Luis Ventoso-El Debate
  • Los musulmanes que han pedido en la capital gallega del cocido que no haya carne de cerdo en los colegios no entienden la tierra que los acoge

Reza el tópico que «el perro es el mejor amigo del hombre». Y ciertamente la fidelidad de los canes resulta extraordinaria. Pero en Galicia ese aserto no es totalmente cierto. En el campo gallego el mejor amigo es el cerdo, el socorrido porco, el cocho totémico, que en las aldeas suponía un kit de supervivencia con patas.

Sabido es que «del cerdo se aprovecha todo». Tras las matanzas –si es que siguen permitidas en la era animalista–, las despensas quedan pertrechadas con chorizos, bistecs, lacones para los grelos, jamón, panceta, chicharrones… El arcón de la felicidad.

Nadie prestó en la aldea ancestral gallega unos servicios equiparables a los del querido porquiño, que evitó infinidad de penalidades alimentarias. Por eso sorprende que en Lalín, pueblo de 20.000 habitantes en el corazón verde de Galicia, donde un 6% de la población es extranjera, los musulmanes estén exigiendo que se retire el cerdo de los comedores escolares, según ha revelado el alcalde de la villa.

La pretensión es muy osada, por no llamarla impertinente, toda vez que Lalín, donde viven unos 300 argelinos, es la capital gallega del cerdo. Desde 1969, organizan allí con mareas de visitantes su afamada Feria del Cocido, gloriosa paparota que es imposible sin la contribución de la carne del quino.

Los gallegos emigramos por medio mundo. Hasta llegó a popularizarse una canción que aseguraba que los primeros astronautas que llegaron a la Luna se toparon allí con uno (de Ferrol, para más señas). Pero lo que jamás hicimos es pretender que las sociedades que nos acogían se viesen forzadas a cambiar sus costumbres para adoptar las nuestras. El mecanismo que funciona bien opera exactamente al revés: es el recién llegado el que se adapta a lo que hay. Así se construyó, por ejemplo, la mayor nación del mundo, Estados Unidos, con un aluvión de gente llegada de todas partes que adoptó el modo de vida americano, los valores de la República y el idioma inglés.

La polémica del cerdo en Lalín es una anécdota, pero no deja de reflejar algo más profundo: en España viven ya 2,4 millones de musulmanes. Muchos ofrecen una aportación muy positiva, pero su llegada ha supuesto también problemas, que se silencian por corrección política. Aunque la izquierda feminista calla, el rol de las mujeres deja mucho que desear en esos círculos. Existen además dificultades de relación, pues muchos magrebíes se aíslan en sus comunidades y apenas mantienen trato social con sus vecinos. Abundan también los casos de picaresca rampante a la hora de explotar nuestras generosas subvenciones. En las peores situaciones, se producen episodios de radicalización violenta, que han llegado a terminar en atroces atentados salafistas.

A continuación voy a escribir una frase prohibida, pero cierta: la adaptación en España de los hispanoamericanos, que vienen del otro lado de un océano, es mucho mejor que la de los marroquíes que están a solo 14 kilómetros cruzando el Estrecho. ¿Por qué? La respuesta sincera también es incorrecta: porque hablan español, por lo cual se comunican al instante sin problemas, y porque son cristianos, lo que crea unos lazos de familiaridad espiritual y cultural innegables. Incluso existe una pequeña ventaja social: a diferencia de los musulmanes, no son abstemios, así que se suman a la socialización en los bares, que no es asunto baladí en la jaranera España.

El pasado noviembre pasó por Madrid el pensador católico francés Rémi Brague, de 77 años, al que tuve ocasión de conocer. El gran sabio resultó un hombre jovial y franco, que cuando le alabamos la claridad de sus obras nos comentó con modestia exagerada que solo se debía «al lápiz rojo de mi mujer».

Brague es autor de un libro llamado Sobre el Islam, publicado por Encuentro, que me atrevo a recomendar, porque es lo mejor que he leído sobre los retos y límites de la relación con el mundo islámico. Es un obra erudita, amable y respetuosa. Pero lo que viene a decir Brague es que entre el cristianismo y la fe mahometana media una diferencia medular: nosotros creemos que nuestras sagradas escrituras son libros inspirados por Dios, pero ellos consideran que el Corán está directamente escrito por Él. Las consecuencias de esa diferencia de base son extraordinarias, pues si algo lo ha escrito Dios se torna indiscutible. Ya no cabe espacio para el debate intelectual. Simplemente se acata, y listo; incluso cuando el paso del tiempo convierte algunas de esas normas en arbitrarios y/o nocivos caprichos medievales, que perduran por la única razón de que no cabe no obedecer. Por eso el catolicismo es la fe de la libertad. El rey de la paradoja, el enorme Chesterton, lo resumía así: «Al entrar en la Iglesia nos quitamos el sombrero, pero no la cabeza». ¿Y al entrar en la mezquita?

Este problema latente irá a más, porque ellos todavía tienen hijos, y nosotros, en nuestro suicidio hedonista, lo estamos dejando. Injertar el islam en unas sociedades de médula cristiana es una tarea complejísima, cuando no imposible. Y como nos advierte Brague con su hablar límpido: «Europa no podrá sobrevivir a largo plazo si olvida su identidad cristiana».

Por eso lo de Lalín es una anécdota… y no lo es. ¡Quién nos iba a decir que comer jamón podía llegar a ser una forma de europeísmo y libertad!