Ignacio Camacho-ABC

  • Un lama del progresismo zen con cuentas en paraísos fiscales se vuelve una prueba de fuego para la más firme de las lealtades

Cuando terminen de defender a ciegas la honorabilidad de Zapatero –un consejo: cuidado con poner las manitas en el fuego–, Sánchez y sus ministros podrían empezar a revisar y explicar el procedimiento que siguió el rescate de Plus Ultra hasta acabar en la mesa del Gobierno. Informar del criterio por el cual la SEPI consideró en aquel momento que una minúscula compañía en quiebra técnica merecía un millonario rescate estratégico. (Inciso, el ‘holding’ público estaba entonces bajo la responsabilidad departamental de María Jesús Montero y lo presidía Vicente Fernández, detenido e investigado en un sumario paralelo). Y aclarar, si es posible, las razones que movieron al Ejecutivo en pleno a aprobar colegiadamente la concesión del crédito.

En vez de eso, los portavoces oficialistas continúan divulgando el bulo de que la imputación del presidente proviene de una querella de Manos Limpias y obedece por tanto a una persecución ultraderechista. Lo hacen a sabiendas de que en realidad se trata de una iniciativa de la Fiscalía a partir de unas comisiones rogatorias de la justicia francesa y suiza. La contundencia del auto del magistrado Calama ha obligado a los miembros más relevantes del Gabinete a plegar velas y mantenerse en una prudente expectativa, pero las brigadas mediáticas aún no han debido de recibir la consigna y persisten en la teoría de que se trata de una conspiración judicial y política en venganza por la implicación de ZP en apoyo de la gestión sanchista. Mentira sobre mentira.

Al juez le da igual porque ha demostrado poseer la suficiente autonomía para hacer su trabajo al margen de las interferencias propias de un caso de atronadora repercusión en el debate institucional y ciudadano. Para la Moncloa, sin embargo, resulta esencial armar un argumentario que le permita no ya ganar –de momento es misión imposible– sino siquiera equilibrar el relato. Es decir, sostener una réplica capaz de confortar el ánimo de unos votantes de izquierda perplejos y desalentados ante la sospecha verosímil de que el desprendido líder moral del progresismo ande metido en negocios opacos susceptibles de acabar dando la razón a los adversarios. Demasiado mal trago tras asimilar a duras penas la idea de que Pedro desconocía las andanzas de Ábalos.

Hay que ponerse en la piel –en los zapatos, se dice ahora– de estos sufridos militantes y simpatizantes. Lo de Begoña y David es fácil de justificar como el clásico ataque a los familiares cuando el verdadero objetivo está fuera de alcance. Lo de García Ortiz, estando por medio Ayuso, también tiene coartada fácil. Más amargo parece aceptar que Koldo, Ábalos y Cerdán eran garbanzos negros de un potaje guisado con honestidad impecable. Pero bueno, pase. En cambio un altruista contador de nubes, un lama con sociedades-pantalla y cuentas en paraísos fiscales, ya se vuelve una prueba de fuego para la más firme y contrastada de las lealtades. Que una cosa es votar con la nariz tapada y otra aguantarle la mirada al espejo sin avergonzarse.