Luis Algorri-Vozpópuli

  • Ni mafias ni gaitas, lo que ha pasado en Ceuta es responsabilidad única de Mohamed VI

Hace ya muchos años, en el siglo pasado, tuve la oportunidad de pasar un largo tiempo en Marruecos. Mi director de entonces, Pepe Oneto, me encargó que fuese allí para investigar las mafias de las pateras. Lo hice. Contacté con ellos gracias a amigos españoles muy aficionados al dinero. Viví en varios sitios, pero durante algunas semanas me alojé en un piso infecto de Tetuán, sin luz eléctrica, habitado por gente silenciosa que no hablaba más idioma que el suyo y que se pasaba el día protegiendo sus pertenencias de los demás, que era lo mismo que hacía yo. Todos esperábamos cruzar el Estrecho en una de aquellas embarcaciones que tenían mayor o menor seguridad en función del dinero que pagases. Yo tenía billete “de primera”. No tenía intención de ahogarme.

Yo vi con mis ojos, en una “discoteca” para turistas de Cabo Negro (en realidad era un prostíbulo de lujo), cómo Ahmed, el dueño del piso y de una pequeña flotilla de pateras, entregaba un abultado sobre al jefe de la Comandancia de Marina de la zona. En aquel sobre iba mi dinero, como el de los demás habitantes de mi vivienda. Ahmed me contó, con toda la naturalidad del mundo, algo que todos sabían allí, y que otros me confirmaron: que de aquel dineral se hacían partes. Una era para diversos funcionarios y policías encargados de la vigilancia costera. Otra, para el propio jefe de la Comandancia. Y la tercera parte, no pequeña, era para el rey, que en aquel momento era Hassan II. Como habrían dicho en la película El Padrino, no había en todo aquello nada personal. Era nada más que un espléndido negocio.

No lo conseguí, por muy poco. No llegué a cruzar en patera. Dos o tres días antes del viaje, el rey Hassan II llegó a un entendimiento con su “primo” Juan Carlos I (no con el gobierno, no con el ministro; con el propio Rey) sobre el acuerdo de pesca que se negociaba desde hacía meses. Y las pateras dejaron de salir, de un día para otro. Nos echaron de aquel piso infecto, por supuesto sin devolvernos lo que habíamos pagado. Yo volví en ferry. No sé los demás.

La tiranía intacta

El rey Hassan murió poco después y, tras unas maniobras palaciegas dignas de un drama de Shakespeare, le sucedió su hijo mayor, Mohamed VI, a quien los marroquíes suelen llamar “M-Six” (M-6). Aquel indolente individuo de 35 años se hizo con el poder anunciando que sería el “rey de los pobres” y que llevaría la democracia a su país. Era todo mentira. Se puso los zapatos de su padre y mantuvo intacta la tiranía. 

Pero a Mohamed VI le faltaba la inteligencia de su antecesor. Poco después de su coronación, en el verano de 2022, cuando el país entero estaba pendiente de las fabulosas fiestas de la boda del Rey, media docena de gendarmes marroquíes se metieron en un bote, ocuparon el deshabitado islote español de Perejil y ataron en unas zarzas la bandera de Marruecos. Esto allí no lo sabía nadie: ni el jefe de gobierno Yusufi, ni el ministro de Exteriores (el taimado Benaissa), ni el Ejército, ni nadie más. Fue una decisión personal de M-6, tomada en una fiestecita con sus amigos, muchos de ellos antiguos compañeros de instituto del Rey. El único que estaba al corriente era el presidente de Francia, el hipócrita Jacques Chirac.

Esto tiene su explicación y es la clave de todo. En la dictadura marroquí, todas las decisiones importantes las toma el rey. Los ministros tienen el mismo papel que tenían en la España de Franco, quien decía de los suyos: “Yo les mando y ellos obedecen”. Son simples funcionarios, ejecutores del capricho real. Lo que M-6 pretendía era meterle el dedo en el ojo al presidente del gobierno español, Aznar, con quien se llevaba bastante mal. El maligno Chirac había convencido al monarca de que España se acojonaría, no haría nada, y lo de Perejil sería el principio para la “recuperación” de Ceuta, de Melilla y de los peñones del mediterráneo.

