Luis Ventoso-El Debate
  • Una de las características de esta etapa es el sentimentalismo de cartón piedra del líder, que contrasta con su corazón de piedra ante las víctimas de las catástrofes

Cuando acabé la carrera me quedaron unos meses libres antes de hacer la mili y mis padres tuvieron el sorprendente detallazo de enviarme a estudiar inglés a Toronto. Allí vivía en la casa de un matrimonio de bohemios aficionados al alpiste y padres de un hijo, un simpático chavalín rubio de siete u ocho años. Era todavía el Pleistoceno tecnológico, no había móvil ni internet, y me llevé a Canadá algunos casetes, entre ellos uno de Los Chunguitos, que me hacía gracia. Lo puse algunas veces y resultó que el niño de la casa se volvía loco con la canción Dame veneno. La magia gitana superaba la barrera idiomática. El retaco me perseguía por la casa con un ruego: «Oh, Luis, please, play again for me that spanish rock and roll!».

Los gitanos poseen un don para la música y el baile, hasta el extremo que su arte constituye uno de los tesoros artísticos de España, un patrimonio nacional.

Hay también auténticos héroes gitanos. Por ejemplo, el extraordinario beato Ceferino Giménez Malla, El Pelé, cuyo martirio jamás recordará el oficialismo. Fue un respetado tratante de ganado oscense, que siendo analfabeto alcanzó una cómoda posición económica. Firme creyente católico, en julio del 36 lo detuvieron por defender en Barbastro a un cura agredido a culatazos por milicianos republicanos. Sus captores le ofrecieron el perdón si renegaba de su fe y del rosario que portaba. Se negó y en la madrugada del 8 de agosto lo balearon contra la tapia del cementerio.

Los gitanos españoles han ganado medallas olímpicas, como el jinete Rafael Soto. Han sido astros del deporte, como el malogrado futbolista Reyes, y del toreo, como Cagancho o Paula. Participan en la alta política desde que Juan de Dios Ramírez Heredia se convirtió en diputado en 1977, en las filas de la UCD. Han sido comerciantes de éxito, destacando en las antigüedades y la joyería; figuras televisivas, como el gran Iker Jiménez; y por supuesto, gigantes de la música y el baile, de Camarón a José Mercé, pasando por los catalanes Carmen Amaya y Peret, o figuras que han conquistado teatros por todo el mundo, como los bailarines Joaquín Cortés y Farruquito, o la sísmica Lola Flores.

El racismo es un pecado y una barbaridad que no tiene justificación posible. Pero ello no es óbice para poder decir que los seis siglos de historia de los gitanos en nuestro país se escriben con luces y sombras. Como en cualquier comunidad, hay personas de una calidad humana extraordinaria y otras de una pasta moral revirada. La andadura de los gitanos no se puede contar omitiendo sus problemas, que están ahí, como su alta tasa de criminalidad, la propensión al machismo o los bajos niveles educativos, que por fortuna se van superando.

Para entretener el sábado a la mañana, y como no puede salir de su búnker sin que lo abucheen, Sánchez organizó un acto en la Moncloa en homenaje al pueblo gitano. La cita sirvió para que volviese a la luz de los focos la quíntuple imputada, nuestra seudo primera dama, que llevaba cinco meses escondida (una penitencia de un mes de reclusión por cada delito del que se la acusa).

Sánchez, al que la presentadora acabó saludando con fraternidad calé como «Primo Pedro», está tan acostumbrado a lisonjear a los separatistas que se lanzó a ensalzar «la lengua, el himno y la bandera del pueblo gitano», como si fuesen otra nación presuntamente irredenta, como su «Euskadi» y su «Catalunya». Ofreció un discurso empalagoso e hiperbólico. Incluso los presentó como ejemplo de «esfuerzo», cuando uno de sus problemas clásicos ha sido más bien la propensión a lo contrario (aunque ciertamente hay chicos gitanos que hincan los codos a tope, feriantes que empiezan a trabajar antes del alba, gente que se aplica muy duro en el campo, el comercio, las artes…).

Está muy bien, por supuesto, que se rinda tributo a los gitanos. Pero el montaje moclovita refleja, una vez más, uno de los rasgos distintivos y poco comentados del cansino régimen que soportamos: su enorme cursilería y su atosigante corsé de corrección política.

El planteamiento del sanchismo es curioso. Proscribe toda invocación a Dios y a lo espiritual, mientras predica y trata de imponer su propia seudo religión, el empalagoso «progresismo», que al final es el resentimiento izquierdista de toda la vida barnizado con un poco de pánico climático, feminismo de pose, chochera de género y subcultura de la muerte. Don Pedro hace gala de una sensiblería de cartón piedra en sus actos de márketing político. Pero ha mostrado una frialdad que asusta ante el tremendo dolor de las víctimas de la pandemia, la dana o el accidente ferroviario.

Cuando la incompetencia se funde con el sectarismo más excluyente y una querencia por lo hortera, el resultado es el que vemos. Y lo notable es que conserva todavía un 26 % de apoyo electoral, según la encuesta de hoy de El Debate.

«Dame veneno que quiero morir», cantaban Los Chunguitos. Y un 26 % del electorado lo suscribe. Como dijo en su hora el extraordinario torero gitano Rafael El Gallo, «es que hay gente pa’ to».