Ignacio Camacho-ABC
- De un dirigente que trató de estafar dos veces a sus compañeros resulta ingenuo esperar respeto a las reglas del juego
En ‘El asesinato como una de las bellas artes’ sostenía Thomas de Quincey que un hombre que se permite un crimen deja luego de darle importancia a robar, después pasa a la bebida y termina faltando al precepto dominical y procrastinando las obligaciones cotidianas. Con su subversiva ironía británica apuntaba así que todo proceso de degradación moral empieza por restarle trascendencia a una infamia, momento a partir del que cualquier quebrantamiento del orden legal o ético puede quedar justificado en una función utilitaria. Por olvidar esa máxima, los socialistas españoles consintieron que Pedro Sánchez conservara su militancia tras intentar un pucherazo en el comité federal que acabó apeándolo del liderazgo por las bravas. Craso error. Su siguiente paso, como hoy sabemos por los ‘whatsapps’ de Koldo, consistió en repetir la jugada en las primarias donde consumó su revancha. Todo lo que ha pasado desde entonces es fruto de la indulgencia con aquella trampa.
Quizá sus camaradas del partido rehusaron expulsarlo por mala conciencia, por remordimiento de la decisión de abstenerse en la investidura de Rajoy y posibilitar así un nuevo Gobierno del centro-derecha en vez de acceder a la alianza Frankenstein que Pedro tenía ya en la cabeza. Le perdonaron la vida política y no tardaron en sufrir las consecuencias; la nomenclatura de la organización fue arrasada, como Rubalcaba había previsto con lucidez profética, y sustituida por el clan del Peugeot, la ‘banda’ de asalto al poder definida por Albert Rivera en su único momento de clarividencia. El llamado sanchismo y su derivada de corrupción no son más que la destilación de un instinto de desclasamiento canalizado a través de una peripecia aventurera que las jerarquías del PSOE, acostumbradas a la inercia de la hegemonía interna, no supieron ver a tiempo debido a una mezcla de candor y torpeza. Ahora lo lamentan; ocho años han tardado en darse cuenta.
Un viejo refrán reza que quien hace un cesto hace ciento, y donde dice un cesto puede decir también un puchero. El sistema electoral, incluido el voto por correo, dispone de garantías a prueba de manipulación, pero eso no significa que nadie esté exento de la tentación de corromperlo. Lo que merece confianza son las salvaguardas del procedimiento, no la honestidad de quien ya ha demostrado suficiente falta de escrúpulos en su recorrido previo. Un ventajista por naturaleza siempre vuelve por sus fueros, y tiene muchas maneras de adulterar el modelo sin necesidad de recurrir al fraude directo. Una de ellas, por ejemplo, y ya está en marcha, la de inflar el censo con nacionalizaciones masivas de descendientes de republicanos en el destierro, creando una nueva circunscripción de facto en el extranjero. Lo que resultaría ingenuo es esperar respeto a las reglas del juego por parte de un dirigente que trató de estafar dos veces a sus compañeros.