La ‘humillación’ de Perejil

Mohamed VI se equivocó y estuvo a dos centímetros de provocar una guerra. El gobierno de Aznar, con el apoyo de la oposición socialista, organizó en unos días la operación “Romeo-Sierra”, una intervención aeronaval que tardó unos veinte minutos en recuperar aquel cacho de piedra en el que solo vivían unas pocas cabras. Fue determinante la intervención de EE UU para impedir que dos de sus aliados en el Mediterráneo se liasen a tiros. El presidente norteamericano era George W. Bush. El jefe de su diplomacia, el militar Colin Powell. 

El rey marroquí nunca perdonó la “humillación” de Perejil. Pero aprendió una cosa: España, tuviese el gobierno que tuviese, haría lo imposible para mantener la situación tal y como estaba. El tirano de Rabat (que en realidad vivía y vive en París con sus amiguitos) tenía barra libre para el chantaje.

En agosto de 2014, una patrullera de la Guardia Civil descubre un par de yates y varias motos de agua en aguas cercanas a Ceuta. Les piden que se identifiquen. Es Mohamed VI con sus “admiradores”. El tiranuelo se mosquea muchísimo y llama a Felipe VI para quejarse de semejante “falta de respeto”. El monarca español le dice a su “primo” que él no puede hacer nada, que eso es cosa del Gobierno de Rajoy. Cuatro días después se registra una masiva llegada de pateras y de más de 1.300 inmigrantes ilegales a las costas andaluzas, procedentes todos de Marruecos.

En abril de 2021, en plena pandemia, España acogió en un hospital al líder del Frente Polisario, Brahim Gali. M-6 montó en cólera y, unos días después, alrededor de 8.000 marroquíes entraron por las bravas en Ceuta. Pedro Sánchez tuvo que sacrificar a su ministra de Exteriores, Arancha González Laya, para calmar a aquel sátrapa.

¿A quién le importan los muertos?

Lo que ha pasado ahora es un ejemplo más, y no será el último. España está tratando de recomponer sus relaciones con Argelia después de regalarle a Mohamed VI su cambio de actitud sobre el Sahara. Eso es algo que el caprichoso rey marroquí no tolera. Además, su principal aliado en Occidente, el hampón Donald Trump, estaba deseando humillar al presidente español, Sánchez, que se le había insubordinado públicamente. Conclusión: decenas de miles de chavales marroquíes, entre 50.000 y 70.000, invadieron Ceuta por tierra y por mar. La mayoría regresó en 48 horas, pero el daño estaba ya hecho. Y Trump apoyó sonoramente a Marruecos en su intención de “recuperar” Ceuta y Melilla, que son españolas desde muchísimo antes de que EE UU existiese.

No se cansen. Ni mafias, ni gaitas. Eso es lo que nuestro gobierno tiene que decir para no poner las cosas todavía peor, pero el responsable de todo lo que ha pasado es el rey de Marruecos. Nadie más. Las mafias de los inmigrantes, lo mismo que el gobierno y que la comandancia de Marina, están al servicio del rey, obedecen al rey, hacen lo que este les manda. Es verdad que los muertos, los críos ahogados en la excursioncita de dos días a Ceuta, pasan bastante del centenar, pero ¿desde cuándo le importa eso al rey de Marruecos? Sus súbditos están para eso. Son carne de cañón. Y además sobran, porque ya se sabe que los pobres se reproducen como si fuese un deporte. Hace 51 años, cuando Hassan II organizó la llamada Marcha Verde sobre el Sahara durante la agonía de Franco, el rey marroquí movilizó a casi 350.000 personas. Calculaba que, si las cosas iban mal, podrían morir unas 25.000 de ellas, quizá más. No le importaba en absoluto.

En la España del siglo XIX se acuñó la expresión “el rey felón” para referirse a Fernando VII, que era un mentiroso, un hipócrita, un desleal, un perjuro y un traidor. Esto de ahora de muestra que, aunque haya términos que parezcan desaparecer en las profundidades del diccionario, vuelven a la superficie si hay quien se los merezca.