Mikel Buesa-La Razón

  • La escritora y política madrileña Marta Rivera de la Cruz, con la finura que la caracteriza, ha señalado que «en su concepto de país no cabe un ministro que se pasa el día insultando en X como un enajenado»

Mandarle a alguien a la mierda –como en aquella ocasión en la que, durante la madrileña Feria del Libro de 1999, Fernando Fernán Gómez lo hizo con voz grave y estentórea para librarse de un lector molesto– es un exabrupto frecuente y castizo que se pronuncia casi siempre para evitar insultos mayores. Claro que, a veces, para ofender sutilmente, se alude a ella apelando a su fuente, como en aquella inscripción que un familiar mío encontró en unos retretes públicos de Vitoria: «Cagad tranquilos, cagad contentos, pero, marranos, cagad dentro». En esta lid excrementicia, quizás el maestro más digno de admiración haya sido Albert Boadella cuando, en 2006, para rehusar el premio Boira que le concedió la ilerdense población de Vilanova de Bellpuig por considerarle contrario a los intereses de Cataluña –nacionalistas, por supuesto–, le escribió a su alcalde, Josep Pont, una hermosa carta en la que, tras aclarar que lo hacía «sin hostilidad ni ironía, pero con serenidad», le decía: «váyase concretamente a la mierda». Esta expresión es, sin duda, sutil e incluso misteriosa, pues no alude a una mierda genérica sino a otra más bien específica, aunque sin mayor detalle, de manera que uno puede determinarla dentro de la amplia variedad de palabras con las que la caca puede describe en nuestro idioma, incluyendo sus jergas dialectales. Es lo que haré a continuación, empleando una expresión vizcaína y otra alavesa, al aludir a la salida de tono del ministro Óscar Puente con respecto al Rey Felipe, al descalificarle por retratarse con otros ciudadanos españoles. La escritora y política madrileña Marta Rivera de la Cruz, con la finura que la caracteriza, ha señalado que «en su concepto de país no cabe un ministro que se pasa el día insultando en X como un enajenado». Sin embargo, yo lo que habría hecho es mandarle a una mierda boadellana; eso sí, especificándola bien en forma de mocordo –como los que navegaban en mi juventud por la ría de Mundaca– o más bien de pirrilera –como la que vació a Sabino Arana en el tren que le conducía a Lourdes durante la que él llamó su «luna de mierda»–. En fin, está bien claro que la mierda merece nuestro elogio.