Editorial-El Español

En su deriva fanática y decadente, la última tentación del nacionalismo catalán ha sido intentar reclutar al Papa para la causa del separatismo.

La inminente visita de León XIV a Barcelona ha ofrecido un nuevo pretexto para activar los resortes de la agitación identitaria, empañando un acontecimiento pastoral de trascendencia internacional para reducirlo a una provinciana controversia lingüística.

La confirmación de que los actos principales en la Sagrada Familia, incluida la bendición de la Torre de Jesucristo, se realizarán prioritariamente en castellano, ha bastado para desatar una ofensiva en bloque del independentismo.

Porque los sectores nacionalistas consideran residual el papel asignado a la lengua catalana y exigen una rectificación de la agenda vaticana.

Junts ha enviado una carta formal al presidente de la Generalitat, urgiéndole a que interceda ante la Santa Sede para garantizar que no se «menosprecie» la lengua propia. Y su líder, Carles Puigdemont, ha dado un paso más a través de sus redes sociales.

El prófugo ha tachado el uso preferente del castellano de «insulto» a Cataluña y a la memoria de Antoni Gaudí, acusando a los obispos de regresar al «nacionalcatolicismo» y refiriéndose despectivamente a ellos como «escarabajos púrpuras».

A las protestas se han sumado entidades como Plataforma per la Llengua, distintas cabeceras de sensibilidad independentista, Esquerra Republicana y Aliança Catalana, cuya presidenta ha anunciado que cancela en señal de protesta su asistencia al acto litúrgico en el templo barcelonés.

Este intento de encuadrar al pontífice en los marcos de las disputas partidistas es un vivo reflejo del clima de polarización en el que vive instalada España, que ni siquiera se toma una tregua para recibir al Papa.

El independentismo pretende convertir un viaje apostólico, cuyo fin primordial es tender puentes y promover la unidad, en una nueva herramienta de confrontación. Un enfoque que casa mal con el mensaje de concordia universal que predicará el líder de la Iglesia católica en suelo español.

Cataluña ya atesora precedentes en la instrumentalización de la religión por parte del nacionalismo.

Durante los años álgidos del procés, la complicidad de amplios sectores de la Iglesia local con las tesis soberanistas del «derecho a decidir» fue más que evidente. Y aquella politización de los púlpitos provocó una profunda fractura en las comunidades de feligreses catalanes, muchos de los cuales se sintieron expulsados de sus propias iglesias.

En esta ocasión, y según ha podido comprobar EL ESPAÑOL por el malestar que ha desatado entre la jerarquía eclesiástica la campaña del separatismo, los obispos españoles han mantenido una postura sensata: lo verdaderamente importante de un viaje papal es el contenido del mensaje, y no el idioma en el que se pronuncie.

La Conferencia Episcopal ha recordado que la decisión sobre el uso de las lenguas litúrgicas corresponde única y exclusivamente a la Santa Sede. Y el Arzobispado de Barcelona ha intentado rebajar la tensión aclarando que el Papa se expresará en varios idiomas y que el catalán estará presente en momentos significativos de la misa.

El reconocimiento del Vaticano a la cultura catalana parece por tanto garantizado. Pero lo que no resulta admisible es que estos gestos condicionen los criterios de un evento de dimensión mundial.

Resulta evidente que se trata de una polémica agitada de forma artificial por un nacionalismo en repliegue que, tras haber perdido la fuerza institucional y social, ya sólo es capaz de obsesionarse con minucias simbólicas.

La sobreactuación de los líderes independentistas resulta, por otro lado, flagrantemente inconsecuente con la fe católica que ellos mismos profesan.

Tanto Carles Puigdemont como, de manera muy especial, Oriol Junqueras se han declarado creyentes de forma pública.

Que ambos antepongan la forma lingüística al contenido espiritual del magisterio pontificio demuestra que la fe nacionalista tiene para ellos preponderancia sobre las convicciones religiosas.

El nacionalismo se revela así como una religión civil y excluyente que, en su dogmática del agravio, no se detiene ni siquiera ante la autoridad del Papa.