Ignacio Camacho-ABC

  • Entre el caso Kitchen y el de Ábalos existe una diferencia sustantiva: la depuración de las responsabilidades políticas

Ha querido el azar, o más bien los extraños tiempos de la Justicia –lenta en un caso, rápida en otro–, que en la misma semana coincidan los juicios por la operación Kitchen y el caso Mascarillas. El primero, un asunto ya semiolvidado de espionaje (presunto y tal) del PP a su extesorero Bárcenas, con la colaboración de la Policía, y el segundo una trama (también presunta, etc.) de cohechos en torno a Ábalos y su red de comisionistas. PP y PSOE se felicitan de que la sincronía les pueda permitir una especie de empate de conductas delictivas que les ayude a diluir sus culpas políticas. Habrá duelo mediático y de relatos, y tiene pinta de que lo ganará el sanchismo porque el poder le otorga amplia hegemonía propagandística, pero el cruce de reproches que se viene encima tendrá para ambos partidos efectos suicidas; sus únicos beneficiarios van a ser los vendedores de crecepelo populista, reforzados en su discurso sobre la necrosis del bipartidismo y la necesidad de una drástica alternativa.

Ambos sumarios están trufados de suciedad, pero existe una diferencia crucial en la asunción de las respectivas responsabilidades. Las institucionales, no las penales. Las del marianismo están depuradas hace ocho años; lo hizo el propio Sánchez en una moción de censura sarcásticamente apoyada por los testaferros del terrorismo etarra y los golpistas catalanes, cuyos dirigentes estaban por aquel entonces en la cárcel. Pero a todos los efectos, al margen del curso de los procesos que competan a los tribunales, los pecados políticos y morales de un Gobierno quedan purgados cuando cae. En ese sentido Rajoy y sus colaboradores son ahora unos señores particulares y de su época no queda en la actual nomenclatura popular prácticamente nadie. En cambio, las actividades bajo sospecha del Ejecutivo en ejercicio están pendientes de catarsis. Y sin dimisiones ni ceses –salvo el de Ábalos, sin explicaciones oficiales–, todo el cinturón de confianza del presidente vive en una impunidad a punto de acabarse.

La corrupción, de la que el exministro de Transportes se ha convertido en símbolo, atraviesa todo este mandato. Afecta a los familiares del líder, a su círculo de pretorianos, a directivos de empresas públicas y a una pléyade de altos cargos repartidos en ministerios varios. No son acontecimientos episódicos; se trata del hecho fundacional de un proyecto de toma del Estado, que empezó por cierto con una intentona de pucherazo contra sus propios correligionarios. Los puestos de influencia repartidos para instaurar un sistema clientelar, los recursos públicos saqueados para apropiárselos. No son los primeros en hacerlo, ni serán los últimos, pero les toca empezar a dar cuentas de ese asalto. Y sí, claro que en la etapa de Rajoy existió financiación irregular y varias organizaciones delincuenciales que depredaron a fondo el dinero de los ciudadanos. Por eso están unos fuera del poder y otros condenados. Que pasen los siguientes a pagar su factura; esta semana vence el primer plazo.