Pedro J. Ramírez-El Español
Puente dijo que era «inverosímil» que se hubiera producido un accidente como el de Urda. Y, en efecto, cuesta creer que algo así haya podido suceder en un país desarrollado que había hecho de la Alta Velocidad una de sus mejores banderas.
Pero aún más «inverosímil» resulta que alguien de su catadura haya llegado a ministro de Transportes y pueda mantenerse ni un día más en el cargo después de lo sucedido. Y de lo que salió de su boca el viernes.
Sánchez dijo que era «inasumible» que en menos de diez meses se hayan producido dos siniestros ferroviarios de esta envergadura en la misma línea. Y, en efecto es imposible aceptar que 115 compatriotas perdieran sus vidas entre hierros retorcidos en dos jornadas trágicas.
Pero aún más «inasumible», porque engloba Adamuz, Urda, el apagón, Ceuta, la amnistía, la corrupción y todo lo demás, es que alguien de su condición moral lleve gobernando ocho años y medio y pretenda perpetuarse en el poder dentro de cuatro domingos.
Porque las tragedias del 23 de enero y el pasado miércoles —por seguir la distinción glosada por el socialista Virgilio Zapatero— no fueron fruto de ninguna «catástrofe» natural como una dana o una erupción volcánica, sino de una «calamidad» política.
Es decir, de una gestión calamitosa, engarzada en la progresiva degradación de nuestra cultura democrática. Una vez más la corrupción y la incompetencia han resultado ser las dos caras de una misma moneda, acuñada con los peores metales extraídos de las entrañas de nuestra sociedad.
Nada ha sucedido de un día para otro. Ni tendrá su final si las urnas del 29—N no entierran bajo una losa perenne al responsable máximo y todos sus cómplices.
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Yo estaba allí en el Círculo de Bellas Artes el 11 de diciembre del 23 cuando 14 de los 22 miembros del nuevo gobierno asistieron a la presentación de la segunda hagiografía de sí mismo firmada por Pedro Sánchez. Se titulaba Tierra firme, toda una premonición de lo que nos impediría pisar desde entonces.
Puente, en la primera fila entre Marlaska y Pilar Alegría, recibió un inesperado pellizco cuando el maestro de ceremonias, Jorge Javier Vázquez, preguntó a Sánchez qué le parecía que su ministro de Transportes bloqueara en X a dirigentes del PP.
«He tomado dos decisiones muy importantes en mi vida, dejar de fumar hace 20 años y dejar mis redes en manos de una community manager«, repuso el presidente. Para pasmo general, Puente levantó la voz desde su asiento: «Yo no voy a hacerlo».
No llevaba ni un mes como ministro y ya buscaba la bronca. Pronto quedaría claro que su verdadera cartera era esa. Ministerio del ‘Hodio’, la Bronca y la Inmovilidad Insostenible.
Habíamos tenido relación cuando era alcalde de Valladolid y le recomendé que se concentrara en la gestión y se moderara. «En eso voy a peor», me contestó más de veras que de broma.
Lo que le ponía era llamar al novio de Ayuso «testaferro con derecho a roce», a Milei drogadicto y a Vito Quiles directamente «saco de mierda».
Tras los primeros reproches, encargó a su gabinete un dosier que demostrara que a él le insultaban más y hasta se sorprendió de que Alsina le preguntara qué beneficio obtenía el interés público de ese gasto.
De forma intermitente me mandaba quejas sobre las críticas que recibía por parte de articulistas del periódico. Le obsesionaba especialmente lo que se publicaba en la edición de Castilla y León, pues quería cuidar su feudo.
Cuando estallaron los casos ‘Koldo‘ y ‘Begoña‘ vio que esa era su pecera soñada. Guerra a la «fachosfera». Rápidamente, su tono se fue agriando hasta convertirse en el gran paladín de la campaña de Sánchez contra los medios, en sintonía con la cloaca de ‘la Fontanera’.
Adamuz le llevó al paroxismo de ver fake news en cada revelación embarazosa para él. Ya fuera sobre la supresión de la Unidad de Emergencias o la falta de trenes rastreadores. Y no tuvo reparo en repetir la jugada de crear una web de desmentidos —la mayoría falsos— con cargo al erario.
Cuando con los denuestos llegaron las amenazas, dejé de contestarle. «Me he cansado de viajar a Siracusa», le expliqué para no cortar a la francesa. No hacía falta ser Platón para darse cuenta de que él era ya tan incorregible como el tirano Demetrio.
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Ese accidente con 46 muertos el 23 de enero habría marcado un antes y un después para cualquier otro político.
Una vez que ni dimitió ni fue cesado, a Puente le quedaba la oportunidad de impulsar la investigación y volcarse día y noche en la auditoría de la red, la mejora de las infraestructuras, el refuerzo de la seguridad, la revisión de los protocolos, el impulso de los contratos del ERTMS, la reducción de las caídas del LZB, la superación del pésimo ambiente de trabajo en Adif y Renfe o el fortalecimiento de la relación con Iryo y Ouigo.
