FRANCISCO ROSELL-El Mundo

En la cima de su poder, antes de presentarse el General Invierno en Rusia y de su hecatombe en Waterloo, le inquirieron a Napoleón qué era lo que más temía. «A los imbéciles –replicó sin ambages–. No hay forma humana de cubrir un frente tan numeroso». No barruntó que, a su muerte, se formaría otra tropa más nutrida y que engruesan quienes, en su delirio, sienten ser la reencarnación del mismísimo Bonaparte. Con relación a ese extendido trastorno, un democristiano del diablo como Andreotti introdujo una variante italiana. Ironizaba con que, junto a quienes suponían ser Napoleón, estaban aquellos otros pobres chiflados resueltos a mejorar la red de ferrocarriles del Estado.

Con esa psicología adolescente inherente a quienes anhelan compensar con megalomanía desbocada su palmario complejo de inferioridad, el expresidente de la Generalitat, Carles Puigdemont, ha tratado de erigirse en el Napoleón de Cataluña, si bien ha tenido su Waterloo sin pasar por Austerlitz, su final sin principio. Pretendiendo burlar a la democracia española, como el que llama a desgracia, el prófugo tentó a la suerte y a la historia constituyendo su fantasmagórica corte de los milagros precisamente en los pagos anejos a Bruselas del trascendental cataclismo napoleónico.

Tras proclamar la independencia y salir trasconejado, dejando en la estacada a los suyos, como le afeó el vicepresidente belga, Kris Peeters, su tocata y fuga ha supuesto un recital en línea con el personaje de Orson Welles en La Dama de Shanghai: «Cuando empiezo a comportarme como un idiota, entonces casi nada puede detenerme». Para colmo, su sino ha sido el de Ruiz-Mateos, también capturado en su día en Alemania, y al que le reían sus gracias y jugarretas, como a Puigdemont, del que su incondicional Pilar Rahola tuiteó en las horas previas a su arresto que era el «puto amo» por la forma en que se recochineaba del Estado. «Como creo lo que invento, no me parece que miento», dice un proverbio tan viejo como perenne.

Al ser intrínsecamente imposible que el interfecto pusiera fin por sí mismo a su suma interminable de dislates, cayó en la red. Con la perseverante paciencia de la araña que mueve sigilosamente sus hilos hasta atrapar al moscardón que no se percata de su desgracia hasta que su situación muta en irremediable, el Estado echó el guante a Puigdemont. A base de hacerse presente hasta en la sopa, incurrió en la pifia que lo enjauló.

Si Wellington no habría salido victorioso en Waterloo sin la proverbial aparición del general prusiano Blücher, otro tanto cabe con la Policía alemana. Pero sin incurrir en aquel exceso de Guillermo II cuando, con apreciable falta de tacto, aseveró que Blücher rescató al ejército británico de su destrucción. En este caso, los servicios secretos españoles se han sacado la espina de los infaustos prolegómenos de la consulta ilegal del 1 de octubre, si bien quizá no quepa cargarles a ellos todo el mochuelo, sino a quienes desatendieron todos los avisos, engañándose con que el separatismo iba de farol, cuando se crecía a medida que hallaba facilidades.

Con el burlador burlado de Waterloo se han hecho ciertos los versos del don Juan de Zorrilla: «Adviertan los que de Dios/ juzgan los castigos grandes/ que no hay plazo que no llegue/ ni deuda que no se pague». Seguro de su impunidad, despreció la admonición con un displicente: «¡Qué largo me lo fiáis!». Largos pudieron hacerse, pero fueron justo 155 días en cabal correspondencia con el guarismo del artículo de la Carta Magna que posibilitó su defenestración por la asonada contra el orden constitucional y la unidad de España.

Empero, conviene preguntarse por qué una parte de los catalanes, sabedores de que todo tiene un precio –esa fue la pregunta que se hizo Pla al observar el espectacular alumbrado de Nueva York– y que no sale ni a la puerta de la calle sin aclarar por cuánto les saldrá la broma, cierra ojos y mente para embarcarse en un viaje a ninguna parte. Es más, dispuestos incluso al naufragio, por más que acaricien la idea aterciopelada de que se puede romper una nación trimilenaria con un hola y adiós.

Tampoco reparan en que ello pone en solfa el proyecto europeo que se levantó sobre las tierras devastadas por las dos guerras mundiales desatadas por el nacionalismo, lo que explica que la única compañía europea sean los fascismos xenófobos y los antisistema de la extrema izquierda eurófoba.

Con lágrimas de plomo, Rudyard Kipling cinceló en su epitafio sobre la tumba de su único hijo, muerto en el campo de batalla de la primera gran contienda mundial, una gran verdad de una gran mentira: «Si alguien pregunta por qué morimos, decidle que fue porque nuestros padres mintieron». Como enseña la historia propia y la ajena, la violencia no vive sola. Lo hace entrecruzada con la mentira, de modo que al hacha que representa a la primera se entrelaza la serpiente de la falsedad. Así, la violencia se embosca tras la mentira, y ésta se apoya en la violencia.

