Alejo Vidal-Quadras-Vozpópuli

  • No se puede concebir comportamiento más vil y rastrero en aquellos que deberían por el contrario ser ejemplo de virtud cívica y de corrección institucional

Pocos actos públicos de los últimos años de la vida española han tenido la emoción, la grandeza, la nobleza y la dignidad del funeral religioso en memoria de las cuarenta y seis víctimas mortales del terrible accidente ferroviario sucedido en Adamuz, provincia de Córdoba, celebrado en el Palacio de los Deportes Carolina Marín de Huelva, que ha tenido como principal oficiante al Obispo de esa diócesis, Santiago Gómez Sierra. Aunque sin esa denominación con carácter oficial, se ha tratado de hecho de una ceremonia de Estado dada la presencia de los Reyes, de varios miembros del Gobierno y de numerosas autoridades estatales, autonómicas y locales.

Una vez rechazada por la gran mayoría de las familias de los fallecidos la iniciativa de La Moncloa de celebrar un funeral “laico” pseudo-masónico del estilo del que deshonró a los desaparecidos en la Dana de Valencia, la opción elegida ha sido la obviamente procedente en una nación de esencia tan cristiana como España y una tierra tan enraizadamente mariana como la onubense, una Misa de Difuntos solemne bajo la advocación de la Virgen de la Cinta, patrona del lugar. De esta forma, la naturaleza del homenaje a los muertos en una de las peores tragedias ferroviarias de nuestra historia ha tenido la autenticidad y la categoría requeridas, lejos de la asepsia fría, falsa y vacía del simulacro que pretendía montar el Ejecutivo central. Se ha impuesto así la voluntad de los afectados sobre los prejuicios ideológicos de la actual y deshumanizada cúpula de lo que solía ser el Partido Socialista y que ha degenerado en una pura y despiadada máquina de consecución, disfrute y abuso del poder a cualquier precio.

Sin duda la parte a destacar del acontecimiento ha sido la intervención de la hija de una de las extintas, Natividad de la Torre, la joven Liliana Sáenz de la Torre, una pieza oratoria antológica que ha combinado el sentido dolor, la austera sobriedad, la belleza léxica, la altura poética y el medido reproche de manera perfecta, equilibrada y serena. Al escuchar sus luminosas palabras, cualquier español de bien se siente reconfortado por la constatación de que todavía nuestra infortunada patria, que atraviesa un período infausto, asediada por sus enemigos, dirigida por una caterva de desaprensivos, inmorales y codiciosos forajidos de la política y envenenada por ideas disolventes que la desnortan y debilitan, alberga notables reservas de energía saludable, de sensatez reconfortante y de claridad de conceptos que permiten alimentar la esperanza de que pronto nos liberaremos de la pesadilla que empezó hace dos décadas en las elecciones generales de 2004, cuando arrancó el triste proceso de degradación institucional, saqueo del presupuesto, descomposición nacional y anomia desatada que ha culminado en el nefasto sanchismo, cúmulo de todas las desgracias tangibles e intangibles a las que puede verse sometido un pueblo abandonado de la mano de la Providencia.

Soberbia y cobardía

En toda reunión, sea ésta de tipo social, profesional, académico o festivo, son tan significativas las asistencias como las ausencias. Y no cabe duda de que en la apesadumbrada Eucaristía del pasado jueves en Huelva hubo dos flagrantes huecos cargados de simbolismo y no precisamente positivo. En efecto, ¿cómo se entiende que en una conmemoración al máximo nivel encabezada por el jefe del Estado en la que se rinde tributo a cuarenta y cinco ciudadanos que han perdido la vida en una catástrofe escalofriante por una posible negligencia en el mantenimiento y cuidado de una infraestructura pública básica no se dignen aparecer ni el jefe del Ejecutivo ni el ministro responsable? ¿En qué cabeza descompensada puede caber semejante despropósito protocolario, ofensa a las familias atenazadas por el duelo y desaire a la Corona? ¿A qué extremos de falta de decoro hemos llegado a plegarnos, prisioneros de un Gobierno de facinerosos que más bien parecen detestar a la Nación que se han comprometido a defender y preservar?

La renuncia a dar la cara en el Palacio de los Deportes de Huelva revela dos ignominiosos rasgos definidores de los dos personajes ausentes, la cobardía y la soberbia. A pesar de su directa implicación en las causas de la desgracia, uno como presidente del Gobierno y el otro como titular de la cartera más estrechamente ligada al probable origen del desastre, con absoluto desprecio a los allegados y deudos de los desventurados atrapados entre hierros retorcidos y mobiliario destrozado, han decidido no mostrarse y ni siquiera aparentar por lo menos respeto a los afectados. No se puede concebir comportamiento más vil y rastrero en aquellos que deberían por el contrario ser ejemplo de virtud cívica y de corrección institucional.

Sin embargo, tal como reza el dicho popular, no ofende quien quiere, sino quien puede, y este par de quídams elevados a posiciones para las que carecen del más mínimo mérito en el fondo han hecho un favor a las personas que sí contribuyeron con su oración y su apoyo solidario a aliviar aunque fuera parcialmente la aflicción de los que se han visto privados para siempre de sus seres queridos porque su fétida compañía les hubiera resultado casi más ofensiva que su desplante, aunque, por supuesto, nunca olvidarán a los que se fueron ni perdonarán a los que con su desidia y su egoísmo fueron culpables de su irremediable pérdida.