Carlos Martínez Gorriaran-Vozpópuli
- Las diferentes iglesias protestantes tuvieron desde el principio un papel estelar, y tutelar, en la configuración de los Estados Unidos
A su manera, Trump es un maestro de la retórica política, uno de cuyos secretos consiste en entretener a todo el mundo con un asunto mientras en realidad se trabaja otro. Esta semana había anunciado un discurso histórico sobre la guerra de Irán, y una legión de analistas -sobre todo los que le detestan, pero no solo ellos-, se apresuraron a especular si anunciaría un acuerdo con los ayatolás y la fecha del fin de la guerra o, todavía más histórico, la salida de Estados Unidos de la OTAN, que sería el modo trumpista de vengarse abandonando a la dependiente e ingrata Europa a sus tremendas debilidades.
Al final, patatas: Trump se limitó a reiterar que los ayatolás serán derrotados pero sin fecha, y que la guerra duraría un par de semanas (como desde el principio: llevamos un mes largo). Como de costumbre, la bolsa primero subió y el barril de petróleo bajó, para hacer lo contrario tras el bluf del inminente fin de la guerra. Nada nuevo bajo el sol, al menos por ese lado del escenario.
Pero mientras todo el mundo especulaba sobre estrategia militar, el futuro de la OTAN y el impacto en la economía, hete aquí que Trump elegía la víspera del Jueves Santo para mover sus peones religiosos: famosos y trumpistas predicadores se acercaron al micrófono para revelar que el presidente es un enviado de Dios y, casi, su representante en la Tierra. Llevada por el entusiasmo y es de suponer que el sueldo, la asesora espiritual de la Casa Blanca, Paula White -en serio, el cargo existe-, comparó al presidente con Jesucristo, afirmando que también fue traicionado y acusado falsamente, que resucitó, venció a la muerte y vencerá a todos sus enemigos. Faltan los detalles de esa muerte, pero la exactitud nunca ha sido un problema para el trumpismo, ni para el fanatismo en general. Simplemente, es el contraataque del wokismo cristiano, corriente política-religiosa tan importante en Estados Unidos como poco conocida fuera.
Una república muy religiosa
Trump siempre se ha rodeado de partidarios devotos, comenzando por el vicepresidente Vance, un republicano muy conservador converso al catolicismo, asunto sobre el que ha reflexionado en sus memorias, un libro importante: Hillbilly Elegy (Elegía campesina: una memoria de una familia y una cultura en crisis). Pero eso no es raro en Estados Unidos, todo lo contrario: lo dificilísimo es hacer carrera política si uno se manifiesta ateo e incluso agnóstico. A pesar del laicismo expreso de la Constitución, las oraciones y preces son constantes en el calendario institucional, y el mismísimo presidente actúa como un Supremo Pontífice temporal en el devoto Día Nacional de la Oración que, desde la presidencia Truman, se celebra oficialmente en la Casa Blanca y es una de las grandes citas políticas y sociales del calendario.
En efecto, el papel de la religión tradicional en la democracia republicana es una de las grandes diferencias de Estados Unidos con la mayoría de Europa occidental. En nuestro continente la religión también ha tenido un gran papel político, sí, pero o como religión de parte -por ejemplo, el integrismo católico de los carlistas y franquistas- o transformada en religión política, desde las patochadas de Robespierre con la religión oficial del Ser Supremo, que debía sustituir por la fuerza al catolicismo, a la configuración de dos macroreligiones políticas, el marxismo y el nacionalismo, más fundadas en la fe de su trascendencia histórica que en la razón política.
En cambio, en Estados Unidos las diferentes iglesias protestantes tuvieron desde el principio un papel estelar, y tutelar, en la configuración de la república norteamericana; lo analizó con gran agudeza, y admiración, el liberal moderado Alexis de Tocqueville en su magna obra La democracia en América. Para resumir: la religión tradicional hizo desde el principio de cemento patriótico de la ciudadanía estadounidense, de contrapeso espiritual al materialismo burgués y de comunitario al individualismo liberal (contrapeso a menudo asfixiante y despótico).
La verdadera religión
La esencia del protestantismo es la relación personal del fiel con Dios, con la Biblia como único mediador, concepto de lo cristiano (a menudo atormentado) que promueve tantos cismas posibles como experiencias religiosas personales haya en competencia. Por eso, y a diferencia del catolicismo -siempre visto con sospecha o rechazado como dictadura papista-, la creación de nuevas iglesias es un proceso que sigue vivo en la actualidad. Esas iglesias no han renunciado a tener un papel público, es decir, a influir en las decisiones políticas a todos los niveles, desde qué libros se leen en la escuela a la política exterior del país.
Los creadores de iglesias describían su proyecto como nuevo “despertar” (awakening) a la palabra desoída de Dios. Históricamente se cuentan tres o cuatro -según- de estos grandes despertares, que en Estados Unidos conseguían movilizar a masas tan cuantiosas para escuchar a predicadores inspirados como las apariciones marianas en la Europa católica. En los sesenta del siglo pasado, los predicadores protestantes negros que lideraron el movimiento de los derechos civiles, como Martin Luther King, pusieron sin saberlo las bases para una de las más extrañas hibridaciones de la historia de las ideas: el wokismo religioso -en habla afro, “woke” (desperté) sustituyó a awakening– con las corrientes favoritas del movimiento izquierdista universitario: despertar a Dios pasó a ser tener conciencia social; la redención de los pecadores, redención de las minorías étnicas, mujeres y homosexuales; la lucha contra la indiferencia religiosa, combativo activismo cultural; la oposición a ideas materialistas o ateas, cancelación de la cultura liberal. Y así todo.
Era cosa de tiempo que el awakening cristiano original volviera a la palestra, reactivada por el ala más conservadora, nacionalista y antiliberal de los republicanos, el MAGA de Donald Trump. A lo que estamos asistiendo, pues, es simplemente al movimiento de péndulo: un woke derechista que aspira a expulsar al izquierdista, motejado de herético o diabólico. Nada de esto tendría mucha importancia si no fuera porque la religión y sus cuitas la siguen teniendo en Estados Unidos. De ahí que Trump entretuviera a detractores y partidarios con anuncios de grandes decisiones estratégicas mientras se trabajaba la reagrupación y relanzamiento de su presidencia como un acontecimiento histórico-religioso no menor que el cruce del Mar Rojo por Moisés y los israelitas, al menos si crees a Paula White. Facta, non verba: atentos a los hechos y menos a la verborrea política.