Ignacia de Pano-Vozpópuli
- Hay que quitarle a Abascal cualquier motivo que justifique su resentimiento con el PP. Hay que reconocerle a Vox que sin ellos no hay gobierno
Hace unos días, en mitad de la campaña electoral en Aragón, recibí un mensaje de un amigo de Barbastro. Había acudido al mitin de Vox en la localidad y quedó tan sorprendido de lo que presenció que no pudo evitar contármelo. “Abascal estuvo ayer en Barbastro. Estaba a rebosar, sobre todo de gente joven.” Y para reafirmar el punto que más le había impactado continuó con un segundo mensaje muy corto, de dos palabras. “Muy joven”. No me dijo nada más porque los aragoneses no son de andarse con florituras, pero en ese momento empecé a esperar un verdadero tsunami no detectado de Vox. A pesar de lo que decían las encuestas, estaba segura de que el partido de Abascal iba a conseguir superar al PSOE de Pilar Alegría. Su paso arrollador por plazas hasta hace muy poco hostiles al partido me llevaban a pensar que era muy posible. Me equivoqué, no lo consiguieron, y todas las encuestas acertaron.
Han sido estas unas elecciones muy poco sorprendentes. Los partidos han sacado casi exactamente los resultados que se esperaban. El Partido Popular, en su eterna búsqueda de una mayoría absoluta que ya no volverá, convocó estas elecciones que solo podían beneficiar a un Vox en estado de gracia y con viento de popa. Y aún así, ganó la convocatoria electoral salvando los muebles y con una digna ventaja sobre el sanchismo, que es el único y verdadero adversario y al que Vox no pudo dar el sorpasso esperado. Alegría, lastrada por su indignante cita con Salazar y por haber sido la portavoz de Sánchez, recibió por persona interpuesta el castigo que una ciudadanía harta y desesperada con la gestión corrupta e insoportable del presidente quisiera haber podido darle a él en esas elecciones generales que hace bien Sánchez en no convocar porque las perdería sin remedio y sin posibilidad de armar un gobierno frankestein como el que hasta ahora padecemos.
El voto de los jóvenes
Siete escaños ganados por Vox, dos perdidos por los populares y cinco por los socialistas. Siete que entran por siete que salen, y parece claro por los números que el nuevo caladero de votos de los de Abascal está más a la izquierda que el de los populares. Vox llega donde la derecha tradicional no puede. A los jóvenes que se incorporan al voto y carecen de la prudencia y los recuerdos políticos de sus mayores no se les puede pedir que valoren la gestión y la tibieza de un PP cuyas decisiones son a veces muy difíciles de comprender. En los barrios obreros que viven en carne propia los problemas derivados de la inmigración ilegal o de la okupación el PP suena a señores con chaquetas austriacas y señoras con pañuelos de Hermès. Resulta mucho más fácil canalizar su rabia y su desespero cogiendo la papeleta de un Vox que parece desclasado y dice en voz alta y con palabras que se comprenden perfectamente lo mismo que ellos piensan. En realidad, si en Génova lo pensaran bien, Vox les ha hecho un favor, llegar a sectores demográficos a los que ellos no podrían llegar jamás, extender la manta del ámbito de la derecha y así conseguir resultados que leídos en el conjunto de los dos partidos alcanzan éxitos porcentuales nunca antes vistos.
Para que todas estas victorias insuficientes del PP y resultados sobresalientes de Vox se traduzcan en lo que los ciudadanos quieren, que es simplemente, echar a Sánchez de todos los ámbitos de poder posibles por el bien de España, los dos partidos se tienen que entender. Los populares deben dejar de intentar evitar mencionar a Vox usando circunloquios humillantes como los empleados por Miguel Tellado en su comparecencia de la noche del lunes, textualmente: “Habrá que entenderse con las fuerzas políticas en las Cortes de Aragón”, como si ese entendimiento se fuera a producir con el PSOE, Sumar o la Chunta.
Hay que ceder y negociar
El ninguneo es muy humillante, y no suele salir bien a que lo practica, como bien saben los políticos del difunto Ciudadanos cuando para negociar los pactos tripartitos de ayuntamientos en Andalucía se ponían estupendos y se negaban a hablar personalmente con Vox, como si tuvieran la lepra. No solo es humillante, sino que es estúpido. Hay que quitarle a Vox cualquier motivo que justifique su resentimiento con el PP. Hay que reconocerles que sin ellos no hay gobierno y ser generosos con las cesiones de poder. Es hora, como dice Federico Jiménez Losantos, de que Vox madure, entre a gobernar y se pringue. Porque, aunque sin responsabilidades de gobierno no hay posibilidad de ensuciarse, los partidos son, deben ser, organizaciones al servicio de los votantes que confían en ellos para resolver cuanto antes los problemas que les aquejan. La exigencia es mayor para los de Feijóo porque son los obligados por sus victorias a liderar la formación de gobiernos. Hay que ceder, hay que negociar, hay que reconocerse como primos hermanos frente a un socialismo secuestrado por un enemigo de España y que está acabando con todo.
Los dos partidos deben darse una tregua y concedernos a nosotros, los votantes, la alegría, (escrita con minúscula) que anoche, a pesar de la histórica victoria de nuestras ideas, mucho más cercanas de lo que ellos mismos creen, no nos atrevimos a sentir. En estas elecciones tan poco sorprendentes deberían concentrarse en darle a Pedro Sánchez la sorpresa inesperada y devastadora para sus turbios intereses personales. El sorpresón de la derecha.