Tonia Etxarri-El Correo

La ovación cerrada, casi unánime, de siete minutos que los parlamentarios e invitados del Congreso y el Senado dedicaron al papa León XIV reflejaba la sintonía que había logrado el Pontífice en la casa de los legisladores. Con su inédito y profundo discurso repleto de principios morales sobre el aborto, la eutanasia, la inmigración, la paz y la inteligencia artificial, se erigió en referente moral para católicos y no creyentes. Diputados que escuchaban atentamente su emplazamiento a la reconciliación en medio de las divergencias desde un hemiciclo que está siendo escenario, precisamente, de enfrentamientos y polarización, discrepancias sin respeto e intercambio de consignas con desprecio. Justamente lo contrario de lo que ayer estaba predicando el jefe de Estado de la Ciudad del Vaticano.

Consciente de quienes eran los destinatarios de su discurso, León XIV quiso enfatizar el reconocimiento de la dignidad inviolable de la persona humana por encima del vaivén de las mayorías de cada momento. Los principios son previos a las leyes. Con un aviso para quienes quieren ampliar los supuestos que reconocen la eutanasia y pretenden incluir el aborto como derecho constitucional. Su defensa de la vida, reconocida y custodiada desde su concepción hasta su ocaso natural. Su defensa, también, de la familia tradicional y su derecho a elegir el tipo de educación que quieren para sus hijos.

Y sobre el drama migratorio, un doble mensaje a diestra y siniestra. La protección de los vulnerables, más allá de su origen étnico, lingüístico o económico que topa con el lema de Vox sobre la prioridad nacional. Pero también su emplazamiento para que la política migratoria no sea afrontada por una nación por sí sola sino que debe estar coordinada, se da de bruces con la regularización masiva del Gobierno de Pedro Sánchez. Una norma que fue criticada por la Unión Europea por su unilateralidad, ya que La Moncloa no notificó el proyecto, y que puso en guardia a los países vecinos que optaron por un mayor control y endurecimiento de las fronteras por temor a un posible ‘efecto llamada’.

En el saludo previo de los parlamentarios, la portavoz de Junts, Miriam Nogueras, le habló en inglés (enmendándose a sí misma la plana al decir que hay que hablar en el idioma del país que se visita) y le pidió que utilizara el catalán cuando visite Cataluña. Pero poco después, en su discurso, el Papa valoró muy positivamente que España cuente con una lengua «que une continentes». Independientemente de que hoy utilice, o no, el catalán, que lo hará, León XIV demostró que no es influenciable y, por lo tanto, no resulta cómodo para los interlocutores acostumbrados a organizar la vida de los demás.

El Papa seguirá criticando la polarización. Ayer lo hizo en el Congreso. Le ovacionaron, cierto, después de haberle oído decir que la discrepancia no conlleva humillación. Pero no se dieron por aludidos. No había más que ver algunas reacciones posteriores. El Pontífice predicó en el desierto. Su discurso prevalecerá pero la inédita imagen de unidad duró siete minutos. Él mismo podrá comprobarlo desde el Vaticano a partir de la semana que viene.