No. Ese es el 56.
–La eliminación de la sedición.
–¡Ese es el 64!
–La rebaja de la malversación.
–Correcto.
Sería una de las asignaturas más duras e inútiles: de las de memorizar.
Lo de este lunes, la reunión, será sólo un momento. Un orgasmo que se diluye. Pero solacémonos en el placer de lo institucional. Aunque sólo sea para recordarnos que un día ocurrió y que un día volverá.