Roberto R. Aramayo-El Correo

  • Exhibe una patológica megalomanía y le obsesiona hacer dinero fácil como sea

Estados Unidos fue una colonia británica que se independizó para no pagar un impuesto considerado abusivo y es conocido por su legendaria conquista de un salvaje Oeste donde fueron masacrados quienes habitaban esas tierras, colonizadas a sangre y fuego. Es el único país que ha ensanchado sus fronteras mediante compraventas. En 1803 Napoleón le vende a Jefferson el vasto territorio de Luisiana y Fernando VII hace lo propio en 1819 con La Florida. El Imperio ruso vende Alaska en 1863 y luego compran las Islas Vírgenes en 1916. Quizá por eso le parece normal comprar Groenlandia, tierra danesa desde dos centurias, al margen de que nadie quiera venderlas.

Los actuales tratados bilaterales permiten a Trump defender esa inmensa isla redescubierta por los vikingos y bastaría perfilarlos para tener acceso a una explotación compartida de sus recursos naturales. Pero el anhelo del presidente estadounidense, acaso por ser hijo de un promotor inmobiliario, es hacerse propietario de aquellas tierras y colocar su bandera en ese suelo, pese al Tratado del Atlántico Norte suscrito tras la Segunda Guerra Mundial para defender a una Europa que confiaba en el ‘amigo americano’. El dilema europeo es complicado. Se trata de rendir pleitesía y ceder soberanía para no enfadar al señor de la guerra que se tiene por pacifista, o arriesgarse a sufrir la cólera de quien controla el ejército más poderoso del mundo como si fuera suyo.

Dentro de su tortuoso imaginario particular Donald Trump se ve a sí mismo encarnando la justicia global. En lugar de la representación tradicional de una mujer con los ojos vendados, que sostiene una balanza y la espada del Derecho, este personaje porta un catalejo de pirata para otear territorios que anexionar o recursos a rapiñar con absoluta desvergüenza. sujetando un fajo de billetes en una mano y una ojiva nuclear en la otra. Trump cree tener ‘el mundo en sus manos’, expresión que por cierto daba título a una película donde se narra la compra de Alaska. Su capitalismo salvaje ignora las reglas de la competencia que rigen un mercado libre y, lejos de negociar, impone sus condiciones con el respaldo de un incontestable poderío militar, como ha demostrado con el espectacular secuestro de Nicolás Maduro. El régimen chavista permanece para evitar una costosa invasión terrestre que se cobraría vidas entre las propias filas. Una eventual transición política en Venezuela se aplaza indefinidamente, porque lo que cuenta es recibir su petróleo y que las petrolíferas inviertan para modernizar su explotación.

Pero eso no es óbice para que Trump acepte la medalla del Premio Nobel de la Paz otorgado a Corina Machado, pese a su carácter personal e intransferible. Si Chaplin viviera, quizá rodaría una versión actualizada de su película ‘El gran dictador’. Al contemplar un inmenso globo terráqueo, que golpearía con sus posaderas, iría eligiendo lugares donde hacer lucrativos negocios o expoliar territorios y recursos naturales que considera suyos por el mero hecho de liderar una superpotencia, como si el poder hacerlo le impusiera que deba ejecutarlo inexorablemente.

Ebrio de poder y con un trastorno mental cada vez más perceptible, Trump exhibe una patológica megalomanía, obsesionado por hacer dinero fácil del modo que sea. Como cualquier otro bravucón se crece al seguirle la corriente y se achanta cuando le plantan cara. Esto último es lo que ha sucedido en la cumbre de Davos merced a las declaraciones del primer ministro canadiense y el presidente galo. Su discurso inarticulado y propio de un demente reclamaba un simple trozo de hielo que se proponía obtener a cualquier precio. Pero se ha tenido que contentar con ampliar las operaciones de carácter defensivo, tras el envío simbólico de tropas europeas a Groenlandia.

Su denominada ‘Junta de Paz’ pretende suplantar a la ONU bajo su presidencia vitalicia, y su yerno ha presentado el proyecto inmobiliario para convertir Gaza en un refugio turístico de alto copete. Mientras tanto, los papeles de Epstein siguen a buen recaudo, las tropas paramilitares del ICE asesinan impunemente a pacíficos ciudadanos estadounidenses y el FBI allana la vivienda de una periodista incómoda, emulando los métodos de las SA y la Gestapo hitlerianas. Como pronosticó su actual vicepresidente, Trump apunta maneras de ser el Hitler del siglo XXI. Por ahora ejerce un saqueo planetario con su capitalismo salvaje mediante amenazas respaldadas por el ejército más poderoso del mundo, hasta que se demuestre lo contrario ‘pace’ China, cuyos intereses globales están viéndose indirectamente vulnerados.