Ignacio Camacho-ABC
- Más que por la ideología, el voto de los andaluces se orienta por una tendencia conservadora a ampararse en el sistema
La ideología es una cosa y el voto otra. Aunque a menudo coincidan, quizá más de lo que debieran, en las sociedades maduras y en ciudadanos capaces de pensar con cierta independencia no siempre existe una relación lineal y directa. Si la hubiese, si no contaran la decepción, la conveniencia, el hartazgo o el impacto de algunas medidas concretas, las urnas jamás darían sorpresas. Bastaría con medir la autodefinición de los ciudadanos, su identificación con determinados valores o ideas, para acertar siempre en las encuestas. Esta noche, cuando el escrutinio otorgue al PP y Vox una facturación agregada del sesenta por ciento del voto –en todo caso bastante más del cincuenta– volveremos a oír que Andalucía se ha vuelto de derechas. No es exacto, como tampoco cuando arrasaba el PSOE lo era que se tratase de una comunidad de izquierdas. En realidad, el electorado andaluz tiene un fuerte sesgo institucionalista, conservador en el sentido de que manifiesta un claro apego al amparo del sistema.
Durante mucho tiempo, los socialistas encarnaron ese instinto de protección que empuja a la gente a cobijarse al abrigo del Estado. Dirigieron la salida del subdesarrollo, cuyo recuerdo atávico aún condiciona el comportamiento social mayoritario, y se apropiaron de la autonomía para construir en ella –o con ella– un régimen de fuerte clientelismo asentado sobre todo en los sectores agrarios. Pero con los años llegó primero la rutina, después la corrupción, más tarde el apoltronamiento y por último el hartazgo, la sacudida que desembocó en el vuelco –de pura carambola– en el momento menos esperado. A partir de ahí, el antiguo partido hegemónico perdió la cohesión que le proporcionaba el poder y se precipitó en el caos, mientras Juanma Moreno se asentaba gracias a un estilo caracterizado por la habilidad emocional para no provocar rechazo. El éxito del ‘juanmismo’ radica sobre todo en la transversalidad, en el sosiego empático que inspira a unos votantes refractarios a los grandes cambios.
La derecha radical reprocha al presidente de la Junta que apenas haya cambiado nada. No es verdad porque ha aplicado reformas para liberalizar la economía, recuperar la neutralidad administrativa y estimular una productividad estancada, pero en todo caso tampoco le ha hecho falta imprimir un sello doctrinario a la gobernanza; le ha bastado con aplicar una gestión templada que mantenga sin sobresaltos los indudables logros estructurales de la anterior etapa. La mayoría absoluta que hoy trata de revalidar sólo se puede conseguir aglutinando capas de población amplias que van desde el conservadurismo moderado hasta la orilla de la socialdemocracia. Y el sanchismo ha ayudado con su estrategia de polarización dramática, su alianza con los separatistas y sus obsesiones doctrinarias. Pero los andaluces no han experimentado un giro ideológico sustancial; siguen más o menos donde estaban, en una posición básicamente pragmática. Y lo que estas elecciones dilucidan es hasta qué punto desean conservarla.