Donald Trump ha aprobado este miércoles la batería de aranceles recíprocos con la que declara oficialmente la guerra comercial al mundo. Lo ha denominado, de forma grandilocuente, «Día de la Liberación» («uno de los más importantes en la historia de EEUU», ha dicho en su discurso), y ha celebrado una ceremonia especial en los jardines de la Casa Blanca.
La dramaturgia con la que ha revestido el anuncio es una manifestación más de la política espectáculo del trumpismo. Una forma de crear un sentido del acontecimiento para generar expectación, y tener al mundo en vilo y pendiente de las decisiones del presidente estadounidense.
El acto puede considerarse la puesta de largo del Maganomics, la agenda con la que Trump pretende dar un vuelco al modelo económico estadounidense. Los aranceles son la principal herramienta de este programa que tiene como principal cometido la reindustrialización de EEUU.
Los economistas se muestran muy escépticos sobre la capacidad de este instrumento para fomentar la redomiciliación de las factorías estadounidenses, que Trump ha dado por garantizada. Cabe esperar que sus efectos sean más bien un incremento de la inflación, una ralentización del crecimiento económico y, eventualmente, una recesión.
Resultaría irónico que el presidente que debe la victoria en las presidenciales de noviembre a su compromiso por atajar la crisis del coste de la vida de la era Biden acabase promoviendo un alza en el gasto de los hogares en bienes, afectando al poder adquisitivo de las clases de bajos ingresos a cuya defensa dice estar consagrada su política económica populista.
Tampoco parece realista esperar que lo ingresado mediante los aranceles vaya a ser suficiente para cubrir lo que dejará de percibir la Administración después de sus rebajas fiscales. Como también resulta ilusoria la entronización de los aranceles como fórmula mágica para avanzar hacia una América autárquica. Un escenario inverosímil en un sistema mundial con estos niveles de integración económica e interdepedencia.
Aún así, Trump dispone de argumentos técnicos para justificar su política económica proteccionista.
Es evidente la chusca retórica irredentista tras la retahíla de agravios que ha listado en su show de este miércoles, detallando los desequilibrios entre las barreras al intercambio aplicadas en EEUU y en el resto de países que «nos han robado los puestos de trabajo». Pero siempre podrá esgrimir la corrección del enorme déficit comercial estadounidense como un propósito legítimo de esta política económica heterodoxa.
La cuestión es si es de recibo perseguir este objetivo de forma tan abrupta, y sin tener en cuenta los efectos colaterales que generará y la incertidumbre que propiciará.
Porque la política arancelaria de Trump no sólo entraña un cambio del modelo económico estadounidense, sino también una reestructuración del sistema del comercio internacional en beneficio de EEUU, que estaba en una posición de desventaja a juicio del presidente.
Al fin y al cabo, la guerra comercial no deja de ser el correlato económico de la visión geopolítica de Trump: la restauración del dominio global estadounidense, renunciando a sus compromisos multilaterales en beneficio de una doctrina de la preferencia nacional.
De ahí que, después de la fractura de la tradicional alianza transatlánica a cuenta de la guerra de Ucrania, Trump vaya a desmantelar también sus alianzas económicas. Algo explicitado por el presidente al enfatizar que los aranceles se aplicarán a «amigos y enemigos por igual», dado que «a veces los amigos son peores que los enemigos».