Ignacio Camacho-ABC

  • Si Tezanos pregunta por la Constitución es porque Sánchez está pensando en usarla como palanca plebiscitaria

Los vaticinios demoscópicos de Tezanos tienen el mismo valor que el tarot de la bruja Lola y en el mejor de los casos deberían publicarse en las secciones de horóscopo, pasatiempos y espectáculos. Su falta de seriedad y su hiperbólico favoritismo hacia el Gobierno han arrastrado al CIS a una crisis de crédito reputacional, que es lo peor que le puede pasar a una institución del Estado dedicada a auscultar la opinión pública y registrar sus tendencias, oscilaciones y cambios. Sin embargo, pese a la manipulación esotérica de las respuestas de los ciudadanos, conviene prestar atención a las preguntas porque suelen reflejar las prioridades del poder como si estuviesen –que a menudo lo están– redactadas por encargo.

En ese sentido es significativo que el médium presidencial haya incluido en su último sondeo un apartado sobre la necesidad de reformas constitucionales. No por lo que contesten los encuestados, que más o menos inciden en aspectos razonables, sino porque permiten hacerse una idea de los planes que rondan la cabeza de Sánchez. El pretexto, el próximo récord histórico de vigencia de la Carta Magna, parece menos relevante que la intención de respaldar un proyecto programático de claros tintes electorales. Y ése es un factor digno de análisis, por su coincidencia con la urgencia del Ejecutivo de encontrar marcos eficaces con los que tratar de revertir su desgaste. Un acelerón, un salto cualitativo, un demarraje.

Algo se está cociendo en la Moncloa en ese sentido. Con la reelección muy en cuesta arriba, prácticamente perdida pese a los inverosímiles cálculos de un fámulo sin noción del ridículo, el tramo final de la legislatura requiere una perspectiva nueva, un enfoque distinto. Y el lanzamiento de un proceso constituyente –que sería más bien destituyente– se perfila como uno de los ejes más viables de ese giro. Si la dialéctica ultraderecha/democracia no funciona, la iniciativa de meter mano a la Constitución puede apuntalar la estrategia de elevar la polarización a un grado superlativo, paroxístico. Serviría para aglutinar a la izquierda y los nacionalismos en torno al empeño de darle al ‘régimen del 78’ el finiquito.

Pedro no se va a quedar quieto esperando el camión de mudanzas. Su única posibilidad de supervivencia política –y tal vez judicial– reside en acentuar el cisma civil hasta llevarlo a un punto de tensión máxima. Las numerosas llaves que cierran el texto fundacional carecen de importancia; el valor de la idea no está en las posibilidades de llevarla a cabo, nulas en la práctica, sino en el simple hecho de plantearla. Una enmienda a la totalidad del sistema, Corona incluida, para jugarse la última baza en una amalgama de promesas de avances confederales y derechos sociales a la carta. El futuro personal de un gobernante en caída libre envuelto en una aventura plebiscitaria sobre la estructura de España.