El despliegue técnico y humano presenciado este domingo en el puerto de Granadilla de Abona permite finalmente comprender por qué el Gobierno de Pedro Sánchez optó por atraer el MV Hondius a aguas españolas en lugar de facilitar que la evacuación se resolviera en Cabo Verde.
El desembarco del pasaje y los tripulantes en Tenerife no ha consistido en una mera operación de auxilio guiada por una estricta necesidad médica, sino en dotarse de un escenario propicio para una calculada exhibición de autoridad estatal.
La puesta en escena en Tenerife ha sido milimétrica.
Agentes de la Guardia Civil y efectivos de la Unidad Militar de Emergencias, ataviados con monos de protección integral y máscaras antigás, han compuesto una iconografía de emergencia sanitaria que evocaba los momentos más crudos de la pandemia de 2020.
El puerto de Granadilla ha funcionado como un plató de televisión blindado.
Y cada movimiento, desde el traslado a las ambulancias hasta el despegue del avión militar hacia la base de Torrejón, ha sido retransmitido en directo y coreografiado para proyectar una imagen de control absoluto del Estado sobre el patógeno.
El impacto visual ha pesado más, por tanto, que la lógica sanitaria y la celeridad en la resolución de la emergencia.
Porque, a día de hoy, sigue sin haber razones de peso que expliquen por qué no se pudo organizar un dispositivo de evacuación análogo en Praia, cuando el buque se encontraba fondeado frente a sus costas.
La diferencia fundamental entre ambas opciones son los tres días de navegación adicional que el Gobierno ha impuesto al buque.
Un retraso que no solo ha postergado el tratamiento hospitalario de los afectados (los catorce españoles podrían haber ingresado en el Hospital Gómez Ulla desde el pasado viernes), sino que ha multiplicado el riesgo de nuevos contagios en el espacio confinado del crucero, como demuestra la confirmación de que un pasajero francés ha desarrollado síntomas de hantavirus poco después de ser repatriado.
El Ejecutivo se ha escudado en una recomendación de la OMS, que consideraba que el puerto de Tenerife ofrecía mejores garantías que el de Praia.
Pero este argumento técnico omite la realidad de las negociaciones: tanto Cabo Verde como Marruecos se negaron a gestionar la repatriación para evitar complicaciones en su suelo.
Al fin y al cabo, España no ha aportado en esta crisis ninguna infraestructura singular que no hubiera podido operar también en un puerto extranjero. Todo indica que, más que una petición directa de la OMS, ha sido el Gobierno de España el que se ha postulado para que la OMS le solicitara formalmente acoger el barco.
Al Gobierno le ha interesado traerse el Hondius porque le permite alimentar el relato del «orgullo de país» y proyectar una imagen de solvencia administrativa.
Y la performance le ha convenido especialmente a los tres ministros que han capitalizado la cuota de pantalla durante la gestión de la crisis, incluyendo su presencia este domingo en el muelle de Tenerife supervisando la evacuación.
Mónica García ha encontrado en el hantavirus la oportunidad de lavar una imagen deteriorada por la huelga de facultativos y el conflicto abierto con los sindicatos médicos, y así poder relanzar su liderazgo político con miras al juego de sillas que ya se ha abierto en el espacio de Más Madrid.
En el caso de Fernando Grande-Marlaska, el ministro peor valorado del gabinete, la emergencia sanitaria puede distraer de la exigencia de responsabilidades que se le ha vuelto a dirigir tras el fallecimiento de dos nuevos guardias civiles en la lucha contra el narco este viernes en Huelva, y de la indignidad de su ausencia en el funeral de los agentes celebrado el sábado.
Finalmente, a Ángel Víctor Torres, señalado por Víctor deAldama como beneficiario de la trama de las mascarillas y amigo de Koldo, el comité de crisis le sirve para cambiar el foco y ganar protagonismo de cara a una eventual disputa en las urnas con Fernando Clavijo por la recuperación de la presidencia de Canarias.
Este «reality» sanitario encaja en el patrón de la política como espectáculo que Sánchez viene aplicando a fin de desviar la atención de su debilidad parlamentaria y los casos de corrupción que cercan a su entorno.
El episodio del Hondius se suma a otras maniobras de distracción recientes, como su acentuado enfrentamiento con Donald Trump y los «tecnoligarcas», su gira por China o las cumbres con líderes progresistas, diseñadas para rehabilitar globalmente su figura en plena campaña electoral andaluza.
El hantavirus ofrece un material idóneo para esta estrategia. La potencia de las imágenes de cuarentena y confinamiento, que activan la memoria colectiva de la pandemia, llenan minutos de tertulia y telediario y capturan la conversación nacional y la agenda política.
Tras la parafernalia desplegada este domingo, queda claro por qué el Gobierno se empeñó innecesariamente en llevar el buque a nuestras costas: Sánchez también ha querido hacer de la salud pública un espectáculo.
Porque para un presidente cercado por los escándalos, este buque infectado ha terminado ejerciendo de bote salvavidas.