Iñaki Ezkerra-El Correo

  • Resulta peligroso llegar a ciertas edades, más en esta época tan revuelta

Ami edad empieza a resultar peligroso asistir a las bodas o a los festejos en los que hay gente jovencita. Fui a uno de ellos en estas pasadas fechas navideñas y me topé con varios amigos de mi quinta afectados de un mal al que le he acabado poniendo nombre: el síndrome del príncipe Salina. Consiste en deambular entre el jolgorio con una mirada melancólica y perdida pensando que tu tiempo ha pasado ya. Uno de ellos me agarró por banda y me empezó a hablar de los colegas que ya han caído. Con una cara en la que la pesadumbre se confundía con la euforia, me dijo: «Estamos en una edad en la que las balas silban cada vez más cerca». Quizá porque no hice la mili, la metáfora me pareció un tanto épica y le tuve que responder que a mí eso no me afectaba porque tengo la suerte de ser de Bilbao. Al cabo de un ratito otro, que es pintor y que llevaba ya unas cuantas copas encima, me vino con una monserga de la misma índole crepuscular, pero dotada de una dimensión planetaria y geopolítica. Con unos globos oculares enrojecidos del bagaje etílico y un tono espeso, invocó a Trump, a Sánchez, a los chinos y a las nuevas generaciones enganchadas al móvil o al iPad: «Desengáñate, la Europa, el mundo que hemos conocido, nuestros valores, se extinguen. En unos años nadie leerá a Shakespeare ni a Aristóteles, ni escuchará a Beethoven ni a Bach».

A mí me parecía que exageraba un poco en su papel de ‘fin de raza’, de conciencia del destino de Occidente, de último vástago de la civilización. Shakespeare no solo se representa de forma constante en los teatros de todo el mundo sino que va conociendo versiones modernas y posmodernas como ‘& Juliet’ o ‘Hamlet-Multitud’. Por otra parte, yo dudaba de que él hubiera leído la ‘Ética a Nicómaco’. Y en cuanto a Bach o a Beethoven, creo que no hay mes en que no venga al Auditorio Nacional alguna violinista china que los interpreta con un virtuosismo inigualable. Le puse alguna de esas objeciones, pero no me hizo ningún caso. No estaba dispuesto a renunciar a su melancolía apocalíptica.

Mi amigo no llevaba puesto un frac como el de Burt Lancaster en ‘El gatopardo’ de Visconti (le habrían sacado cantares) sino una suerte de blazer de cuello mandarín (¡tanto que se metía con los chinos!), y andaba entre una versión povera del príncipe Salina y el replicante Roy Batty de ‘Blade Runner’: «He visto cosas que vosotros no creeríais…». «Todo esto se perderá como lágrimas en la lluvia…».

Ya nadie leerá a Shakespeare… «Ni verá tus cuadros», estuve a punto de decirle, pero me callé. Lo dejé vagando con sus nostalgias principescas en el fiestorro. Y pensé que es peligroso llegar a ciertas edades, más en esta época tan revuelta. Aunque sé de algunos de treinta años que están en el mismo plan.