- Al criticar el uso del término «rearme» por la Comisión, Sánchez hace gala una vez más del buenismo pueril que justamente ha llevado a Europa a la peligrosa situación actual.
Una vez más asistimos en nuestro país a un episodio en el que declaraciones efectuadas por nuestros gobernantes generan una fuerte polémica. Pero a diferencia de otras ocasiones, esta polémica ha trascendido a nuestras fronteras. Y podría traer consecuencias negativas ya no para el protagonista de la misma, sino para el conjunto de los españoles.
El protagonista ha sido el propio presidente del Gobierno, y las declaraciones fueron realizadas en Bruselas y criticando nada menos que el lenguaje utilizado por la Comisión Europea con su presidenta a la cabeza, Ursula Von der Leyen.
Sánchez ha afirmado que no le gusta el lenguaje con el que la Comisión y muchos otros colegas europeos se dirigen a sus ciudadanos a la hora de advertir la grave amenaza para la seguridad a la que colectivamente, en mayor o menor medida, se enfrentan las democracias liberales europeas.
El término «rearme», utilizado profusamente por la Comisión, no es del gusto del presidente español, que prefiere otros términos menos belicistas o alarmantes. Haciendo gala una vez más del mismo tipo de buenismo infantil que ha llevado a Europa precisamente a la grave y peligrosa situación de seguridad actual.
Sánchez parece olvidar que tras la caída del Muro de Berlín en 1989, y de la URSS en 1991, enemiga declarada de las democracias occidentales, las élites políticas y económicas de Europa Occidental abrazaron entusiasmadas una nueva era de paz.
Unos lo hicieron por convencimiento, y otros por el interés de poder disfrutar de los denominados «dividendos de la paz». Es decir, la liberación de ingentes montantes presupuestarios antes dedicados a la seguridad de todos, ante la existencia de un enemigo existencial, y ahora disponibles para ser usados en otras tareas y funciones más agradables de vender a los votantes.
Los usos que se le dieron durante décadas a estos fondos ayudaron a ganar elecciones, y a forjar importantes fortunas en quienes fueron lo suficientemente hábiles para aprovecharlos. También sirvieron para financiar un acercamiento comercial al anterior enemigo, donde las élites oligarcas rusas también se veían beneficiadas por los pingües beneficios que llegaban de los otrora acérrimos enemigos occidentales.
Esta actitud europea para con sus antes enemigos supuso también abandonar prácticamente las cuestiones de defensa en nuestros países.
Por un lado, se disponía del paraguas nuclear estadounidense para ejercer una disuasión ante una Rusia que, aunque seguía manteniendo su potencial atómico, ahora se consideraba amiga.
Por otro, se invertía sólo lo suficiente para que las industrias de defensa nacionales pudiesen mantenerse vivas con la aprobación de unos mínimos contratos nacionales y de exportación. Y así no tener que explicar al electorado la pérdida de miles de empleos bien remunerados, algo que sería muy castigado en las siguientes elecciones.
Como consecuencia de este nulo interés en las cuestiones de defensa por parte de la clase política en Europa, la capacidad de combatir y disuadir de los ejércitos del Viejo Continente cayó a los niveles más bajos de su historia reciente.
Tal ha sido la degradación, que altos militares occidentales han llegado a firmar recientemente que las fuerzas armadas europeas tan sólo sirven para desfilar y no para combatir en guerras de alta intensidad.
Las informaciones, no desmentidas oficialmente, de que los ejércitos europeos disponen de munición para combatir en un conflicto como el de Ucrania sólo durante tres días (y eso en el mejor de los casos) nos dan una idea de la situación real de nuestros ejércitos.
«Altos militares occidentales han llegado a afirmar recientemente que las fuerzas armadas europeas tan sólo sirven para desfilar y no para combatir»
Pero además de la capacidad de disuadir y combatir de nuestras fuerzas armadas, razón de ser de las mismas, la falta de inversión llevó a la industria a unos niveles ínfimos de capacidad de producción. Situación que resulta no sólo complejo y caro revertir, sino que, además, por mucho dinero que se ponga ahora sobre la mesa, no se puede improvisar.
Alistar factorías con su maquinaria y personal especializado implica años. Y especialmente ahora que tenemos que competir con todos los demás países que están tratando de recuperar su capacidad de producción, y luchan por los escasos recursos disponibles. Algo así ya lo vivimos en plena pandemia, y vimos los resultados.
Este proceso europeo de total abandono de su capacidad de defensa tuvo la oportunidad de revertirse con el cambio de actitud de Moscú.
Desde el 2008, con la invasión rusa de Georgia, apoyada entonces militarmente por Ucrania, y el ridículo político y estratégico europeo, muchos analistas advertimos que Moscú había tomado nota de nuestras debilidades. Y que habría decidido probar nuestra capacidad de cohesión y de actuación común.
El Kremlin concluyó entonces que Europa no era más que una potencia de poder blando y fragmentado. Y que a poco que se la forzase, los dirigentes de los 27 no serían capaces de ponerse de acuerdo en afrontar unidos una amenaza seria.
