Juanjo Sánchez Arreseigor-El Correo

  • Su agresiva política exterior previene protestas si decide forzar la Constitución

Las causas de la agresión estadounidense a Irán no son un misterio: la influencia israelí, el petróleo y la sed de venganza por la crisis de los rehenes de 1979. Pero hay otra razón.

Trump llegó al poder con los votos de dos grupos parcialmente solapados. En primer lugar, una nebulosa de gentes de ultraderecha que llevaban décadas soñando con la revancha contra el feminismo, el movimiento de los derechos civiles, el control de armas, la inmigración, la liberación sexual -incluyendo el aborto y los homosexuales- y el creciente laicismo. Los pastorean segmentos de las minorías más adineradas de EE UU, gente que seguía soñando con volver a 1914 y abolir el impuesto sobre la renta o las leyes antimonopolio y, en general, cualquier normativa que les estorbe para ganar más y más dinero, aunque estas normativas sean necesarias para la protección del consumidor, o de los trabajadores, o del medio ambiente donde todos vivimos y respiramos. Esta muy poco santa alianza de cerriles sectarios de ultraderecha y empresarios ensoberbecidos y avarientos creó el Tea Party y el movimiento MAGA.

El segundo grupo lo forman los asalariados blancos, anglosajones y protestantes que durante generaciones fueron la columna vertebral de la sociedad norteamericana. Eran quienes llevaban el pan a casa, mandaban sobre sus esposas e hijos, mantenían a los negros y otras minorías en su lugar, despreciaban a los homosexuales, iban a misa los domingos, desdeñaban a los papistas y sus votos decidían las elecciones. Pero las transformaciones culturales y la evolución demográfica a partir de la década de 1960 fueron erosionando su posición. Las crisis del petróleo en 1973 y 1979 dejaron en el paro a millones de ellos, lo que les llevó a votar en masa a un redentor, Reagan, pero fue peor el remedio que la enfermedad porque Reagan favoreció la desregulación -siempre en perjuicio de los trabajadores- y la deslocalización.

Esta masa de asalariados blancos masculinos, cada vez más empobrecidos, acabaron convergiendo con las corrientes sectarias, cada vez más amargadas con el ‘establishment’ del Partido Republicano porque todo era amagar con promesas y jamás cumplirlas; por ejemplo: abolir el aborto. Aquí los republicanos aplican el mismo cínico principio que el nacionalismo vasco y otros muchos movimientos del más variado pelaje: puedes plantear e incluso suscitar problemas para ganar votos, pero jamás resolverlos porque te quedas sin trabajo.

Estaban maduros los tiempos para que llegase un charlatán de feria que les prometiese todo lo que se pueda prometer, aunque fuese imposible de cumplir o dañino. Y así fue como Donald Trump le hizo una opa hostil al Partido Republicano, logró el apoyo de los accionistas -afiliados- y desplazó a los ejecutivos -el ‘establishment’ republicano- que le despreciaban como un estafador, tan zafio como incompetente.

Las ranas de EE UU croaron hasta conseguir su rey cigüeña, como en la fábula de Esopo. Por el momento están contentos porque se expulsa a los inmigrantes, se ha prohibido el aborto, se hostiga a las universidades, se aplican políticas proteccionistas, se suprime la Usaid y se eliminan normas a favor de los derechos de las mujeres y las minorías. Pero al final es una estafa, porque detrás de la farándula trumpista siguen al mando las élites de siempre, solo que en una versión ideológica mucho más extremista y sectaria.

La política económica interna de Trump no es muy diferente a la de Reagan: desregulación salvaje, recortes en servicios a los más pobres, en derechos sindicales o de huelga y, sobre todo, fuertes rebajas fiscales en beneficio de los más ricos. La diferencia es que a la vez se pretende cuadrar el círculo manteniendo el nivel de vida de los asalariados blancos, externalizando los costes hacia el extranjero mediante los aranceles proteccionistas -evitando represalias comerciales mediante la intimidación militar- y hacia las minorías, mediante los pogromos contra cualquier tipo de inmigrantes e incluso ciudadanos norteamericanos que no sean blancos, anglosajones y protestantes. Al mismo tiempo, Trump se prepara para intentar usurpar un tercer mandato, lo que solo va a ser posible derribando de facto la Constitución de EE UU.

Esta es la razón más profunda de la agresiva política exterior de Trump, incluso contra sus aliados. Hay que evitar que las clases medias-bajas blancas apoyen las inevitables protestas cuando Trump se convierta en emperador vitalicio de hecho. Y la única manera de lograr eso sin erosionar las fortunas de los ricos es mediante el pillaje imperial a costa de terceros. Los imperios son estructuras ineficientes, de manera que siempre tienen que pagarlos los demás; de lo contrario no se sostienen.