La serpiente, como explicita la popular canción soul de ese título y que Trump ha manipulado a conveniencia en varias hitos de su carrera presidencial, siempre acaba por mostrar su verdadera faz. The snake narra la historia de la mujer que recoge a uno de estos reptiles con el que se topa medio congelado en el camino. Afligida, le da cobijo, lo alimenta con leche y miel y lo acomoda al lado de la chimenea. Tras prodigarle cuidados y esmeros, la sierpe se revuelve y le asesta una mordedura venenosa. Cuando la aturdida protectora le inquiere sobre por qué le paga con tamaña ingratitud, el ofidio se regocija gozoso: «Oh, cállate, mujer tonta./ Sabías jodidamente que era una serpiente antes de llevarme contigo».

Esta fábula ilustra la metamorfosis de la autodenominada Revolución de las sonrisas en Cataluña, aunque nunca fuera esa su naturaleza, como tampoco era la condición de la serpiente que se encara contra su bienhechora. A menudo, el odio se disfraza con careta sonriente cuando hiede a hiel. En cuanto se ha desplomado el teatro de la farsa y el primero de sus impostores se ha precipitado al foso, los Gandhi de opereta, con su impostado pacifismo, han aparecido con la máscara oscura y tenebrosa con la que intensifican su violencia callejera y reviven escenas ya vistas en el País Vasco con la kale borroka.

Al respecto, convendría no banalizar esa violencia relativizándola como de baja intensidad, cuando tanta yesca se apila. Obra efectos letales al hacer que el ciudadano se olvide de lo que es y cómo piensa. Sumido en una espiral de silencio, le convierte en rehén de sus verdugos, al modo de ese vecino del juez Llarena. Éste ha plantado una estelada bien visible para que nadie confunda su residencia veraniega con la del magistrado del Tribunal Supremo erigido en martillo de golpistas.

La vanguardia de esos activistas, reclutada por la CUP y amparada por el mismísimo presidente del Parlamento, Roger Torrent, además del resto de corifeos del separatismo, agrava una deriva furibunda. Ya era apreciable tanto en las vísperas como en las postrimerías del intento de golpe de Estado del 1 de octubre. Basta ver el piélago de pruebas que la Guardia Civil ha remitido al juez Llarena, documentando hasta 315 actos virulentos en el periodo comprendido entre el 1 de septiembre y el 8 de octubre, lo que habla meridianamente claro.

Tales tropelías evocan aquellas escuadras mussolinianas de los años 20 que conformó el Duce contra sus adversarios, y luego revividas por el chavismo en Venezuela, al mismo tiempo que se presentaba como el único capaz de preservar la paz en Italia, aunque sea ésa una marea de difícil conducción y que puede volverse con redoblada furia en cualquier dirección.

Después de cuarenta años de adoctrinamiento de la cuna a la sepultura y de fabulación histórica basadas en falacias complacientes, junto a la labor atosigante de un poderoso instrumental de agitación y propaganda, se ha asentado en Cataluña un pensamiento paranoico, así como una forma psicótica de hacer política. Así, una explosiva vena loca (rauxa) arrasa cualquier atisbo de sentido común (seny), remembrando El extraño caso del doctor Jekyll y mister Hyde. Al formularse quiméricos objetivos imposibles de satisfacer, el consecuente fracaso exacerba el sentimiento de frustración del paranoico, quien se revuelve contra el Otro, contra el que difiere de sus postulados ideológicos, al que tiene por el infierno de sus desgracias y al que convierte en chivo expiatorio de las mismas.

Por muchas vueltas que se le dé al independentismo catalán, éste no configura un problema estrictamente político, sino que lo desborda y entra en la esfera de la psiquiatría. En consecuencia, sólo cabe, retomando el consejo del gran antropólogo Julio Caro Baroja sobre País Vasco, recurrir a trenes llenos de psiquiatras. Dado como el nacionalismo mete a los catalanes en el pozo del que a los vascos les ha costado Dios y ayuda sacar cabeza, mejor no echar en saco roto la apreciación del sobrino de don Pío.

Para Caro Baroja, salir del laberinto vasco obligaba a corregir un problema de autovisión errónea que llevaba a sus paisanos a indagar causas exteriores cuando era un problema originado por ellos mismos. «La única esperanza para Euskadi –concluía, lo que vale también para Cataluña– es el cansancio, pues este país vive en tiempos de tragedia, y la tragedia se basa en una falta de adaptación absoluta a su espacio y a un desconocimiento total del tiempo en que vive».

Por eso, siguiendo la dicotomía que Andreotti establecía para Italia, diríase que, en España, hay también dos clases de locos: quienes se creen Napoleón y aquellos otros que estiman que es posible devolver la cordura a los secesionistas en una España en la que la ley de las consecuencias imprevistas no puede estar mejor servida. Auspiciando un encaje nacionalista por medio de una Constitución de su agrado, estos propugnan descabalar España. Alzados en hijos del destino, los soberanistas son presa de calamitosas alucinaciones románticas que derivan en enormes camposantos como aquel en el que yacen los huesos del malogrado hijo de Kipling.