Ignacio Camacho-ABC
- Si el asunto de ZP se complica demasiado, Sánchez adoptará la misma pose de sorpresa fingida que con Cerdán y Ábalo
Esta semana ha hecho un año de la famosa rueda de prensa que Sánchez cerró diciendo «son las cinco y no he comido» tras pronunciar más de veinte veces la palabra «yo» y usar otras tantas referencias indirectas a sí mismo. El contexto era el cese de Santos Cerdán, defendido a ultranza hasta el día en que un informe de la UCO descubriera la trastienda del segundo hombre fuerte del partido –el primero también había caído de mala manera– y obligase al líder al enésimo ejercicio de contorsionismo político. En aquellas circunstancias Pedro sólo pensaba en el efecto que la crisis podía causar a su propio prestigio: yo, mí, me, conmigo. No veía un palmo más allá ni parecía importarle que su lugarteniente en la organización estuviese al borde del presidio.
Ahora es Rodríguez Zapatero, el ‘factótum’ áulico de los últimos tiempos, quien está en aprietos. Y como entonces, y casi con idénticas palabras, el presidente afirma creer en su inocencia penal y en sus valores éticos mientras sus ministros y sus terminales periodísticas rebuscan argumentos para rebatir las sospechas de corrupción y justificar el ocultamiento de joyas valoradas en más de un millón de euros. El interesado agradecerá sin duda el apoyo, aunque por el momento está ocupado en los antipáticos avatares de un proceso donde además aparecen sus hijas por medio, pero se equivocará si cree que se trata de un amparo sincero. En realidad, lo que Sánchez está haciendo es construir un cortafuegos alrededor de su persona y del Gobierno.
Si los indicios se vuelven incontestables y las cosas se ponen feas, el jefe del Ejecutivo adoptará su más compungida pose de consternación y sorpresa. Le pedirá la baja de militancia, si ZP no la solicita antes por su cuenta, y comparecerá ante la prensa lamentando la confianza depositada en su antecesor con las manos en la cabeza. Quizá escriba otra carta a la ciudadanía manifestando su profunda conmoción interna. Todavía no ha llegado a esa fase; estamos, igual que con Cerdán, en la denuncia de una persecución de la derecha, por si al final la investigación judicial no pudiera confirmar las actuales apariencias o algún defecto procesal diese al traste con la causa abierta. Compás de espera pero con la guillotina moral dispuesta.
Ya queda poca legislatura; incluso ha admitido de soslayo la posibilidad de un adelanto ‘técnico’ de las elecciones, quizá en marzo. Tiene que soltar lastre a toda costa para llegar a la orilla braceando como un náufrago. Sólo que la moción de censura que le llevó al poder la presentó Ábalos, y que Santos y Zapatero negociaron con Puigdemont la amnistía y el consiguiente pacto parlamentario. Ya es mala suerte que los tres puntales del sanchismo hayan acabado imputados. De los dos primeros ha dicho que lo traicionaron; el último está por ahora en la zona borrosa de la duda razonable pero llegado el caso lo dejará, como al resto, a los pies de los caballos. La prioridad es salvar el mandato. La gente no sabe lo dura que resulta la soledad del liderazgo.