Francisco Rosell-El Debate
  • Como el trío de los Rodríguez nota que la razón de su ascenso puede ser el de su caída, tratan de salvaguardar la caja negra del chavismo averiando la caja de cambio de régimen a la democracia fingiendo todo lo que pueden

No hay torpeza más adulada que la estupidez a la que el gran alemán Jean Paul Richter dedicó un sublime elogio al abundar las cabezas vacías en un mundo dominado por idiotas refractarios a la sapiencia. Ello favorece a quienes nutren sus simplezas para sacar tajada hasta envejecer en cargos que escasamente merecieron y a los que se aferran, destilando odio a adversarios catalogados como enemigos. A este fin, coadyuvan los turiferarios a los que compran con prebendas o sueldos para que los observen como a los escarabajos: ensimismados en sus patas resplandecientes y desentendidos de su sucia morada. Al fin y al cabo, según Richter, el oro del príncipe hace pesada como el plomo la lengua de la sabiduría.

Valga este introito para desenmascarar la campaña de blanqueamiento y redención del chavismo tras la captura del dictador Maduro por Trump y su sucesión por su vicepresidenta Delcy Rodríguez, acusada de lesa humanidad, por Pedro Sánchez y sus socios comunistas que han parasitado la petrotiranía venezolana. Más cuando su derrumbamiento podría destapar la caja negra de la financiación de la izquierda española, incluidos sus lucros y medros personales. Primero con el podemismo, luego con el zapaterismo, además de los bilduetarras, hasta arrastrar al sanchismo hace un quinquenio con el viento de cola del rescate de la compañía hispanovenezolana de un solo avión «Plus Ultra» y la llegada clandestina a España de la hoy presidenta encargada de la autocracia. A partir de esa operación de altos fondos y bajos vuelos, Sánchez rompió amarras con la oposición democrática para auparse –Zapatero mediante– presidente de la Internacional Socialista con el petróleo de Caracas.

En su común afán de aguantar ganando tiempo para ver si Trump se distrae de objetivo o lo frena el Senado a la espera de noviembre en los comicios de «medio mandato» para renovar Congreso y Senado, el chavismo y el sanchismo se retroalimentan y tiran de una añeja argucia del castrismo: soltar algunos disidentes para aparentar reformas y redoblar bajo cuerda la represión en un juego de cartas marcadas desde su estampación. Es tan burdo el gatuperio que la diarquía nicaragüense de Daniel Ortega y su cónyuge Rosario Murillo ha anunciado en paralelo la excarcelación de «decenas de personas», sin concretar tampoco número, «en resguardo de las autoridades».

En Venezuela, los «roborrevolucionarios» han perpetrado la mayor devastación en un país sin guerra y ello puede ser el porvenir español con los socios de aquella satrapía blanqueándola desde La Moncloa

El eufemismo de los tiranosaurios nicaragüenses se emparenta con el de ‘Noverdad’ Sánchez, refiriéndose a los presos políticos del chavismo como «retenidos». Una mendacidad que, por desgracia, Felipe VI ha hecho suya como si el jefe del Estado fuera un funcionario de segundo rango del Ministerio de Exteriores. En esta mascarada de Caracas y Madrid, se le otorga un protagonismo exagerado a Zapatero para lavar su complot y negocios con la narcodictadura desde que ocupaba La Moncloa hasta que la desalojó en 2011 por el crack de 2008,

Si dijo adiós con una de esas frases que engrosan su lapidario de «bobo solemne» (Rajoy dixit) aspirando a ser «supervisor de nubes acostado en unas hamacas y mirando al cielo», mientras ya trajinaba con el chavismo desde una década atrás, el comisionado/comisionista Zapatero se ha revelado un contador de «soles» –unidad de robo del bolivarismo que pringa menos que las «chistorras» de Ábalos, Cerdán y Koldo García– como integrante de la banda, no precisamente musical, de «Los Rodríguez», aunque ese fuera el título del grupo rockero de Andrés Calamaro en los 90.

