Manuel Marín-Vozpópuli

  • Aragón confirma el desgaste del sanchismo, el hundimiento anímico de la izquierda y la necesidad de que PP y Vox cooperen si quieren el relevo de Sánchez

Las elecciones celebradas en Aragón arrojan tres conclusiones que, por evidentes, no dejan de ser relevantes. Tópicos aparte, como que Aragón sería algo así como el Ohio español capaz de predecir miméticamente los resultados que después se producirían en unas elecciones generales, la primera consecuencia de estos comicios es la de otro plebiscito sobre la figura de Pedro Sánchez, perdido por el PSOE. Pilar Alegría nunca fue una candidata. Era una ministra-peón del sanchismo que no habría hecho carrera política ni alcanzado la mesa del Consejo de Ministros si no hubiese sido por el empecinamiento de Sánchez. Ella le debía el sacrificio de su carrera política, como le debía todo… hasta su frialdad en la traición al fallecido Javier Lambán mediante su humillación pública, incluso cuando ya era elocuente que sus días tocaban a su fin. Es lo que tiene la sumisión química de este sanchismo.

Ahora el PSOE aragonés argumentará que ha salvado los muebles y aunque la pretensión de Sánchez sea simular cierta normalidad forzando a Alegría a mantenerse en un escaño secundario e insípido durante cuatro años, lo cierto es que, como ocurrió en Extremadura, la degradación de la marca socialista parece irreversible. Su mejoría es poco significativa, se han agotado los trucos de magia que Moncloa usaba sin rubor, y en el PSOE continuará un run-run masivo de extenuación entre alcaldes y concejales, temerosos de un ‘efecto arrastre’ en las municipales de 2027. Que nadie reconozca en público que Sánchez es el elemento tóxico y contaminante de la marca electoral no significa que toda la militancia sí lo sepa. Y más aún desde que se abrieron las urnas en Extremadura y ahora en Aragón.

Segunda consecuencia. En una autonomía donde jamás ni un solo partido logró obtener una mayoría absoluta, y en la que la izquierda siempre se presenta muy fragmentada, PP y Vox, Vox y PP, quedan condenados a entenderse por mucha división que los aleje. La presidenta extremeña del PP se vio obligada a adelantar elecciones por su incapacidad para alcanzar un pacto presupuestario con Vox. En Aragón ha ocurrido lo mismo, y las elecciones no han servido para resolver la ecuación. Al revés, el PP ha cometido el craso error de fortalecer a Vox, convertido en un tsunami sin aparente techo. La apuesta no solo no ha servido para afianzar a un PP necesitado de mucha autocrítica, sino que tampoco ha sido útil para desgastar al PSOE. Por tanto, ninguna ganancia.

La sustitución de Gobiernos de izquierda por Ejecutivos de la derecha solo puede pasar por una simbiosis entre PP y Vox basada en criterios de lealtad, sinergias colaborativas, capacidad de cesión y, sobre todo, voluntad sincera de interpretar a sus votantes. Deberán encontrar la extraña fórmula de la Coca Cola que les permita de una vez por todas asumir que solo conjuntamente podrán configurar una alternativa real de Gobierno. Aragón ha sido solo la segunda evidencia de que empieza a ser hora de dejar de enfangarse mutuamente, por interés colectivo de una España que ya ha virado hacia la derecha, e incluso por interés propio de cada partido. Sean cuales sean los rencores mutuos que acumulen, y pese a esa teoría ficticia y prescindible de que representan proyectos políticos antagónicos para la derecha ideológica. Vayan con la farsa a otros, que en Extremadura y Aragón al menos la sobreactuación de dignidades programáticas ya no cuela.

El PP y Vox no habrán entendido nada si no alcanzan a comprender que votar como se está votando no es solo una vendetta ideológica o la clásica elección pendular de la derecha sociológica como rechazo a una izquierda decadente, sino que el electorado exige esencialmente un relevo urgente para salvar un colapso institucional y plantear una gestión eficiente de los recursos públicos. Leyes útiles en definitiva. No va de ideologías, sino de vivienda, de infraestructuras que no se caigan a trozos provocando muertes evitables, va de empleo, de impuestos racionales, de contención de la deuda, de evitar apagones, de no asaltar obscenamente empresas privadas… El mensaje recibido por PP y Vox, antes en Extremadura, ahora en Aragón, y mañana en Castilla y León o en Andalucía, va a ser idéntico. Es hora de deshacer el entuerto de ocho años de caos, bloqueos, mentiras, cesiones al separatismo y decadencia de país. Sea Aragón un Ohio o no, estos resultados tienen una lectura nacional especialmente favorable para Vox, pero interpretable más en clave emergente de una alternativa ideológica y realista frente a Sánchez que en clave de un egocentrismo partidista raquítico.

Tercera consecuencia. La España del voto progresista movilizado y confiado en su fortaleza se ha hundido en un pozo de frustración. El sanchismo ha decepcionado a buena parte de la España izquierdista, y la que sigue votando al PSOE lo hace más por inercia y tradición que por ilusión. Votan por el muro, por que persista el odio ideológico. Pero han perdido ese miedo psicótico que se les ha inoculado desde La Moncloa a la derecha fascista y del “reemplazo”. Ese votante de la izquierda ya no sucumbe fácilmente al relato de que, por mal que gestione su partido, lo válido son esos principios que deben permanecer inalterables por encima de la corrupción, la mentira de un feminismo impostado, las inversiones en ciudadanía que jamás llegan o los relatos falsarios de la realidad microeconómica. Saben que les están crucificando a impuestos, que no hay viviendas sociales, que no ganan derechos y que Sánchez no sonríe en los mítines por euforia sino por teatro. Poco a poco España se va hartando de una izquierda enquistada, sin respuestas, contradictoria, chapucera y pervertidora de la verdad. Y el mensaje empieza a ser nítido.

Por eso Sánchez no arriesga, no disuelve las Cortes ni convoca elecciones generales. Por eso emerge la inquietante teoría de que ni siquiera convocará cuando realmente corresponde, el 23 de julio de 2027, sino en septiembre… Y por eso empiezan a surgir preguntas a las que buscar un sentido: ¿para qué constituir un fondo soberano con la complejidad que ello conlleva, y con dinero de los fondos europeos que deberían ser útiles para reestructurar un país en declive, si este Gobierno lo va a gestionar solo durante unos meses? La respuesta es sencilla. Sánchez hará todo lo posible por no abandonar el poder. Y si para ello el fondo soberano es la coartada perfecta para imitar a Pablo Iglesias y “tomar por asalto el cielo” de multinacionales estratégicas, y así ejercer un control total, entonces Sánchez habrá sentado las bases para interpretar las elecciones generales de otro modo. Del único posible: el que le permita permanecer en La Moncloa a toda costa. Y eso es algo que PP y Vox, enredados en su absurda madeja de desconfianza y odios recíprocos, no alcanzan a percibir. Aragón es la segunda prueba de cargo para que PP y Vox demuestren que son capaces de algo más que subsistir a bofetadas. Porque Sánchez se lo quiere quedar todo y la derecha no hace más que castigarse a sí misma.