Pablo Martínez Zarracina-El Correo

  • Pedro Sánchez señala a «los marrulleros» y «sus maniobras»

Pedro Sánchez dio ayer el mitin de cada finde, esta vez en el Congreso de las Juventudes Socialistas. Del temilla de la corrupción no dijo nada, pero la edad del auditorio pareció hacerle recurrir a Buzz Lightyear: «¡Los marrulleros con sus maniobras y nosotros a gobernar hasta 2027 y más allá!». Entre los marrulleros, José María Aznar, autor de la frase que está, al parecer, detrás de todo lo que sucede últimamente: «El que pueda hacer, que haga». Ayer el presidente glosó la sentencia: «un do de pecho desafinado de un personaje que siempre se ha sobrestimado». Entender lo que ocurre atendiendo a los líderes del PSOE tampoco es fácil. ¿Estamos ante un golpe de Estado o ante una marrullería? El dato nuevo y fascinante es que los cerebros de una oscura conspiración hayan encontrado entre nosotros una manera realmente sigilosa y taimada de dar instrucciones: pegando dos de pecho.

Aznar dijo su frase imperativa en noviembre de 2023. Lo hizo entre apelaciones al orden constitucional mientras Santos Cerdán negociaba la amnistía en Bruselas. Después él mismo ha relacionado la frase con «el patriotismo útil del que hablaba Simone Weil». La diferencia en términos de patriotismo entre Aznar, José María, y Weil, Simone, es tan profunda, tan radical, tan estratosférica, que yo pensé que el expresidente se refería en realidad a Simeone, el ‘Cholo’. Lo curioso es que en el PSOE también hablan a veces de patriotismo útil, ya sea para contraponerlo al patriotismo «de pulserita» o para justificar el diálogo con los independentistas. Todavía hay en España una alternativa inesperada al Gobierno de PP y Vox: la ‘grossekoalition’ en torno a Simone Weil.

Desde que los rivales le otorgan a su frase poderes mágicos, destituyentes, Aznar la repite, no se sabe si por recochineo o arrogancia, como si aspirase a ser el niño en el bautizo y Fu Manchú en la conspiración. Lo que sorprende es lo poco que la frase se diferencia de lo que cualquier candidato grita en las campañas electorales para decretar la llegada del momento decisivo y alentar entre los suyos el compromiso, el proselitismo y la movilización. «Que nadie diga pude haber hecho», enfatizó hace solo unos días María Jesús Montero en un mitin en Cádiz. Después intervino José Luis Rodríguez Zapatero, que terminó el acto haciendo lo que pudo. Faltaba poco para que un auto judicial nos revelase todo lo que el expresidente pudo terminar haciendo. Otra forma de verlo: con frecuencia, es mejor que el que pueda hacer no haga. Que ni lo intente.

Cenar en Saint-Tropez

La despreocupación aritmética en el supermercado preludia el susto inflacionario. El ciudadano se hace una idea del precio total de lo que lleva en el carro mientras recorre los lineales y selecciona los productos habituales. Esa idea se forma con dos conceptos simples: lo que suele salirle a uno la compra cotidiana y lo que aumenta esa cuenta si hay que aprovisionarse de algo más caro. Cuando la percepción íntima se queda asombrosa, notable, dolorosamente por debajo del precio que indica el sumatorio inclemente de la caja, el ciudadano experimenta la incomprensión inflacionaria. Se concreta en una pregunta: «¿Pero qué he comprado yo, si apenas llevo nada?». La cesta de la compra se ha incrementado en España un 42% desde 2019. La comunidad líder en la subida de precios es el País Vasco con un 46%.

Mientras tanto, en el mismo periodo los salarios han subido aproximadamente la mitad. La situación es más perjudicial para las rentas bajas. Entre los productos que más han subido, los huevos, la carne, la fruta, el aceite y las legumbres. La dieta mediterránea es hoy mediterránea porque todo se paga en Saint-Tropez. La situación comenzó a complicarse en la pandemia y se descontroló con la invasión de Ucrania. Tampoco ayudaron el gran apagón, el gas, Lukashenko o el megabuque aquel que se atoró en el canal de Suez. Ahora es por el estrecho de Ormuz por donde no pasan los barcos. Así que las perspectivas son inmejorables. También porque los precios de los alimentos ignoran alevosamente la ley de la gravedad, mostrando mucha más facilidad para elevarse que para caer.