Ni un accidente ferroviario más, ni una víctima adicional por un choque de trenes. Esa, sólo esa, debió ser la única razón de su continuidad en la vida pública. La entrega a tiempo completo de un gestor, planificador y ejecutor con hábitos de asceta.
Adamuz le llevó al paroxismo de ver fake news en cada revelación embarazosa para él. Ya fuera sobre la supresión de la Unidad de Emergencias o la falta de trenes rastreadores. Y no tuvo reparo en repetir la jugada de crear una web de desmentidos —la mayoría falsos— con cargo al erario.
Sólo así habría podido tratar de redimirse de su responsabilidad funcional sobre la fatiga de la vía y la chapucera soldadura que, según los hallazgos de la guardia civil, desencadenaron la primera tragedia.
En sus trenes había llegado la muerte. A sus trenes debía dedicar lo que le quedara de vida pública, luchando a brazo partido con su propio nivel de incompetencia.
Pero aún no conocíamos hasta qué punto podía este individuo apartarse de las más elementales pautas de conducta que marcan el perímetro de la dignidad humana. Cuán baja era su calaña.
En una loca huida hacia adelante, Puente siguió a lo suyo, a revolcarse en el barro. Aprovechando el cargo y todas sus prebendas para lanzar vitriolo a discreción y continuar envenenando la convivencia. Como el borracho que siempre trata de sacarle ventaja a la resaca con una copa de más.
Podría decirse que del Rey abajo no se le escapó ninguno. Porque llamó «imbécil», «estúpido» o «antigualla indigna» a Feijóo; «mamarracha» a Ayuso, «acabado» y «resentido» a Madina o «miserable» y «vago» al alcalde de Valladolid.
Pero esa apreciación también se quedaría corta porque el propio Felipe VI fue incluido entre sus víctimas, cuando le propinó la «coz» equivalente a la que el cabrero de La Odisea descarga sobre Ulises.
Lo hizo al atribuirle la «ignominia» de «cruzar una línea roja» y exigirle que «algo así no se vuelva a repetir». ¿A cuenta de qué? Pues de algo tan banal como la foto que el monarca no pudo impedir, cuando en una recepción en Colombia se plantó a su lado el comunicador ultra más detestado por Puente.
Poco antes había tenido lugar la conversación con Bolaños que EL ESPAÑOL recogió de labios de un testigo presencial. «Qué cosas dices, qué agresivo eres, yo no podría tuitear cosas así», le comentó el triministro de pudorosa sonrisa.
Y Puente no se anduvo con chiquitas: «Por eso yo lleno los telediarios y tú no».
Por eso Puente se convirtió en el «sucesor designado» y Bolaños no.
No fue una casualidad que la «coz» republicana de su ministro tuviera pronto su continuidad en el resbalón del subconsciente de Sánchez al alegar que Felipe VI llevaba «reinando más de 20 años (sic)» sin ir a Ceuta y Melilla.
Y que poco después, ante el mero atisbo de que su entreguismo en Ceuta engullera a Sánchez, Puente se viniera arriba. Haciendo suya la pasión por el basket de su jefe —lo único respetable que le queda— dijo que «si la pelota le llegara a falta de dos segundos… no soy de los que la pasan».
Luego moderó las prisas, sin desmentir el ansia: «Estoy a lo que mi partido necesite».
Tan rápidamente había enterrado hasta los últimos recuerdos de Adamuz que en el ‘ascenshow’ se permitió escupir al cielo: «Vaya por Dios. Como si no tuviéramos bastante con la Renfe ya».
Y a continuación se puso a bailar. Faltaban 9 días para la tragedia de Urda.
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Bastó una nueva alerta roja por lluvias en Valencia, en septiembre del año pasado, para que Puente se abalanzara una vez más sobre el teclado: «¿Ha reservado ya mesa en el Ventorro Mazón?».
¡Cómo no le vamos a aplicar ahora su propia medicina!
Si hay que medirle por ese rasero de un alto cargo que se distrae y dilapida un tiempo precioso en un lugar en el que no debería estar cuando más se necesita que priorice sus obligaciones, Puente debería irse de España o hacerse la cirugía plástica para que nadie le reconozca por la calle.
Porque, si de acuerdo con su propia confesión entre broma y baile en ese programa de la Sexta, Puente publica «entre 12 y 20 tuits al día», eso significa que en los 283 días transcurridos entre Adamuz y Urda, ha publicado entre 3.396 y 5.660 mensajes.
Si hay que medirle por ese rasero de un alto cargo que se distrae y dilapida un tiempo precioso en un lugar en el que no debería estar cuando más se necesita que priorice sus obligaciones, Puente debería irse de España o hacerse la cirugía plástica para que nadie le reconozca por la calle.
