Alejo Vidal-Quadras-Vozpópuli
- El baile de los pactos postelectorales en las Comunidades Autónomas resultan decepcionantes y desesperanzadores para millones de ciudadanos
Ya advirtió Ludwig von Mises que el poder encierra la semilla del mal y es célebre la observación de Edmund Burke sobre su capacidad corruptora. Esta prevención contra los peligros que encierra el poder, en concreto el poder político, debe ser matizada con una precisión avalada por siglos de experiencia colectiva: no es tanto el poder en sí, cuyo ejercicio es indispensable para el buen gobierno de las sociedades humanas, el que desprende necesariamente vapores sulfúreos, sino su situación en la jerarquía de objetivos de aquellos que ejercen funciones de gestión pública. Cuando se convierte en la prioridad absoluta por encima de cualquier norma ética, escrúpulo moral, bien común o interés legítimo, cuando actúa como un veneno que circula por las venas del gobernante nublando su conciencia, su humanidad, su sentido de la decencia o incluso su respeto a sí mismo y ocupa la totalidad de su horizonte vital hasta devenir una obsesión enfermiza que le condiciona en todo momento y ocasión, es entonces que emerge imparable su vis destructora de instituciones, economías, virtudes cívicas y hasta de civilizaciones enteras, enterradas bajo el magma pestífero de su insania.
Este fenómeno arrasador explica, por utilizar ejemplos que nos son cercanos en nuestra actual coyuntura histórica, que un individuo que financia unas elecciones primarias con dinero procedente de la explotación de saunas equívocas y que a continuación las falsea, que firma una tesis doctoral que no sólo no ha escrito, sino que ni siquiera ha leído, que entrega la nación que se ha comprometido a preservar a sus peores enemigos, que niega solemnemente que incurrirá en esta o aquella vileza para desdecirse al día siguiente y perpetrarla, que nombra como ministros a saqueadores impenitentes, que pisotea el orden constitucional de manera reiterada e impúdica, que basa su técnica de movilización electoral en reabrir viejas heridas ya cicatrizadas en el cuerpo social para sembrar la división y el enfrentamiento entre sus conciudadanos, que practica la connivencia con dictaduras sanguinarias de la peor especie, que hace suyas las calumnias que enturbian la historia de su patria humillándola ante sus detestables detractores y que adopta la mentira sistemática como método de trabajo, pueda, en su condición de presidente del Gobierno, cometer todo este cúmulo de tropelías abyectas sin experimentar el menor remordimiento ni detenerse un instante en semejante carrera diabólica que arrastra a su país al descrédito y a la ruina material y espiritual.
Por encima de los intereses parciales
Las consideraciones precedentes han de ser seriamente tenidas en cuenta por los máximos responsables de los partidos llamados en un próximo futuro a configurar una mayoría distinta a la que padecemos actualmente y que se supone se pondrán esforzadamente a la tarea de enderezar el rumbo de una España hoy desnortada, descuadernada y en franco declive. Su obligación, por encima de sus intereses parciales, es allanar cualquier obstáculo que se interponga entre la pesadilla actual y la nueva etapa que se iniciará previsiblemente al término de la presente legislatura. Si no lo hicieran, si sus cálculos egoístas prevalecieran sobre las urgentes necesidades de la sociedad española, si también ellos se dejasen deslumbrar por el brillo engañoso del poder percibido como un fin en sí mismo, caerían en la misma sima hedionda en la que lleva hozando desde la malhadada moción de censura de junio de 2018 el todavía inquilino de La Moncloa.
El baile de pactos postelectorales en Comunidades Autónomas, plagados de incidencias irrelevantes comparadas con la magnitud de la crisis nacional que nos agobia, las pequeñas maniobras exhibidas cotidianamente en los noticiarios y en las portadas, las idas y venidas mareando perdices absurdas, las miradas que descienden al ombligo respectivo en vez de alzarse hacia la transcendente misión histórica que les aguarda, resultan decepcionantes y desesperanzadores para millones de ciudadanos que están impacientes por poder vivir y trabajar en una nación de la que puedan sentirse orgullosos amparados y administrados por políticos honrados, competentes y patriotas que les hagan olvidar las infaustas últimas dos décadas de progresiva degeneración que hemos tenido que soportar impotentes ante tanta traición, tanta corrupción, tanta bajeza y tanta desidia.
No sabemos si España ha tocado fondo, tal es la tendencia hacia el abismo de los que ahora escriben en el BOE, pero en cualquier caso sirva su repulsiva trayectoria para que los que les sucedan sean conscientes de adonde conduce la fijación psicopática por vestir la púrpura y exhibir el cetro. Al fin y al cabo, únicamente almas débiles, mezquinas e inseguras necesitan compensar sus carencias y complejos con el oropel espurio del poder. Los espíritus nobles, limpios y cultivados, lejos de cegarse con sus destellos efímeros, lo entienden como un medio imprescindible, pero transitorio, para alcanzar metas superiores y cumplir con su deber.