Agustín Valladolid-Vozpópuli

Es preciso construir la imagen de un Madrid insolidario para justificar la insolidaridad de los que destinaron cuantiosos recursos a conspirar contra el Estado

El domingo 6 de octubre de 2024, La Vanguardia abría sus ediciones de papel y digital con una entrevista al lehendakari vasco, Imanol Pradales. El titular era este: “Madrid se ha convertido en una capital total que drena a la periferia”. Se destacaba asimismo el artículo de opinión de un prestigioso periodista económico que indirectamente apoyaba las palabras del nuevo inquilino de Ajuria Enea: “¿Quién rompió la igualdad? y ¿quién pagará recuperarla?”, titulaba de aquella manera el colega, quien más adelante afeaba a Emiliano García Page que tras reunirse con Pedro Sánchez utilizara Cataluña (“La riqueza de Cataluña no es de los catalanes, es de todos”), y no Madrid, “la comunidad más rica”, para defender su posición.

Esto no es de ahora. Llevamos años así. El progreso de Madrid ha sido una de las herramientas utilizadas en su día, sobre todo en el plano emocional, para amplificar el fraudulento discurso de la independencia. Y en los últimos años, como parte del proceso iniciado de cara a que traguemos con la financiación “singular” de Cataluña, hemos dejado atrás el “España nos roba” para concentrarnos en la nueva consigna: “Madrid nos roba”. Duele, y mucho, que Madrid ya no sea aquel “poblachón manchego” del que hablaba Mesonero Romanos.

Aquel Madrid que en 1930 era la quinta economía nacional, mientras que Cataluña ocupaba el primer puesto en términos de PIB; aquel Madrid que pagó muy cara su resistencia al golpe del 36 y no empezó a levantar la cabeza hasta los años 60, mientras Cataluña recibía por aquel entonces cerca del 40% de las inversiones del Estado, gracias en gran medida a la influencia que ejercía la burguesía catalana en la toma de decisiones del régimen y al eficaz trabajo del nutrido número de procuradores catalanes que, en las Cortes franquistas, juraron fidelidad a los Principios del Movimiento; aquel Madrid que, en el arranque del último cuarto del siglo XX, lo componían una comunidad sin personalidad propia, deslavazada, y una capital a medio hacer, es hoy un patrón (claro que imperfecto, pero patrón) de convivencia, desarrollo y oportunidades. Bien es cierto que no solo por méritos propios, sino también por demérito de otros.

En los últimos años, como parte del proceso iniciado para que traguemos con la financiación ‘singular’ de Cataluña, hemos dejado atrás el ‘España nos roba’ para concentrarnos en la nueva consigna: ‘Madrid nos roba’

Hace tiempo que Pedro Sánchez decidió que Madrid debía ser castigado. Que el escarmiento era el único modo de frenar el avance de la derecha y expulsar del poder regional a esa respondona que no se calla ni debajo del agua, a esa chamberilera, un punto vulgar, que le ha tomado la medida a la izquierda, y a la ultraderecha, en la comunidad. Aunque si miramos por el espejo retrovisor y hacemos recuento de los resultados obtenidos por el PSOE madrileño, podríamos concluir que tampoco son tantos los merecimientos de Isabel Díaz Ayuso, beneficiaria como sus predecesores de la legendaria incompetencia electoral de la izquierda madrileña.

Es sin embargo esa misma izquierda la que, al convertir a Ayuso en un formidable enemigo político, que sin duda lo es, más méritos le otorga y más contribuye a su consolidación. Cuantos más ataques recibe la presidenta, mayor es su fortaleza. Y cuanto más insisten los políticos vascos y catalanes, y la prensa incondicional, en presentar a la Comunidad de Madrid como la gran culpable de sus fracasos, más la encumbran. Ahora, Pedro Sánchez, con una propuesta de condonación de deuda que discrimina a Madrid (el ahorro por habitante sería de 1.235 euros, 461 inferior la media), vuelve a sancionar al alumno aplicado, al que no contribuye a sobrecargar la abultada deuda del Estado. Y lo peor es que lo hace sin tomarse la molestia en disfrazar la razón última de la afrenta: el talón nominal librado a Oriol Junqueras para que Esquerra recupere espacio frente a Puigdemont y siga manteniendo su apoyo al Gobierno en el Parlamento.

Una soez operación política

La quita de la deuda que propone María Jesús Montero es un 67% mayor para catalanes, andaluces y valencianos que para los madrileños. La operación consistente en aislar a Madrid, dotando de paso de una pista de aterrizaje a la candidata Montero en Andalucía (que, por cierto, se parece mucho al dopaje electoral que fueron los ERE) es tan burda que produce vergüenza ajena. Pero lo que no parece haber calculado bien Sánchez es que castigar a Madrid favoreciendo los intereses del independentismo puede acabar siendo la gran falla de una soez operación mayoritariamente percibida como una recompensa al eficaz chantaje de unos y un premio a quienes peor han gestionado los recursos de todos.

Estamos en presencia de uno de esos casos que sacan a la luz lo peor de la política, ante una maniobra desleal que socializa las pérdidas de los despilfarradores entre todos los españoles y, como ha apuntado Standard&Poor’s, aumenta el “riesgo moral” y la desafección al enviar un mensaje peligroso: gastad sin control que al final papá Estado, o sea, el contribuyente, vendrá al rescate. Además de que, en clave de credibilidad financiera, la ausencia de cualquier condicionalidad fiscal en esta operación resulte escandalosa.

Se sanciona al alumno aplicado, a quien no contribuye a recargar la abultada deuda del Estado. Y se hace sin disfrazar la razón última de la afrenta: el talón nominal librado a Junqueras para que siga manteniendo su apoyo en el Parlamento

La quita de deuda ofrecida no es solo un nuevo capítulo de la subasta abierta por Sánchez para mantenerse en el poder. Tiene más calado. La factura no desaparece: simplemente se traslada de los bolsillos de los habitantes de las comunidades deudoras a los de todos los españoles, presentes y futuros. Como en toda buena derrama, unos pagan y otros cobran. Mientras tanto, la cohesión territorial y la igualdad, ¡ay la igualdad!, quedan una vez más sacrificadas en el altar de las necesidades electorales del PSOE. Y es en la aparente imposibilidad de convencer de las bondades de la maniobra al conjunto de los ciudadanos donde a Madrid se le ha adjudicado un papel central.

Madrid no le debe un euro al Estado, pero Sánchez necesita dibujar un Madrid insolidario para justificar la insolidaridad de quienes realmente lo son: la de un País Vasco que gracias al Cupo tiene superávit fiscal y sigue siendo subvencionado, y la de esos desastrosos gestores a los que los mercados les cerraron el grifo y destinaron el dinero prestado por todos los españoles a conspirar contra ese mismo Estado. Y para que traguemos con eso, y para que Óscar López logre mantener la cabeza sobre los hombros y María Jesús Montero tenga alguna opción en Andalucía, hay que volver a rendir Madrid. De hambre y sed.

(A modo de breve postdata: A ver si el flamante fichaje de Alberto Núñez Feijóo, uno de esos killers de la consultoría política, convence al líder del PP de que no hay contraindicación alguna que compense el precio que está pagando en términos de autoridad moral cada día que pasa sin forzar la dimisión de Carlos Mazón).