Teniendo en cuenta que cada uno de ellos implica seguimiento de lo que dicen los demás tuiteros y una elaboración mínima buscando argumentos, citas o enlaces, no es descabellado deducir que en este periodo crítico en el que debía haberse consagrado al sacerdocio de la seguridad ferroviaria, Puente se entretuvo cerca de mil horas en ‘el Ventorro de X’.
Y no era su único Ventorro. Para Puente cada entrevista en un medio o cada comparecencia parlamentaria era sobre todo una oportunidad de acodarse sobre la barra de la taberna y fanfarronear sobre sus imaginarios logros, como si aun llevara el palillo entre los dientes.
«¿Saben por qué piden tanto mi dimisión?», replicó al PP en el Senado seis días después de Adamuz. «No porque haga bien mi trabajo, sino justo por lo contrario, porque lo hago muy bien».
En ese absurdo «justo por lo contrario» está el antecedente del «y encima en campaña electoral», incrustado este viernes en sus ultrajes a muertos, heridos y familiares, al usurpar el papel de víctima ante el «calvario» que dice que le espera.
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¿Cómo que «encima en campaña electoral»? O sea que para él no hay mayor drama que la rendición de cuentas, no ante los medios afines, a los que se les pueden filtrar audios editados para criminalizar a un operario, sino directamente ante los ciudadanos.
Sólo faltaba la frase de «la pierna», precedida de ese «Bufff» en forma de resoplido. Fue su reacción instantánea a la pregunta de si dimitiría para «reconfortar» a las víctimas.
Estremece repasar el vídeo con su pretensión de catalogar «del cero al cien» el daño de quien «ha perdido a un hijo, a su padre, a un hermano o ha perdido una pierna».
¿Cómo que «encima en campaña electoral»? O sea que para él no hay mayor drama que la rendición de cuentas, no ante los medios afines, a los que se les pueden filtrar audios editados para criminalizar a un operario, sino directamente ante los ciudadanos.
Le faltó continuar descendiendo en el tobogán de la indiferencia, en pos de quien haya perdido un dedo, un mechón de pelo o la cartera.
Al escuchar toda su jerigonza seudotécnica, y a la postre contradictoria, me acordé de la descripción de la agonía del personaje bautizado como el Pelele en la novela de Miguel Ángel Asturias El Señor Presidente:
«Las uñas aceradas de la fiebre le aserraban la frente. Disociación de ideas. Elasticidad del mundo en los espejos. Desproporción fantástica. Huracán delirante. Fuga vertiginosa, horizontal, vertical, oblicua, recién nacida y muerta en espiral».
Estamos en el pórtico mismo de la jitanjáfora, cuando las palabras del adiós se convierten en meros sonidos, vacíos de concepto: «Erre, erre… Tit—tit… Sinbarán, bun, bun, sinbarán».
Por algo titula Luis Mateo Díez su prólogo a la obra del gran autor guatemalteco como «La podredumbre del poder».
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Desde que Sánchez sostuvo a través de la fiscalía que el apaleamiento de una imagen con su efigie supuso una «incitación al magnicidio», hemos caído en el error de identificarle con aquel pelele.
Eso nos ha impedido comprender que en la escena goyesca del manteo que en realidad nunca llegó a reproducirse, Sánchez no habría sido el manteado sino el manteador, con ayuda de sus monaguillos de servicio en Moncloa, Ferraz, TVE y los medios subvencionados con hasta 21 millones.
Habitualmente los manteados han sido los dirigentes de la oposición. Pero como los dioses de la opinión pública siempre tienen sed —si no de justicia sí de castigo reparador— de forma recurrente también han sido manteados algunos de los propios ‘camisas viejas’.
A algunos los ha elevado muy alto antes de permitir que se estrellaran con el suelo.
Con motivos diversos, Ábalos, Iván Redondo, Santos Cerdán, María Jesús Montero o brevemente Montse Mínguez han pasado ya por ese trance de los juguetes rotos. El manteado es ahora Puente y muy pronto le tocará a Zapatero.
Porque, al final, el único que tiene derecho a pronunciar el ‘abracadabra, pata de cabra que yo no he sido’, el ‘hocus pocus, malus locus que la culpa no es mía’ o el ‘supercalifragislitico espialidoso de la fuerza del amor’ es el Señor Presidente.
Para que la fórmula de Klitgaard –»Corrupción igual a monopolio más discrecionalidad menos rendición de cuentas»— pueda estar en vigor es imprescindible tener el control del lenguaje.
«Cuando yo uso una palabra significa exactamente lo que yo decido que signifique», proclama Humpty Dumpty.
Eso incluye «inasumible», «inverosímil» o «confianza quebrada». Y, por supuesto, todas las jitanjáforas psicopáticas destinadas a desorientarnos antes de votar. Sin tan siquiera respetar la pesadumbre. Aunque sigamos perdiendo «padres», «hijos» y «piernas».