Junto a los dos siniestros hermanos Rodríguez, quienes aúnan el Poder Ejecutivo y el Legislativo, simbióticos en su proceder, como ilustra que un hermano tomara juramento a la otra, Zapatero ha tocado hasta lo que no debía configurando ese trío del «bueno» José Luis, la «fea» Delcy y el «malo» Jorge, mientras se relega a Diosdado Cabello al aparecer en el auto de procesamiento de Maduro.

No obstante, el exjefe de la Inteligencia venezolana, ‘El Pollo’ Carvajal, ha dejado a los hermanos Rodríguez al albur de la Justicia norteamericana al descorrer la cortina de sus lazos con el tráfico de drogas, petróleo y oro, sus cuentas en Suiza y sus testaferros. Para más inri, la apertura de la Audiencia Nacional de diligencias para investigar la involucración de Zapatero con el clan mafioso ha enarcado la ceja de este, tras la querella de «Manos limpias», acusación particular que ya ha sentado en el banquillo a la mujer y al hermano de Sánchez. Ni que decir tiene que ninguno de estos Rodríguez es bueno como las hijas de Elena del romance anónimo y que, según la leyenda, llegaron al reino nazarí de Granada bajo promesa de casa gratuita y pensión vitalicia a los cristianos que se instalarán en la ciudad. Al obtener una casucha en el Albaicín sin renta alguna, el chamizo mutó en burdel.

Como el trío de los Rodríguez nota que la razón de su ascenso puede ser el de su caída, tratan de salvaguardar la caja negra del chavismo averiando la caja de cambio de régimen a la democracia fingiendo todo lo que pueden. Como el mismo Sánchez, que ha hecho carrera de «vivir en banda». Primero en la del Peugeot para asaltar el PSOE, luego la que denunció Albert Rivera en la investidura de julio de 2019 para repartirse sillas con Podemos y hacer concesiones a los golpistas a fin de perpetuarse en el poder, y finalmente la de los Rodríguez coincidiendo con el viaje clandestino de Delcy Rodríguez a Madrid con Zapatero de engarce con la narcodictadura.

Ante la imposibilidad de refutar estos hechos, la respuesta es el insulto y la descalificación, así como esparcir tinta de calamar para expandir la oscuridad con su líquido negro y escapar de sus responsabilidades. Es lo que hace el equipo de propaganda de la Moncloa de la mañana a la noche, además de presentar a un colaboracionista como Zapatero como artífice de la liberación de un ramillete de prisioneros políticos de la narcodictadura a los que se les cierra la boca para no poner en solfa al tardomadurismo.

Tras el apresamiento del tirano venezolano, a sus legatarios no les queda otra que hacer como si aceptaran la transición, pero operan para amañarla y preservar un chavismo sin Maduro blanqueando ese «Cártel de los Soles» con el que se etiqueta su corrupción estatal. Entre tanto, Sánchez finge equidistancia ente la dictadura y la oposición democrática que, como se ejemplificó con la encerrona al ganador de las elecciones de 2024, Edmundo González, en la embajada española, no es tal, sino apuntalamiento del chavismo y apuñalamiento de los demócratas en una batalla que no es de Derecho Internacional, sino de Derechos Humanos.

En Venezuela, los «roborrevolucionarios» han perpetrado la mayor devastación en un país sin guerra y ello puede ser el porvenir español con los socios de aquella satrapía blanqueándola desde La Moncloa y desde el hemiciclo de las Cortes. A estos efectos, son como los cocodrilos que imitan la voz humana para quejarse antes de clavar sus dentelladas a las personas.

Por eso, deben ser aplaudidas las buenas nuevas dominicales de Abascal de gobernar con el PP en Extremadura sin hacerse la guerra entre sí. Una iniciativa tan loable como la negativa de Feijóo a secundar la coartada de «Mambrú» Sánchez para instrumentalizar al Ejército para sus maniobras orquestales hipotecando la seguridad nacional, así como promover la reforma la figura del suplicatorio para que no sea burladero de impunidad ante una corrupción que acecha al sanchismo como a ese chavismo que pugna por mantener más vivo que al mismísimo Franco.