Gabriel Albiac-El Debate
  • Un patán –o un palurdo, como quieran– profiere, desde el ministerio de todos los robos, palabras de patán o de palurdo hacia la única política que dio la cara en los momentos difíciles. «Mamarracha», llama a Ayuso. Y eso, en boca de Óscar Puente, suena a condecoración muy alta

¿Puede un patán ser ministro? Puede. En España es, desde siempre, un mérito. En el gobierno del yerno de Sabiniano Gómez, un deber. Patán: «persona zafia y tosca», reza la última edición del diccionario de la RAE. En la de 1737, se añadía a eso un matiz curioso y que no tengo claro yo que pueda seguir siendo de uso: «Llámase así, porque ordinariamente tiene grandes patas o pies, y las hace mayores con el calzado tosco que trae». No sé…, habrá que consultarlo con el zapatero gubernamental.

No es un crimen, desde luego, ser un patán o un palurdo («persona rústica e ignorante», en la edición actual; «tosco, grosero», en la primera). Ni siquiera cabe insulto en uno u otro término: los diccionarios no valoran, definen. Y esa definición se ajusta como un guante a aquellos a quienes, por no ajustarse al convenido protocolo de la cortés convivencia ciudadana, la higiene moral y estética aconseja mantener lejos de potestad pública. Eso, naturalmente, en una sociedad para la cual la política quede incluida entre las tareas racionales. No así en España. Desde luego. ¿Quién podrá ejercer mejor como capataz de guardia de un amo sin principios que el sujeto que jamás vacile en ser «persona zafia y tosca», dispuesta a servir siempre en su oficio de cancerbero? Óscar Puente es epítome de tan gran mérito.

Está ardiendo la sierra de Madrid. Merced a la barbarie que, bajo máscara de «ecologismo», decidió que la bondadosa naturaleza debía ser dejada al albur de sus benéficas proliferaciones espontáneas. Hay bárbaros que, hace años y desde algún exótico paraje hispanoamericano, sentenciaron que extraer minerales era malherir a la dulce Pachamama. La imbecilidad es lo más contagioso en la especie humana. Y, en este pobre país nuestro, no hay contagio que no se trueque en epidemia; ni epidemia que no fije asiento endémico. A los bondadosos pachamameros de por aquí se les apareció la salvación del planeta bajo la forma rural de una pureza selvática. De la cual brozas y cuadrículas humanas debían ser abolidas. Hay que estar como una cabra para no entender que una masa vegetal sin acotar –esto es, sin humanizar– es material de incendio inextinguible. Cierto, se dirían. Pero es que el fuego también es naturaleza. Y digo yo que ellos supondrán que tiene –como la propia Pachamama– su tierno corazoncito.

El incendio de una masa forestal abandonada a su natural exuberancia es necesariamente devastador. Lo estamos viendo. No queda más que aguardar a que su combustible se agote. No queda más que aguardar a que lo que fue campo habitable quede ajustado a lo que la naturaleza dicta en todo: ascua y ceniza. Y rezar para que, al menos, no genere demasiadas muertes. Es lo que alucinados ecologistas han venido planificando durante decenios. Y lo que los capataces de Sánchez han logrado ejecutar hasta el disparo de gracia de este verano. «No hay que oponerse a la naturaleza», nos sentencia la tribu de apóstoles del bucolismo. Digo yo que, cuando un natural dolor de muelas los acose, se abstendrán inmaculadamente de ingerir un calmante. ¿Quién ha dicho que la aspirina sea natural? ¿Quién ignora que el bisturí del cirujano es artificio que hiere los designios naturales de vida y muerte? ¿Antibióticos…? ¿Y a quién puede ocurrírsele semejante blasfemia? A los mismos fachas, desde luego, que, para dar curso al perverso deseo de asesinar a la Sagrada Madre, marcan a cuchillo sobre su verde piel esos feos cortafuegos en invierno.

Llega el verano. No hay cortafuegos. Una vegetación reseca llama al incendio que purifica todo. Es el ansiado paraíso ecologista: Natura se purifica a sí misma con sus propias llamas. Y un patán –o un palurdo, como quieran– profiere, desde el ministerio de todos los robos, palabras de patán o de palurdo hacia la única política que dio la cara en los momentos difíciles. «Mamarracha», llama a Ayuso. Y eso, en boca de Óscar Puente, suena a condecoración muy alta.