Pablo Martínez Zarracina-El Correo
- Lamine Yamal define como «ignorantes y racistas» a quienes se burlan de los demás por su religión
La selección jugó contra Egipto en Cornellà y la grada, una parte de la grada, la parte más grotesca de la grada, coreó «Musulmán el que no bote». También silbaron el himno de Egipto. E insultaron al presidente del Gobierno. El lado bueno es que esta vez nadie se metió con Vinicius. Al darse los cánticos xenófobos en un partido internacional, el primer periodismo que se ocupó del asunto fue el deportivo. Lo hizo a un volumen moral insostenible y detectando al instante las dos claves del suceso: Lamine Yamal es musulmán y todavía no se sabe si la final del Mundial de 2030 se jugará en Madrid o en Rabat. Sobre el segundo asunto, imagino que la FIFA tendrá que decidir ahora entre los silbidos del Santiago Bernabéu y los recogepelotas adiestrados por los ‘hassassins’ del Moulay Abdellah. No parece nada que no se pueda resolver con un soborno.
Ayer Lamine Yamal confirmó que él es musulmán gracias a Alá y que sabe que el cántico no iba por él sino por los pobres egipcios. Pero aun así el jugador definió lo ocurrido como «una falta de respeto intolerable» y como «personas ignorantes y racistas» a quienes se burlan del prójimo por su religión. No tiene diecinueve años y ya tiene más razón que un santo. Al menos esta vez. Para cuando habló Yamal, ya estaba el periodismo político a cargo del asunto. Un escuadrón de ministros había condenado lo ocurrido aludiendo al auge del fascismo y a «la derecha racista y xenófoba». También al «ecosistema mediático». Sí, ese fue Óscar Puente. Pese a darse la xenofobia en Barcelona, Salvador Illa se limitó a retuitear a su consejero de Deportes, que lamentó que el fútbol se esté convirtiendo en un escaparate para los grupos de extrema derecha. Como se sabe, antes de este preocupante momento histórico los fondos de los campos estaban ocupados principalmente por poetas metafísicos. La polémica se intuye de escaso recorrido porque, exceptuando a los peores ultras y a los nuevos incendiarios, yo imagino que la mayoría del país está bastante de acuerdo en que los gritos de Cornellà son repugnantes. A partir de ahí, el universal kantiano todavía nos sale solo: es intolerable que se insulte a la gente aludiendo a su condición etnocultural y hay que exigir respeto por los himnos y las autoridades, ya sean estas propias, ajenas o ambas cosas a la vez.
Candidato ‘slim fit’
Faltan diez días para las presidenciales en Hungría y Orbán está en apuros. Los sondeos le dan casi veinte puntos de ventaja al principal partido de la oposición. Dieciséis años después, el oficialismo se ve acorralado por los escándalos y el funcionamiento de los servicios públicos. Frente a Orbán, se agiganta el opositor Péter Magyar, que también es conservador y patriota, pero no está a la derecha de Atila, rechaza el populismo y denuncia la corrupción alegando conocimiento de causa: hace dos años él formaba parte del Gobierno de Orbán. Su figura gusta en la UE, para la que el cambio en Hungría sería un enorme alivio. Así que Orbán lo fía todo al miedo y al enemigo exterior, situando a su rival «al servicio de Bruselas y de Kiev». Lo hace cuando se confirma que él tiene un ministro de Exteriores al servicio de Moscú. Y a la espera de que, justo antes de las elecciones, vaya J.D. Vance a verle a Budapest. Lo que no quita para que, visto desde fuera, el aspirante sí parezca un poco fabricado en Bruselas. Luce juvenil, viste vaqueros y zapatillas, habla inglés… Y se apellida Magyar, lo que es muy consecuente si aspiras a gobernar a los húngaros. Aunque en redes le apodan ‘Jesús Slim Fit’. Un poco por lo redentor y otro poco por lo ajustada que lleva la ropa.