Tampoco reaccionaron los dirigentes europeos con la ilegal anexión rusa de la Península de Crimea y el apoyo militar a los prorrusos independentistas ucranianos del Donbás en 2014. Lo que en el Kremlin no hizo sino corroborar lo acertado de su análisis anterior.
Inmersos en una especie de ensoñación buenista que ha dirigido la política europea durante las últimas décadas, la clase política europea seguía creyendo a un Vladimir Putin que se esforzaba en comunicarnos en sus discursos y declaraciones sus intenciones reales. Intenciones que no cuadraban con las agendas de los buenistas.
Visto todo esto, y sin el más mínimo temor a equivocarnos, podemos afirmar categóricamente que Europa sufrió un gran proceso de desarme en las últimas décadas, tanto de la capacidad de sus ejércitos para combatir como de sus industrial militares para producir.
«Lo único que logra Sánchez es darle la razón a Moscú en su idea de que somos naciones débiles y que el poder europeo está totalmente fragmentado»
Ahora, le han visto las orejas al lobo con la decisión de la Administración Trump de forzarnos a que nos encarguemos de nuestra propia defensa. Justo en el momento más peligroso de las relaciones europeas con Rusia, y con un Kremlin muy agresivo y sin duda dispuesto a probar nuestro nivel de cohesión y nuestras erosionadas capacidades defensivas.
Por eso, la Unión Europea, de la mano de la Comisión, habla de la imperiosa necesidad de rearmarse ante la amenaza más grave que afrontamos desde la Caída del Muro de Berlín y el fin de la Guerra Fría.
Y mientras, el presidente español critica el término rearme. Y afirma que es mejor hablar de seguridad, de tecnologías de doble uso, vigilancia de fronteras, ciberseguridad o amenazas híbridas, y no de armamento.
Tanto si Sánchez pretende edulcorar el mensaje de cara a no soliviantar a los partidos que apoyan al Ejecutivo y a sus votantes, como si realmente cree lo que promulga y ahonda en su estrategia de evitar hablar de rearme, lo único que logra es darle la razón a Moscú en su idea de que somos naciones débiles y que el poder europeo está totalmente fragmentado.
Es decir, el presidente alimenta las tesis defendidas por el Kremlin y se aleja de la imagen de unidad y fortaleza ahora imprescindibles para forjar una disuasión efectiva ante el posible agresor, Rusia. Simple y llanamente, estas declaraciones ayudan a debilitar a la Unión Europea y a España.
Si a ello le sumamos el anuncio de su visita a China, y su afirmación de que se debe ahondar en las relaciones con Pekín, el panorama de la aportación española hoy a la seguridad europea no puede ser más desalentador.
Parece que no hemos aprendido absolutamente nada. No importa ya tanto si el término seguridad y no el de defensa o rearme pueda ser más o menos acertado. Lo más importante ahora es mostrar cohesión y voluntad política de disuadir a un enemigo en la frontera dispuesto a atacarnos. Disuasión que se ejerce disponiendo de los medios militares adecuados y de la voluntad política de usarlos.
«Si no somos capaces de asegurarnos la capacidad de decidir nuestro futuro, otros lo harán por nosotros. Y lo harán a su conveniencia»
El presidente español ha lanzado el mensaje contrario.
Además, Sánchez demuestra claramente que no está de acuerdo con la extendida tesis de que China, Rusia y otros tradicionales enemigos y competidores estratégicos de las democracias occidentales han decidido cambiar las reglas del juego geopolítico. Y que el paso dado por Moscú hace tres años con la invasión de Ucrania no es más que una parte de ese asalto a unas estructuras de poder controladas desde el fin de la Guerra Fría mayoritariamente por Washington y otras potencias occidentales como la propia Unión Europea.
Y aunque en este enfrentamiento geopolítico en el que estamos inmersos no podamos contar como aliado con un hoy poco fiable Washington, eso no significa en absoluto que debamos arrojarnos estratégicamente en los brazos de Pekín.
La solución pasa más bien por hacer piña con el resto de socios y aliados europeos para forjar de una vez una Unión Europea fuerte y unida. Ya no sólo económicamente, como ha ocurrido hasta ahora, sino también militarmente, para hacerse respetar en este convulso momento de la historia donde se vuelven a mover fronteras mediante el uso de la fuerza militar.
El hecho de conseguir que potencias como Gran Bretaña y Canadá se sientan atraídas nuevamente por el proyecto común europeo es además una oportunidad histórica de lograr dichos objetivos. Y una señal inequívoca de que nos encontramos en el bando adecuado en este crucial momento de la historia.
En nuestras manos está. Pero actitudes y declaraciones como las de nuestro presidente en las últimas fechas no hacen sino alimentar las tesis de nuestros competidores y posibles enemigos, debilitando a España. Y por ende a toda la Unión Europea.
Europa y la nueva alianza que se está forjando deben rearmarse de inmediato para hacerse respetar por cualquier otro actor estratégico actual relevante, sea este Rusia, China o los Estados Unidos.