Amaia Fano-El Correo

La situación que se está viviendo en aguas del mar Caribe, con la flota de guerra estadounidense desplegada frente a la costa venezolana, no es una operación rutinaria contra el narcotráfico. Es un mensaje de advertencia. Y Nicolás Maduro parece haberlo recibido alto y claro.

Si este es el paso previo a una invasión militar o se trata solo de un farol para forzar su renuncia sin que se dispare un solo misil, está por ver. Pero, por primera vez, la figura del presidente venezolano se proyecta, no como la de un jefe de Estado legítimo –una vez acreditado que cometió fraude electoral–, sino como la de un peligroso delincuente internacional, el presunto líder de una organización llamada el Cartel de los Soles, contra quien pesan cargos por «conspiración para importar cocaína y narcoterrorismo» en el Estado de Nueva York.

Desde 2020, Maduro y su lugarteniente, Diosdado Cabello, han sido investigados por la DEA y el Departamento de Justicia de los Estados Unidos. Pero, hace unas semanas, la administración Trump aumentó la recompensa por información útil para su detención de 15 a 50 millones de dólares (lo que supera la cifra ofrecida por Osama Bin Laden), tras designar al Cartel de los Soles como «una organización terrorista global». Lo que cambia por completo la visión de la jugada y faculta a la Policía, el Ejército y la justicia estadounidense para incautar sus bienes (ya se han intervenido más de 4.000 millones de dólares a su nombre en 20 países) y ponerle bajo arresto.

La reacción del régimen venezolano ha sido, como era previsible, atrincherarse tras el discurso de la soberanía nacional, movilizar a los reservistas y reforzar a las milicias invitando a la población civil a alistarse para resistir al «invasor americano». Pero el contexto ha cambiado. Ya no es solo Washington. La ONU documenta torturas, represión, desapariciones y detenciones arbitrarias. La OEA habla de ruptura del orden democrático. Y sus aliados tradicionales –China, Rusia e Irán– se mantienen expectantes, sin reivindicar a Maduro, al que le quedan pocos amigos. Ni siquiera los líderes del Grupo de Puebla (con los que se reunió Pedro Sánchez) se alinean ya con el tirano venezolano, temiendo correr su misma suerte y que este sea el deshonroso final de la fábula del «socialismo del Siglo XXI».

Parece improbable una invasión militar inminente, al estilo de las de Afganistán o Panamá, pero sí se anticipa un cambio de escenario en la región. El mundo se prepara para el día después de Maduro, al que nadie se imagina muriendo por la patria si le dan a elegir la cárcel o el exilio en su lugar. Y la pregunta entonces será inevitable: ¿dónde estarán el Gobierno de España, Rodríguez Zapatero y algunos de los dirigentes de la izquierda vasca y española que han defendido la no injerencia y el chavismo durante años, sirviendo como lobistas y asesores a sueldo de la mal llamada revolución bolivariana, cuando al fin se abran las cárceles y los centros de tortura, y se demuestre que ha sido un régimen corrupto, sanguinario y criminal?