Ignacio Camacho-ABC

  • Sánchez tantea un curioso experimento político: hacerle oposición a un Gobierno ya derrotado hace casi un cuarto de siglo

A Pedro Sánchez le encanta hacer oposición a la oposición, como se aprecia cada semana en esas teóricas sesiones de control parlamentario al Ejecutivo donde los reproches al PP y las críticas a Ayuso se han convertido en un rasgo de estilo. Pero ahora ha iniciado un curioso experimento político: tratar de ganar a un Gobierno que fue derrotado hace casi un cuarto de siglo. La invocación del fantasma de Aznar, del trío de las Azores, de la guerra de Irak y del escenario internacional de aquel convulso período constituye una sorprendente sesión de espiritismo, una estrategia parasicológica que parece responder a un ataque de nostalgia por lo no vivido. La influencia de Zapatero ha sido una constante del sanchismo, patente en la deriva de deconstrucción constitucional, en los pactos con los separatistas, en el antifranquismo retroactivo, en la idea del muro frente a la derecha –destilación del Tinell– o en el blanqueamiento de Bildu; quedaba la consigna de ‘no a la guerra’ y ya ha reaparecido.

Falta por saber si dará resultado. La diferencia esencial con aquel tiempo reside en que el PSOE está hoy al mando y por tanto es el que sufre mayor desgaste y el destinatario del voto de rechazo. Sin embargo es cierto que su resistencia en el poder también erosiona a una oposición impotente para desalojarlo y anclada en un discurso antisanchista que se queda corto como proyecto programático. Los gurús electorales de Moncloa creen que aún es posible remontar sus pésimas expectativas si logran asentar un buen relato. A tal efecto necesitan fabricar un adversario contra el que confrontar de liderazgo a liderazgo, y Feijóo no lo es porque no suscita suficiente animadversión, aunque tampoco suficiente entusiasmo. Pero Trump sí resulta lo bastante antipático y además es fácil de provocar por su querencia a embestir por igual contra enemigos y aliados. La retórica del lado correcto y la superioridad moral podrían hacer, con algo de suerte y propaganda a todo trapo, el resto del trabajo.

Claro que una operación electoral carecería de sentido sin elecciones en un plazo razonable. De ahí las especulaciones sobre un adelanto que junte los comicios generales con los andaluces y los catalanes. Posible, aunque improbable porque la tendencia de voto es demasiado sólida para arriesgarse. En todo caso, cualquier conjetura al respecto debe tomar en consideración el cálculo de los tiempos judiciales; en breve va a empezar el baile de juicios contra el entorno inmediato de Sánchez. El de Ábalos lo tiene amortizado, aunque le hará daño, pero los de sus familiares, David y sobre todo Begoña, que son los que le importan, están en el aire; amén de lo que pueda ocurrir si Aldama se decide a contar lo que dice que sabe. Convocar pronto entraña muchas posibilidades de salir del poder un año antes, y aguantar implica exponerse a que un rápido desenlace del conflicto de Irán acabe con la incipiente movilización de la calle. Esperar o salir al ataque: en un dilema semejante quedó atrapado Hamlet.