Inocencio Arias-ABC
- El estamento de nuestros cineastas tiene una veta ruidosamente pacifista, les sale un sarpullido cuando EE.UU. comienza una guerra; cuando los actores políticos son otros, el problema no quieren verlo
Resulta curioso que de las setenta personas que tomaron la palabra en la ceremonia de los últimos Oscar sólo una luciese escarapelas y criticara las guerras de Gaza e Irán: nuestro compatriota Bardem. El hecho es doblemente llamativo si consideramos que los oradores estadounidenses omitieron o pasaron de puntillas sobre el tema y un extranjero lo pregona. El contraste se viene reflejando desde hace tiempo en la entrega de los premios Oscar y de los Goya. En 2003, cuando Estados Unidos invadió Irak con soldados sobre el terreno, y por lo tanto con bajas, los Oscar no se suspendieron, pero Irak fue escasamente aludido. Almodóvar, que recibía el premio al mejor guión –primer extranjero en ganarlo en muchos años– fue calculadamente prudente. Dedicó la estatuilla a «toda la gente que está levantando la voz por la paz, el respeto a los derechos humanos, la democracia…». Fue despedido con un aplauso. El manchego sería más elocuente en la reunión con la prensa, incluso con frases sorprendentes –«el pueblo americano es víctima de una total desinformación»–, pero no en la ceremonia. Michael Moore quebró la conducta predominante y la armó. El anuncio del premio a su obra antibelicista obtuvo una ovación prolongada. No ocurrió lo mismo con sus palabras. Hizo un alegato contra la guerra y contra Bush. Hubo quien aplaudió, pero mientras arrancaba la orquesta al final de su intervención arreciaron los abucheos, algo infrecuente. En las aisladas intervenciones políticas del pasado, la propalestina de Vanessa Redgrave recogió aplausos y gritos de cólera; y cuando se premió merecidamente a la politizada Jane Fonda por ‘Klute’ hubo silbidos y aplausos al anunciarlo, pero ella estuvo comedida. Con tales antecedentes el ambiente de la sala, llena de demócratas y progres, en esos momentos de ansiedad por el ataque a una nación que aparentemente poseía armas de destrucción masiva, era de prudencia. Como diría un premiado «hay un tiempo y un lugar para cada cosa».
En España, el tiempo otra vez era el adecuado para una ceremonia abrumadoramente hostil a la guerra. El estamento de los cineastas españoles tiene una veta ruidosamente pacifista. Por supuesto que los comentaristas dieron como buenas algunas falacias: que España participaba con soldados en la guerra, que las armas de destrucción masiva eran un camelo, que la ONU condenó la invasión… Todo falso. Lo sorprendente y pasmoso dentro de esa humanitaria inclinación es que el sarpullido invade a nuestras gentes cuando Estados Unidos está envuelto en un conflicto, cuando intuyen que es responsable. Cuando los actores políticos son otros, el problema no quieren verlo.
El sesgo de mucha de nuestra izquierda cultural no es de ahora. En 1945 termina la II Guerra Mundial y el exilio quiere que los vencedores invadan España para acabar con el régimen opresivo franquista. Ahora se sulfuran porque Washington ataca al ‘modélico’ régimen iraní. Por entonces, Max Aub en el exilio escribe indignado porque España entra en la Unesco; que esté en ella un ‘angelito’ como Stalin no le escandaliza.
En 2026 se repite el modelo. La ceremonia de entrega de los Oscar ha estado claramente despolitizada. La mayor parte de los oradores evitaron hablar de política, con leves alusiones a que muchos pedófilos no obtengan su castigo o a la inmigración. El nórdico Joachim Trier, premiado por ‘Un valor sentimental’ dijo pía y sabiamente: «Los adultos somos responsables de los niños, no votemos por políticos que no lo tienen en cuenta seriamente». No profundizó más. La prensa americana, muchos rotativos importantes, ‘The New York Times’, ‘Los Angeles Times’, ‘The Washington Post’ o, por ejemplo, ‘New Yorker’, cuestionan o critican la guerra, lo que no había ocurrido en 2003, pero estos medios abundan en las preocupaciones del Hollywood del momento: el año pasado la mitad de los americanos decían que en 2025 no habían acudido al cine, o que la inteligencia artificial está perjudicando a la industria o las incertidumbres que generan las fusiones de productoras.
En los Goya, el ‘No a la guerra’, Gaza o Irán son omnipresentes. Oradores, bufandas, pegatinas, el sufrimiento de los iraníes ausentes… Feministas y cineastas quieren ignorar que el régimen iraní acribilló a 10.000 manifestantes días antes, y nadie lo mencionó en la gala; que los ayatolás siguen condenando a homosexuales; que en 2025 hubo 2.000 ejecuciones y que, ante los tribunales, el testimonio de la mujer vale menos que el de un hombre. Esto no es tema. No faltó la ignara Susan Sarandon parachutada como ciertos corresponsales extranjeros que absorben en tres días toda la sapiencia de España. Doña Susan, tan progre, dijo que Sánchez está «en el lado bueno de la historia», una definición peculiar para un político que bendice los ERE, profundiza en la desigualdad entre los españoles y tiene enormes similitudes con el Trump tan odiado por Susan: amnistía a golpistas antidemocráticos, quiere controlar la judicatura y la prensa, coloca a amiguetes en todas las instituciones, miente descosidamente, es ególatra y está salpicado con la corrupción. Pero, claro está, Sánchez ataca a Trump y eso lo sublima a los ojos la actriz. El resto Susan lo ignora.
La disociación de la actriz se repite en muchos de nuestros cineastas con su cólera selectiva. ¿Puede Bardem, que hace que sus hijos nazcan en EE.UU. para obtener aquella nacionalidad (no lo critico por ello), denunciar en público la guerra y jactarse ante las cámaras españolas que sobre todo va al acto para denunciar lo que ocurre en Gaza, el ataque a Irán y no mencionar ni una vez a Putin o la condición de las mujeres iraníes? ¿Es deliberadamente amnésico o rabiosamente sectario, como muchos comunistas para los que la madre Rusia es intocable aunque Putin lleve cuatro años de una guerra imperialista con un millón de muertos? El pacifismo libertario de podemitas y de un sector del sanchismo es también postizo, falso. Quieren ignorar que los ayatolás han fusilado a jovencitas por ir a una manifestación y hacen mohines de disgusto al asumir que Sánchez regale el Sahara y los saharauis a Marruecos. Putin no indigna, es respetable. Trump sulfura, apesta, es un payaso descerebrado.
Volvamos al cine. ¿Son los Oscar una causa perdida? El año del ‘Titanic’ siguieron la gala 57 millones en EE.UU.; en 2003, 33 y en 2026, sólo 18. Es probable que en 2028 únicamente se vean en YouTube. El ‘show’ es demasiado largo, los conductores ingeniosos, pero cada vez funcionan menos. ¿Y los Goya, que tienen algo de aceptable imitación provinciana de los Oscar? Creo que sin mayor brillantez pervivirán. No faltará la denuncia del imperialismo yanqui. Y si Feijóo gana en el 2027 que se prepare. Lo esperan la calle levantisca, los sindicatos y probablemente la Academia de Cine.