Iñaki Ezkerra-El Correo
- Santiago Isla arremete en una novela contra la manía de exhibirse en las redes sociales. Pero casi prefiero las fotos instagrámicas a algunas memorias
«Hay un exhibicionismo del disfrute; si los demás no saben que has disfrutado, entonces no cuentas del todo». Pienso en estas declaraciones de Santiago Isla a propósito de la publicación de su novela ‘El hombre de tu vida’ (Ed. Círculo de Tiza). El escritor arremete con un tono desenfadado contra la manía de exhibirse en las redes sociales con la mejor pinta y la compañía más atractiva en el mejor restaurante o fiestuki. Las verdad es que ese vicio merece cierta indulgencia porque es a fin de cuentas el que justifica buena parte de la literatura. El que ama, el que pasó en cierta región o con determinados seres una época especial de la vida, quiere dejar constancia escrita de ello. Siente que, si no lo cuenta en un libro, eso no ha ocurrido de verdad o ‘no ha sucedido del todo’, no ha tenido la importancia, el relieve, la intensidad que tuvo. Creo que es esa necesidad la que explica el actual auge de las autoficciones.
Santiago Isla pertenece a la ‘Generación Y’ o también llamada ‘Millennial’, cosa que queda explícitamente reflejada en su entrevista y que tiene también mucho que ver con ese afán de levantar acta del yo, de la particularidad de la experiencia y de la propia vida. Esa misma manía de etiquetar al personal según el año en que ha nacido, y que viene (¡horror!) de las ciencias sociales, hace que todas las oleadas natalicias de este país -incluida la de Santiago Isla- parezcan la Generación del 98. Antes solo algunos escritores tenían lo que se dice «generación». Ahora eso lo tiene todo quisqui. En los Baby Boomers o en la Generación X caben farmacéuticos, ingenieros, fresadores… Uno oye hablar de la Generación del 50 y no tiene claro si se habla de los poetas sociales o de la boda de Gunilla von Bismarck y no me parece mal. Casi celebro que los cirujanos y los electricistas de la Generación del 27 hayan eclipsado la famosa foto del Ateneo de Sevilla.
Santiago Isla habla con un desdén light de las coquetas fachadas del barrio de Las Salesas, donde vivió unos años; de los que viven para las apariencias y venden una buena imagen en las redes sociales, pero, bien mirado, el que cuelga la foto de un cuchipanda en Facebook o Instagram es en el fondo más modesto que el escritor que llena tochos de páginas supuestamente autobiográficas para contarnos lo bien que se lo ha pasado en este mundo. Pienso en José Luis de Vilallonga, que nos dejó cuatro volúmenes de ‘Memorias no autorizadas’ o en Pablo Neruda que llenó quinientas páginas solo para confesarnos que había vivido.
La verdad es que casi prefiero las fotos instagrámicas a esas memorias. En una novela de José Donoso, hay un divertido personaje que sentenciaba: «Como todo el mundo sabe, las apariencias son lo único que no engaña». Creo que me voy a dar una vuelta por el barrio de Las Salesas.