Ignacio Camacho-ABC
- Con la mayoría al alcance, a Moreno le obsesiona que sus votantes caigan en el exceso de confianza en el momento clave
A algo menos de un mes de las elecciones, lo que más preocupa a Juanma Moreno es que la mayoría absoluta que le pronostican casi todos los sondeos provoque en sus votantes un exceso de confianza en el último momento. Su equipo lleva tiempo advirtiéndole de que el resultado final dependerá de la adjudicación de los restos, esos pocos miles o cientos de votos que en cada provincia definen el último escaño en virtud de los cocientes aritméticos. Ahí se juega la estabilidad de su Gobierno, el concepto que repite machaconamente como la clave del éxito. Aunque en realidad se trata de la independencia, de las manos libres para tomar decisiones sin influjos ajenos. En pocas palabras, de evitar que Vox le condicione políticas, medidas y presupuestos.
Ésa es en la práctica la única incógnita de esta campaña. Todo el mundo, también la oposición, sabe que en Andalucía no hay otro presidente posible que Juanma y la duda reside en si su investidura será cómoda, automática, o tendrá que sudarla en una negociación antipática y tal vez larga. El mensaje del Partido Popular no está sólo dirigido a su clientela natural sino también a una parte de la sociedad que sin sentirse de derechas huye de la crispación y de la intolerancia y reclama una gobernanza tranquila, transversal, pragmática. Al electorado templado harto de conflictos artificiales y atmósferas civiles polarizadas, cuya opinión sobre Pedro Sánchez y su candidata María Jesús Montero, expresa en las encuestas, oscila entre regular y mala.
Al igual que Rueda en Galicia o Ayuso en Madrid –aunque con un estilo distinto de ésta–, Moreno se propone a sí mismo para frenar a la ultraderecha con más eficacia y más tolerancia que la izquierda. Aprovechando su imagen centrada y abierta, el perfil de equilibrio que constituye su mayor fortaleza, se presenta como el antídoto contra la radicalidad, como una garantía de convivencia. Esa táctica le funcionó en 2022, aunque ahora parece más difícil de repetir porque desde entonces Vox ha adquirido mucha más relevancia en la correlación de fuerzas y aspira al papel determinante que ya ha logrado en las comunidades extremeña, castellana o aragonesa. Entre ambos se dilucida el pulso de mayo, para desgracia de un sanchismo en clara posición subalterna.
Queda por medir el impacto del acuerdo recién firmado en Extremadura, con sus polémicas cláusulas populistas de ‘prioridades nacionales’. Hay una corriente de opinión que augura consecuencias desfavorables para los populares, en cuanto esa aproximación al marco ideológico de Abascal puede contribuir al rearme de los socialistas y sus mal avenidos socios habituales. Pero existe otro prisma de análisis, y apunta a que el líder de la Junta pueda consolidar sus posibilidades si acierta a desmarcarse con una visión ponderada y ecuánime de la siempre compleja cuestión inmigrante. La campaña ha entrado ya en la fase crucial de la importancia de los detalles; ese momento peligroso en que pequeños errores acaban provocando consecuencias graves.